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hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
| | #1 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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Ahí dejo un nuevo relato. Esta vez espero aproximarme más a la temática del club. Espero que os guste. Saludos. --------------- La prueba (1): Mi amo me había prometido una sesión muy especial. Llevaba toda la semana esperándola con ansia y nerviosismo. Salimos tarde de casa y nos dirigimos, sin prisa, hacia un pueblo cercano. A mi amo le habían dejado una casa en el campo a un kilómetro de la salida. Llegamos ya avanzada la mañana. El chalecito era muy bonito, rodeado de un frondoso seto de dos metros de altura, tenía dos pisos de altura y una terraza que miraba al jardín trasero. Aparcamos el coche y nos dirigimos a la puerta principal. Yo estaba ilusionada y quería recorrer nuestro nido privado de fin de semana pero mi amo fue muy claro. - Esa puerta da a una habitación.- Dijo señalando al final de la escalera.- Entra, enciende la luz y desnúdate. Yo, obediente, subí al segundo piso y entré en el cuarto. El gran ventanal estaba cerrado por una persiana bajada, pensé que era una pena ese verano el campo lucía maravilloso y yo estaba deseando admirar el paisaje de los alrededores pero no se me ocurrió, ni por un momento, desobedecer a mi amo. Doblé mi ropa y la dejé sobre la cama, junté las piernas y los brazos, humillé la cabeza y esperé a que llegase. No tardó mucho. Venía con un traje de baño negro, traía unas cuerdas de la mano y se dispuso a atarme. Me colocó las manos a la espalda, dio dos vueltas a cada muñeca con un par de cuerdas. Luego pasó cada una por encima del codo opuesto otro par de veces, doblándome los brazos en ángulo recto y atándolos con el resto de cuerda. Después continuó pasándome otra cuerda por la cintura, atándola a la espalda y metiendo los cabos bajo mis ingles, de detrás a delante, y volviéndolos a pasar por el nudo de la espalda. Luego los subió por la espalda he hizo un nudo a la altura de los omoplatos, rodeó con ambos mi torso, justo bajo el busto, y los volvió a atar a mi espalda. Cuando terminó estaba húmeda y excitada, los brazos tiraban de mis hombros subiendo mis pechos apoyados sobre la rugosa cuerda. - Baja al vestíbulo.- Dijo mi amo. Cuando llegamos a la planta baja sacó una cuerda pequeña. Ató cada extremo a cada una de mis rodillas de forma que me permitiese andar con pasos cortos, pero no correr. - Ahora, cierra los ojos y no los abras. Sígueme. Me llevó a ciegas, cogida del brazo, por la casa. Yo estaba expectante intentando imaginar la sorpresa que me había preparado. - Cuidado con el escalón. Supe que habíamos salido de la casa al sentir el cambio de la madera por el áspero cemento bajo mis pies. Poco después noté la suave hierba del jardín trasero. Tras unos pasos vacilantes mi amo me dio instrucciones. - Tienes delante seis pequeños escalones, súbelos con cuidado. Me resultaba muy difícil subir escalones con las rodillas atadas y sin abrir los ojos, pero ni se me ocurrió abrirlos o negarme, mi amo se hubiese enfadado mucho. Lentamente llegué a una plataforma de madera con su mano firme agarrándome. Tras colocarme me soltó. - Ahora escucha atentamente.- Me dijo.- Esta es una prueba de confianza. Voy a pedirte que abras los ojos y te voy a dar una orden. Debes obedecerla sin dudar un segundo. ¿Has entendido? - Sí mi amo.- Respondí convencida. -Bien, abre los ojos.- Obedecí y parpadeé un poco.- Salta. Oí la orden en el mismo instante que tomaba conciencia de mi situación. Atada, en pié sobre una plataforma de madera junto a una piscina llena de agua. No había ni metro y medio hasta la superficie pero en aquel momento me pareció un gran acantilado. Instintivamente retrasé el pié derecho, un momento después comprendí que debía saltar y me preparé. No fui suficientemente rápida, mi amo había visto mi duda y me empujó hacia la piscina. El corazón saltó del pecho a la boca y mis pulmones se negaron a coger aire mientras caía. Entré en el agua con los pies por delante y ligeramente ladeada. El muslo y el pecho de ese costado me escocieron como un latigazo. Traté de mantenerme a flote pero no fue posible, aunque me moviese y patease no lograba subir a la superficie. Tuve pánico, la sangre golpeaba mis sienes con fuerza y los pulmones gritaban pidiendo una pequeña bocanada de aire, me estaba ahogando. Sentí a alguien sumergirse a mi lado, era mi amo que me sujetaba y alzaba hasta la superficie. Cuando saqué la cabeza inhalé con fuerza agradecida. Mi amo me llevaba hasta la otra orilla mientras me daba cuenta que sólo había pasado unos segundos bajo el agua, ni si quiera había tragado una gota de agua. Él había estado atento, listo para protegerme de cualquier mal, era yo la que había fallado. Le prometí lealtad y obediencia ciegas a cambio de su protección y enseñanza. Él había cumplido y yo había fracasado, las lágrimas acudieron a mis ojos. En el otro extremo de la piscina podía mantenerme en pié por mi misma. Me desató las rodillas y me ayudó a subir por unas escaleras de piedra. - Me has defraudado profundamente.- Lo dijo sin aspavientos, con voz calmada y triste mirándome a los ojos. Si se hubiese enfadado, gritado, si me hubiese azotado o castigado por sostener su mirada, no hubiese sido tan duro. - No llores, sabes que no me gustan las lloronas.- Me recriminó. Yo, recordando mis obligaciones, bajé la mirada.- No, mírame a los ojos.- Asustada, como nunca lo había estado, obedecí.- Creí haberte enseñado bien. No, no hables.- Dijo, cortando las palabras que se agolpaban en mí garganta.- Parecías una buena sumisa, has aprendido las lecciones, conoces tus reglas y límites, pero te falta un elemento fundamental: la confianza. Me desató y se quedó parado frente a mí. - ¿Qué voy a hacer contigo?- Suspiró profundamente y continuó.- Túmbate allí, entre esos cuatro postes, sobre la hierba. |
