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Antiguo 21/08/2007, 21:12   #1
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Ubicación: Girona
Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
Predeterminado Fantasía o real?

Yo trabajaba en un banco situado en el final de la Diagonal. Era joven y me había reñido mas de una vez la dirección del banco por mi modo de vestir, a pesar de que yo estaba en la asesoría jurídica y no en oficina bancaria , pero al parecer la imagen del Banco se resentía de mis pantalones a rayas y mis falditas vaqueras y mis blusitas indias con el ombligo al aire. Historias para no dormir de ejecutivos y yuppies al principio de los 80. Las oficinas del banco estaban muy