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| | #2 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
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La prueba (2): Hice lo que me pidió. Mientras tanto él había recogido unas muñequeras con argollas de una mesa cercana y cuatro trozos de cuero de la piscina. Me colocó las muñequeras en las manos y los pies y me colocó en cruz con las extremidades apuntando a los postes. Ató las húmedas tiras de cuero a las argollas y a los palos, estirándolas con fuerza. Casi me levantó del suelo, los brazos y las piernas se tensaron hasta resultar doloroso, gemí y contuve un grito de dolor. - Te quedarás aquí, castigada, hasta que decida si merece la pena seguir educándote. Se marchó hacia la casa dejándome profundamente preocupada. Él era algo más que un amo, era un amigo, un confidente, un cómplice, el centro de mi nueva vida. Yo quería agradarlo y amarlo, no soportaba que se enfadase conmigo. Allí tumbada, con el fuerte sol de agosto cayendo sobre mi blanca piel, sólo deseaba su perdón. Volvió al jardín llevando una gran manta negra en los brazos. - No quiero que te quemes.- Dijo extendiéndola sobre mi cuerpo. Después colocó una pequeña sombrilla para protegerme la cabeza. Continuó abriendo otra gran sombrilla unos metros delante de mis pies y colocando una mesa de plástico bajo su sombra. Volvió a entrar en la casa y salió con la cesta de picnic que había preparado esa mañana. - ¡Debería tirar esta mierda de comida!- Me gritó.- ¡Por tu culpa he perdido el apetito y se me ha estropeado una bonita tarde de verano! - Lo siento mi amo.- Dije en un susurro. - ¡No hables perra traidora! Ya tengo bastante con poner la mesa y comer lo que una escoria como tú has preparado. Las lágrimas cayeron por mis mejillas. Uno de mis trabajos era poner la mesa de mi amo y servirle. Verle colocar los cubiertos le humillaba a él y me humillaba a mí. Deseaba que me pegase, me mortificase, me impusiese un castigo más duro. Necesitaba sentir que hacía algo para ganar su perdón. El calor del sol empezaba a notarse a través de la manta y la piel comenzó a picarme. Mientras, él se había sentado dándome la espalda, como si me repudiase. Sus movimientos eran rápidos y bruscos, muy distintos de los habituales. Él siempre era crítico con mis comidas, pero justo. Yo le servía y esperaba ansiosa, sin levantar la vista, su veredicto. Si le agradaba el plato me permitía comer con él, si no era de su total gusto comía sola, después de que él terminase, sentada en el suelo, en un rincón de la cocina. En esas ocasiones me sentía mal, enfadada conmigo misma y abatida, pero nunca como esa tarde. - El primer día te dije que tu bienestar y tu alma estaban en mis manos- Continuó desde la mesa sin girarse.- y que deberías confiar absolutamente en mi criterio. ¿Crees que te haría daño? ¿Acaso piensas que te dejaría ahogarte? ¿Te he fallado en todo este tiempo? Cada pregunta estallaba en mi cabeza como una bomba. Deseaba responder, decirle que la culpa era mía que me castigase, pero él me había prohibido hablar. El calor del verano estaba haciendo su trabajo y mi piel se empapaba con sudor. A las correas les estaba ocurriendo lo contrario, se secaban rápidamente. El cuero, al secarse, encogía y tiraba de las extremidades con una fuerza imparable. Sentí como si me descuartizasen en un potro medieval. Mis hombros y mis nalgas se despegaron de la hierba húmeda por el sudor para dejarme colgada a pocos centímetros del suelo. Las articulaciones me crujían y los tendones se estiraban hasta el punto de no sentir otra cosa que no fuese dolor. No pude contener un gemido. - ¿Qué ocurre zorra? ¿Duele?- Mi amo se volvió para mirarme.- ¿Quieres dejarlo? Sólo tienes que decirlo. - No, mi amo.- Respondí jadeando, el calor del sol, concentrado por la manta negra, había acelerado mi respiración. - ¿Estás dispuesta a soportar el castigo? - Sí, mi amo. - Sabes que la falta ha sido muy grave. ¿Debería endurecer el correctivo? - Sí, mi amo. Él sonrió por primera vez desde que llegamos a la casa. Dejó la comida sobre la mesa y se acercó a una caseta en la esquina del jardín. Abrió la puerta y sacó un alto tubo metálico, ensanchado en la base y terminado en una especie de seta que se movía sobre cuatro pequeñas ruedas. Lo acercó y lo colocó junto a mi hombro, recolocando la manta y quitando la pequeña sombrilla sustituida por el sombrero de lo alto para taparme el sol de la cara. - No pienso azotarte, perra. Sé lo mucho que te gusta la fusta.- Mi amo manipuló unos controles en la base, se oyó un siseo y justo bajo el cono se encendió un cilindro agujereado.- Espero que esta estufa no te entusiasme tanto. Mi amigo la usa en las noches de otoño para cenar al aire libre. Sentí inmediatamente el calor descendiendo hasta mi cara. Mi amo volvió a la mesa dejándome bajo una cúpula de fuego. Segundos después noté cómo atravesaba la manta aumentando la temperatura de mi cuerpo. El corazón se me aceleró y cerré los ojos dispuesta a purgar mis culpas en la forma que mi amo desease. La tarde de verano resultó ser eterna. Estuve allí atada, suspendida a unos centímetros de la hierba, bajo la manta negra calentada simultáneamente por el sol y aquella maldita estufa. Mi pelo chorreaba sudor y mi garganta estaba tan reseca como mis labios. Mi amo había retirado la mesa de la comida, haciéndome notar que él no debería hacer el trabajo de su sirvienta, y se había preocupado que el sol no cayese directamente sobre mi cara. No protesté ni una vez, aunque llegué a pensar que me desmayaría en tres o cuatro ocasiones. Tras más de dos horas de suplicio mi amo decidió que era suficiente. Apagó el calefactor y me quitó la manta. Con una navaja cortó las correas y mis articulaciones gimieron y crujieron al verse libres del tormento. Me encogí para recuperar un poco de movilidad. Él me dio una botella de agua y me ordenó tomarla entera. No necesitó repetirlo, el agua fresca me alivió el inmenso calor. |
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| | #3 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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La prueba (3): - Descansa.- Dijo mi amo.- Cuenta hasta cien, despacio, y sube a la habitación. Desapareció en la casa. Yo me moví un poco, aún agarrada a la botella de plástico, y comencé a contar. Al terminar me vi con fuerzas para levantarme. Costó más de lo que pensaba. Las piernas tardaron en responder y el calor me había bajado la tensión hasta marearme por cualquier movimiento. Inspiré profundamente y caminé hacia la casa, subí las escaleras y entré en la habitación. Mi amo me esperaba con las cuerdas de la mano. Sin un gesto o palabra, volvió a atarme, igual que cuando llegamos. - ¿Crees que has aprendido la lección?- Me preguntó. - Sí. Mi amo. - Bien, vamos a repetir la prueba. Junta los pies.- Me ató los tobillos y continuó.- Esta vez te llevaré en brazos, no quiero que muevas los pies. Cierra los ojos. Obedecí. Mi amo me levantó en brazos y salimos de la habitación. Me costaba contener la sonrisa de felicidad, tenía una nueva oportunidad para demostrarle lo obediente que era. El corazón me latía con fuerza y estaba nerviosa. Pasamos por las escaleras y salimos al aire libre. Oí los crujidos de los escalones y de las tablas de madera. Me dejó en el suelo y me colocó en posición. La ansiedad crecía en mi interior mientras ajustaba las cuerdas de mi espalda. No podía fallar, esta vez saltaría al agua sin dudarlo. - Muy bien.- Me dijo.- Abre los ojos. Obedecí y parpadeé. Ante mí se extendían un amplio valle verde, la vista era impresionante. Estaba subida en una mesa de la terraza, en el segundo piso de la casa. - Salta. Tenía el corazón desbocado y las sienes latiendo con fuerza. Doblé un poco las rodillas y me lancé desde el balcón. Caí al vacío. El estómago me dio un vuelco y subió hasta la boca, afortunadamente no había comido. El suelo comenzaba a acercarse rápidamente. Tras un eterno instante, noté un ligero tirón en la espalda. Las cuerdas se ciñeron aún más a mi cuerpo y percibí que tiraban hacia arriba. A medida que descendía la velocidad iba disminuyendo, lenta pero constante, como si bajase en paracaídas. Los últimos metros resultaron un vuelo suave hasta quedar colgada a escasos centímetros del suelo. Tenía la vista borrosa, estaba llorando. La respiración empezaba a normalizarse y el corazón se relajaba poco a poco. Había tenido miedo, pánico, pero lo había superado porque sabía que él no me fallaría. Y no me había fallado. Estaba contenta, orgullosa por no haber dudado un segundo. Oí a mi amo llegar por la puerta del patio. - ¿Estas bien preciosa?- Me preguntó con dulzura. - Sí, mi amo. - Estoy muy orgulloso- Me dijo mientras, con mucho cuidado, me descolgaba y me abrazaba.- Eres la mejor mujer que nadie podría desear.- me susurró al oído.- Ahora voy a desatarte y vas a comer un poco. ¿Quieres? - Sí, mi amo.- Extrañamente, después de haber superado la sensación de la caída tenía hambre. Llevaba sin comer unas cuantas horas. - Muy bien. Hoy te has portado como nunca.- Comentó mientras me desataba.- Permíteme que hoy sea yo quien te sirva la mesa. Cuando terminó me abrazó y me besó en la frente. Yo me acosté en su hombro y lloré de felicidad. ------- Fin ---------- |
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| | #4 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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Hice lo que me pidió. Mientras tanto él había recogido unas muñequeras con argollas de una mesa cercana y cuatro trozos de cuero de la piscina. Me colocó las muñequeras en las manos y los pies y me colocó en cruz con las extremidades apuntando a los postes. Ató las húmedas tiras de cuero a las argollas y a los palos, estirándolas con fuerza. Casi me levantó del suelo, los brazos y las piernas se tensaron hasta resultar doloroso, gemí y contuve un grito de dolor. - Te quedarás aquí, castigada, hasta que decida si merece la pena seguir educándote. Se marchó hacia la casa dejándome profundamente preocupada. Él era algo más que un amo, era un amigo, un confidente, un cómplice, el centro de mi nueva vida. Yo quería agradarlo y amarlo, no soportaba que se enfadase conmigo. Allí tumbada, con el fuerte sol de agosto cayendo sobre mi blanca piel, sólo deseaba su perdón. Volvió al jardín llevando una gran manta negra en los brazos. - No quiero que te quemes.- Dijo extendiéndola sobre mi cuerpo. Después colocó una pequeña sombrilla para protegerme la cabeza. Continuó abriendo otra gran sombrilla unos metros delante de mis pies y colocando una mesa de plástico bajo su sombra. Volvió a entrar en la casa y salió con la cesta de picnic que había preparado esa mañana. - ¡Debería tirar esta mierda de comida!- Me gritó.- ¡Por tu culpa he perdido el apetito y se me ha estropeado una bonita tarde de verano! - Lo siento mi amo.- Dije en un susurro. - ¡No hables perra traidora! Ya tengo bastante con poner la mesa y comer lo que una escoria como tú has preparado. Las lágrimas cayeron por mis mejillas. Uno de mis trabajos era poner la mesa de mi amo y servirle. Verle colocar los cubiertos le humillaba a él y me humillaba a mí. Deseaba que me pegase, me mortificase, me impusiese un castigo más duro. Necesitaba sentir que hacía algo para ganar su perdón. El calor del sol empezaba a notarse a través de la manta y la piel comenzó a picarme. Mientras, él se había sentado dándome la espalda, como si me repudiase. Sus movimientos eran rápidos y bruscos, muy distintos de los habituales. Él siempre era crítico con mis comidas, pero justo. Yo le servía y esperaba ansiosa, sin levantar la vista, su veredicto. Si le agradaba el plato me permitía comer con él, si no era de su total gusto comía sola, después de que él terminase, sentada en el suelo, en un rincón de la cocina. En esas ocasiones me sentía mal, enfadada conmigo misma y abatida, pero nunca como esa tarde. - El primer día te dije que tu bienestar y tu alma estaban en mis manos- Continuó desde la mesa sin girarse.- y que deberías confiar absolutamente en mi criterio. ¿Crees que te haría daño? ¿Acaso piensas que te dejaría ahogarte? ¿Te he fallado en todo este tiempo? Cada pregunta estallaba en mi cabeza como una bomba. Deseaba responder, decirle que la culpa era mía que me castigase, pero él me había prohibido hablar. El calor del verano estaba haciendo su trabajo y mi piel se empapaba con sudor. A las correas les estaba ocurriendo lo contrario, se secaban rápidamente. El cuero, al secarse, encogía y tiraba de las extremidades con una fuerza imparable. Sentí como si me descuartizasen en un potro medieval. Mis hombros y mis nalgas se despegaron de la hierba húmeda por el sudor para dejarme colgada a pocos centímetros del suelo. Las articulaciones me crujían y los tendones se estiraban hasta el punto de no sentir otra cosa que no fuese dolor. No pude contener un gemido. - ¿Qué ocurre zorra? ¿Duele?- Mi amo se volvió para mirarme.- ¿Quieres dejarlo? Sólo tienes que decirlo. - No, mi amo.- Respondí jadeando, el calor del sol, concentrado por la manta negra, había acelerado mi respiración. - ¿Estás dispuesta a soportar el castigo? - Sí, mi amo. - Sabes que la falta ha sido muy grave. ¿Debería endurecer el correctivo? - Sí, mi amo. Él sonrió por primera vez desde que llegamos a la casa. Dejó la comida sobre la mesa y se acercó a una caseta en la esquina del jardín. Abrió la puerta y sacó un alto tubo metálico, ensanchado en la base y terminado en una especie de seta que se movía sobre cuatro pequeñas ruedas. Lo acercó y lo colocó junto a mi hombro, recolocando la manta y quitando la pequeña sombrilla sustituida por el sombrero de lo alto para taparme el sol de la cara. - No pienso azotarte, perra. Sé lo mucho que te gusta la fusta.- Mi amo manipuló unos controles en la base, se oyó un siseo y justo bajo el cono se encendió un cilindro agujereado.- Espero que esta estufa no te entusiasme tanto. Mi amigo la usa en las noches de otoño para cenar al aire libre. Sentí inmediatamente el calor descendiendo hasta mi cara. Mi amo volvió a la mesa dejándome bajo una cúpula de fuego. Segundos después noté cómo atravesaba la manta aumentando la temperatura de mi cuerpo. El corazón se me aceleró y cerré los ojos dispuesta a purgar mis culpas en la forma que mi amo desease. La tarde de verano resultó ser eterna. Estuve allí atada, suspendida a unos centímetros de la hierba, bajo la manta negra calentada simultáneamente por el sol y aquella maldita estufa. Mi pelo chorreaba sudor y mi garganta estaba tan reseca como mis labios. Mi amo había retirado la mesa de la comida, haciéndome notar que él no debería hacer el trabajo de su sirvienta, y se había preocupado que el sol no cayese directamente sobre mi cara. No protesté ni una vez, aunque llegué a pensar que me desmayaría en tres o cuatro ocasiones. Tras más de dos horas de suplicio mi amo decidió que era suficiente. Apagó el calefactor y me quitó la manta. Con una navaja cortó las correas y mis articulaciones gimieron y crujieron al verse libres del tormento. Me encogí para recuperar un poco de movilidad. Él me dio una botella de agua y me ordenó tomarla entera. No necesitó repetirlo, el agua fresca me alivió el inmenso calor. |
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| | #5 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: México Lindo y Querido Fecha de Ingreso: Oct 2006
Mensajes: 1.020
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Saludos respetuosos pleonp ¡Bravo! Pero que manera de llevar de un estado de ánimo al otro, tu narrativa hace que se meta uno en el personaje, que sienta la angustia, el cansancio, la desesperación, la fatiga por el calor (no podía faltar el calor en tu relato). Esté lo siento como más real, ¡uf! una delicia. Gracias y no dejes de escribir por favor. Respetuosamente Feliz a Los Pies de Mi Amo ![]() monique[V] |
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| | #6 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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monique[V]: Nuevamente gracias por tus ánimos. Me alegra que te sigan gustando. Este está escrito específicamente para el club. Si te apetece pasar algo más de calor, tengo otros en la reserva Acabo de darme cuenta que una de las respuestas se ha 'escapado' y he repetido la segunda parte. Mis disculpas. Saludos. ps: también admito sugerencias para mejorar o escribir nuevos relatos. |
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| | #7 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: México Lindo y Querido Fecha de Ingreso: Oct 2006
Mensajes: 1.020
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Saludos respetuosos. pleonp ¿Y que pasó? ¿Dónde están los nuevos relatos? Mira que se nos termina el invierno, y sabiendo tu línea, a la llegada de la primavera te voy a odiar con otra historia de achicharrados... Así que sigo esperando el siguiente, ¿ok? Saludos desde México Feliz a Los Pies de Mi Amo ![]() monique[V] |
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| | #8 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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Tú lo has querido. Ahí va otro relato para pasar el crudo invierno La escuela.-1 La escuela femenina St. Paul es una institución poco conocida pero muy prestigiosa en ciertos ambientes selectos. Se encuentra en un viejo edificio reformado, en medio de un valle montañoso, a varios kilómetros de cualquier pueblo o ciudad. En ella se encuentran en régimen de internado las jóvenes más rebeldes y caprichosas de todo el continente, confiadas a la institución por sus ricos padres para que adquiriesen la disciplina que ellos eran incapaces de imponer. Casi todas habían sido expulsadas de otros colegios y muchas de ellas habían tenido problemas con la policía. Eran niñas mimadas, consentidas, que no pensaban en otra cosa que no fuese diversión a cualquier precio: amigos, estudios, incluso su propia salud. Aquella escuela era la última oportunidad, un curso intensivo de recuperación y reeducación pensado para corregir esos feos defectos antes de llegar a la universidad. El año escolar empezaba en octubre, justo tras los exámenes de recuperación, y terminaba en julio para las buenas estudiantes y el 15 de septiembre para aquellas que no aprobaban en la primera oportunidad. Las clases comenzaban a las 8 de la mañana y terminaban a las 8 de la tarde, de lunes a sábado. Sólo los domingos, de 4 a 8, tenían un tiempo de ocio reservado para ellas mismas. Estudiaban todo lo que necesitarían para ser admitidas cómodamente en la universidad: matemáticas, lengua, historia, etc.; y alguna otra asignatura no académica, como protocolo, salud y belleza o baile. Aunque la materia más importante era la disciplina, razón fundamental por la que estaban allí. Era férrea e inflexible, no se permitía fumar, mascar chicle, correr por los pasillos o hablar en horas de clase o estudio. Debían obedecer inmediatamente cualquier orden o petición del profesorado y personal auxiliar, comportarse con educación y no protestar por absolutamente nada. Otros colegios poseen normas similares, pero la diferencia era que en St. Paul estaba permitido el castigo físico. Una serie de psicólogas, llamadas tutoras, observaban y evaluaban el comportamiento de las alumnas y estaban autorizadas a imponer severos castigos físicos o psicológicos a fin de moldear su carácter y convertirlas en auténticas señoritas, obedientes y educadas. Sus padres estaban informados del uso de estos métodos, los aceptaban y alguno incluso los consideraba suaves. Por supuesto, el contacto con el exterior estaba prohibido. La familia sólo podía visitar a la alumna un domingo cada trimestre, para evitar la tentación de querer mimarlas. Tal era la recomendación pedagógica de la dirección del centro. Eran muchas las ideas concebidas y aplicadas con el único objetivo de corregir las malas formas y la desobediencia, la mayor parte de ellas relacionadas con sanciones corporales o psicológicas. Azotes, aislamiento, humillación pública, privación de derechos como el agua caliente y disfrute de descanso semanal, eran un pequeño ejemplo. Comenzaban cortándolas el pelo muy corto y dándolas de comer una pasta gris muy nutritiva pero completamente insípida. En su mano, más bien su buen comportamiento, residía la posibilidad de comer mejor o dejarse crecer el pelo. De esta forma se aseguraban la motivación de las alumnas. Alguna, demasiado terca, podía acabar rapada al uno y comiendo las sobras de la pasta que otras dejaban. La idea era simple: si quieres vivir un poco mejor debes ser obediente y educada. Malas notas durante los numerosos controles sólo podían empeorar su estancia en la residencia. Generalmente las primeras semanas eran muy difíciles, abundaban indisciplinas y castigos. Poco a poco aprendían que era mejor someterse antes de convertir su estancia en un infierno. Cualquier otra institución se hubiera conformado con estos pequeños logros pero St. Paul tenía fama de llegar más allá, de profundizar en las raíces del problema. Progresivamente iban endureciendo las condiciones de vida en el internado, exigiendo a las alumnas que las aceptaran sin una queja. En los primeros días del mes de noviembre, la climatología del valle giraba rápidamente hacia el crudo y frío invierno. Era entonces cuando la escuela encendía la calefacción. Grandes radiadores metálicos pegados a las paredes de las aulas, pasillos y habitaciones, se calentaban para suavizar la temperatura interior. Pocas semanas después se cambiaba el vestuario de las alumnas: bragas y camiseta de manga larga, gruesos leotardos de lana bajo una falda por debajo de las rodillas, jersey de cuello alto y chaleco de lana convenientemente abrochado. El uniforme era obligatorio y debía llevarse correctamente, las ventanas estaban cerradas y las habitaciones sólo eran ventiladas cuando no había nadie dentro. El cambio provocaba protestas y siempre había castigos, pero la dirección del centro ya contaba con ello. En el instante que parecían haber asumido el año en el internado y decidido que seguirían el juego de sus educadores, era el momento de forzar su implicación y comprobar si realmente estaban dispuestas a cambiar y obedecer. Subían la temperatura de los radiadores y encendían un segundo sistema de calefacción, el suelo radiante. Los profesores y personal llevaban unas ligeras batas de manga corta y zapatillas abiertas, para estar cómodos en los 30 grados de temperatura que alcanzaban el interior de las aulas. Sus alumnas, envueltas en lana virgen, enrojecían y sudaban. Por supuesto, no podían quejarse. Sólo beber agua y cambiarse a diario la ropa interior, calada por el sudor del día. Todas llevaban pañuelos para secarse cara y manos y no manchar los cuadernos con goterones de sudor. Los profesores aprovechaban la circunstancia para estimular su aprendizaje, las peores alumnas se sentaban en pupitres junto a los radiadores. El calor del suelo, subiendo por los leotardos blancos, unido al de los grandes elementos metálicos estimulaba el esfuerzo por mejorar y cambiar de sitio. Sólo durante la visita trimestral se permitía apagar la calefacción del suelo por cortesía hacia los visitantes. |
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| | #9 |
| Rol: Switch Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Dec 2006
Mensajes: 41
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Tú lo has querido. Ahí va otro relato para pasar el crudo invierno La escuela.-1 La escuela femenina St. Paul es una institución poco conocida pero muy prestigiosa en ciertos ambientes selectos. Se encuentra en un viejo edificio reformado, en medio de un valle montañoso, a varios kilómetros de cualquier pueblo o ciudad. En ella se encuentran en régimen de internado las jóvenes más rebeldes y caprichosas de todo el continente, confiadas a la institución por sus ricos padres para que adquiriesen la disciplina que ellos eran incapaces de imponer. Casi todas habían sido expulsadas de otros colegios y muchas de ellas habían tenido problemas con la policía. Eran niñas mimadas, consentidas, que no pensaban en otra cosa que no fuese diversión a cualquier precio: amigos, estudios, incluso su propia salud. Aquella escuela era la última oportunidad, un curso intensivo de recuperación y reeducación pensado para corregir esos feos defectos antes de llegar a la universidad. El año escolar empezaba en octubre, justo tras los exámenes de recuperación, y terminaba en julio para las buenas estudiantes y el 15 de septiembre para aquellas que no aprobaban en la primera oportunidad. Las clases comenzaban a las 8 de la mañana y terminaban a las 8 de la tarde, de lunes a sábado. Sólo los domingos, de 4 a 8, tenían un tiempo de ocio reservado para ellas mismas. Estudiaban todo lo que necesitarían para ser admitidas cómodamente en la universidad: matemáticas, lengua, historia, etc.; y alguna otra asignatura no académica, como protocolo, salud y belleza o baile. Aunque la materia más importante era la disciplina, razón fundamental por la que estaban allí. Era férrea e inflexible, no se permitía fumar, mascar chicle, correr por los pasillos o hablar en horas de clase o estudio. Debían obedecer inmediatamente cualquier orden o petición del profesorado y personal auxiliar, comportarse con educación y no protestar por absolutamente nada. Otros colegios poseen normas similares, pero la diferencia era que en St. Paul estaba permitido el castigo físico. Una serie de psicólogas, llamadas tutoras, observaban y evaluaban el comportamiento de las alumnas y estaban autorizadas a imponer severos castigos físicos o psicológicos a fin de moldear su carácter y convertirlas en auténticas señoritas, obedientes y educadas. Sus padres estaban informados del uso de estos métodos, los aceptaban y alguno incluso los consideraba suaves. Por supuesto, el contacto con el exterior estaba prohibido. La familia sólo podía visitar a la alumna un domingo cada trimestre, para evitar la tentación de querer mimarlas. Tal era la recomendación pedagógica de la dirección del centro. Eran muchas las ideas concebidas y aplicadas con el único objetivo de corregir las malas formas y la desobediencia, la mayor parte de ellas relacionadas con sanciones corporales o psicológicas. Azotes, aislamiento, humillación pública, privación de derechos como el agua caliente y disfrute de descanso semanal, eran un pequeño ejemplo. Comenzaban cortándolas el pelo muy corto y dándolas de comer una pasta gris muy nutritiva pero completamente insípida. En su mano, más bien su buen comportamiento, residía la posibilidad de comer mejor o dejarse crecer el pelo. De esta forma se aseguraban la motivación de las alumnas. Alguna, demasiado terca, podía acabar rapada al uno y comiendo las sobras de la pasta que otras dejaban. La idea era simple: si quieres vivir un poco mejor debes ser obediente y educada. Malas notas durante los numerosos controles sólo podían empeorar su estancia en la residencia. Generalmente las primeras semanas eran muy difíciles, abundaban indisciplinas y castigos. Poco a poco aprendían que era mejor someterse antes de convertir su estancia en un infierno. Cualquier otra institución se hubiera conformado con estos pequeños logros pero St. Paul tenía fama de llegar más allá, de profundizar en las raíces del problema. Progresivamente iban endureciendo las condiciones de vida en el internado, exigiendo a las alumnas que las aceptaran sin una queja. En los primeros días del mes de noviembre, la climatología del valle giraba rápidamente hacia el crudo y frío invierno. Era entonces cuando la escuela encendía la calefacción. Grandes radiadores metálicos pegados a las paredes de las aulas, pasillos y habitaciones, se calentaban para suavizar la temperatura interior. Pocas semanas después se cambiaba el vestuario de las alumnas: bragas y camiseta de manga larga, gruesos leotardos de lana bajo una falda por debajo de las rodillas, jersey de cuello alto y chaleco de lana convenientemente abrochado. El uniforme era obligatorio y debía llevarse correctamente, las ventanas estaban cerradas y las habitaciones sólo eran ventiladas cuando no había nadie dentro. El cambio provocaba protestas y siempre había castigos, pero la dirección del centro ya contaba con ello. En el instante que parecían haber asumido el año en el internado y decidido que seguirían el juego de sus educadores, era el momento de forzar su implicación y comprobar si realmente estaban dispuestas a cambiar y obedecer. Subían la temperatura de los radiadores y encendían un segundo sistema de calefacción, el suelo radiante. Los profesores y personal llevaban unas ligeras batas de manga corta y zapatillas abiertas, para estar cómodos en los 30 grados de temperatura que alcanzaban el interior de las aulas. Sus alumnas, envueltas en lana virgen, enrojecían y sudaban. Por supuesto, no podían quejarse. Sólo beber agua y cambiarse a diario la ropa interior, calada por el sudor del día. Todas llevaban pañuelos para secarse cara y manos y no manchar los cuadernos con goterones de sudor. Los profesores aprovechaban la circunstancia para estimular su aprendizaje, las peores alumnas se sentaban en pupitres junto a los radiadores. El calor del suelo, subiendo por los leotardos blancos, unido al de los grandes elementos metálicos estimulaba el esfuerzo por mejorar y cambiar de sitio. Sólo durante la visita trimestral se permitía apagar la calefacción del suelo por cortesía hacia los visitantes. |
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La escuela.-2 El hecho de que la alumna aceptase sin quejas la incómoda situación era el primer síntoma de mejora de su comportamiento. Soportar estoicamente el calor, sin quitarse una sola prenda, las enseñaba que había ocasiones en las que deberían adaptarse, en lugar de exigir cambios por simple comodidad. Pero no era suficiente. La experiencia había enseñado a pedagogos y psicólogos que cualquier persona puede abstraer su temperamento rebelde y ocultarlo por un tiempo, mientras tenga la certeza que, en un futuro no muy lejano, podrá volver a dejarlo salir. Como no podían mantenerlas de por vida encerradas y controladas, la dirección del centro había ideado una metodología para llegar un poco más allá. Las alumnas podían aceptar y resistir el asfixiante calor de una forma consciente y voluntaria, pero también deberían hacerlo dentro de su subconsciente. Las habitaciones eran dobles, dos camas junto a los radiadores, dos armarios, dos mesas de estudio y una estantería compartida. Estaban vigiladas por cámaras de visión normal y nocturna. Se agrupaban en pequeños pasillos, cada uno supervisado por una tutora, con aseos y duchas comunes. Las alumnas dormían con un grueso pijama de invierno y calcetines de lana. La ropa de cama estaba compuesta por dos pesadas mantas y un cobertor que las alumnas solían apartar para dormir, ya que la calefacción no se apagaba en toda la noche. Todos los años, cuando la directora creía oportuno, reunía en el salón de actos al alumnado para comunicarles una nueva norma. Comenzaba el discurso diciendo que habían observado a casi todas destaparse al dormir y que, ante el crudo invierno de montaña, es conveniente abrigarse con las mantas y el cobertor. Los leves murmullos de protesta se acallaban tan rápidamente como se alzaban, ante la amenaza de castigos para quien se quejase. La dirección aclaraba con toda firmeza que era una norma de obligado cumplimiento y se sancionaría a quien la infringiese. Durante las primeras noches muchas de las alumnas eran incapaces de dormir junto a los radiadores y bajo las mantas, aunque se esforzasen por no destaparse. Otras se rendían y quitaban la ropa de cama, pero todas las mañanas el personal revisaba las grabaciones en la búsqueda de transgresoras. El merecido castigo se aplicaba después de comer, cambiando el chaleco y la falda del uniforme de la infractora por un mono de esquí que llevaría puesto hasta la hora de acostarse. Todas tenían uno, era parte del programa oficial de deportes. Las pocas excursiones a una estación de ski cercana servían de excusa para disponer del material necesario. Las clases de la tarde, horas de estudio y cena, las pasaban dentro de la ropa acolchada, con leotardos y jersey de cuello alto, en habitaciones a 30 grados centígrados. Terminaba agotada y empapada en sudor, se ponían el pijama y se acostaba arropada entre mantas y bajo el cobertor. Si el escarmiento no era suficiente y persistía en descobijarse, al día siguiente repetían el castigo y se añadía otra manta a la cama. Con una tercera sanción consecutiva, la alumna pasaba a ser castigada durante 24 horas seguidas. Se notificaba después de la comida y comenzaba esa misma noche, añadiendo un calientacamas eléctrico sobre el colchón, atando a la alumna por muñecas y tobillos con correas de hospital y tapándola con las tres mantas y el cobertor, como otra noche cualquiera. Por la mañana, tras un baño bien caliente, se la viste con uniforme y mono de esquí para pasar el día entero, hasta volver a la cama. Una vez terminado el castigo, se le da la oportunidad de respetar la norma volviendo a la rutina habitual, con sólo dos mantas y sin el calientacamas. Si se empeñaba en destaparse de nuevo, añadían otras 24 horas a las anteriores. Dos noches seguidas atada con el calientacamas encendido, con sus dos días llevando el mono de esquí. Generalmente no era necesario aumentar el castigo más allá de tres días para que se esforzasen en cumplir la regla. Pero no es sencillo conciliar el sueño con tanto calor. Intentarlo puede llevar a que alguna de las alumnas pase noches en blanco, aunque no es excusa para relajar la norma o tener compasión. Con el tiempo el cansancio vence y acaban por dormir. Es en los primeros estadios del sueño cuando entra en juego el subconsciente, inquieto por el calor. Instintivamente se destapan medio cuerpo o se revuelven para acabar encima del cobertor. Es un acto reflejo involuntario que también debe ser castigado. Con la primera infracción solamente se advierte y se recomienda concentración a la hora de acostarse. Por muy incómodo que parezca, con suficiente fuerza de voluntad se consigue todo. Si persiste en la falta, la alumna es alojada dentro de un saco de dormir, cerrándolo al cuello y tapándola con las mantas. Diseñado para pasar la noche en la alta montaña, su ocupante puede moverse todo lo que desee, pero no salir. Pocas muchachas evitaban el castigo las primeras semanas. Finalmente, las menos resistentes, acababan por dormir, agotadas, dentro de los sacos durante las noches de castigo y sus cuerpos se habituaban lo suficiente como para resistir una noche bajo las mantas. Después, cuando el invierno entraba en los peores días, la dirección del centro subía la calefacción de dos a siete de la mañana. Ninguna podía aguantarlo, incluso las que habían resistido hasta ese día acaban tirando las mantas al suelo. Una sola noche encerrada en el saco no era suficiente tiempo para acostumbrarse, la segunda falta les suponía tres noches confinadas y la tercera una semana completa. Ninguna comprendía por qué se sancionaba un comportamiento que no podían controlar y se quejaban a las tutoras. Se les respondía que tenían que respetar las normas y obedecer sin dudas o condiciones, el problema no es que fuese imposible de aguantar, si no que faltaba voluntad. Ellas lo negaban vehementemente y alegaban con lágrimas en los ojos que no podían resistir tanto calor. Sus tutoras asentían y parecían comprender el problema. Pero la solución no era cambiar la norma, ni hacer excepciones, ni mucho menos bajar la calefacción. Se las ofrecía unos cursos de resistencia totalmente voluntarios. |
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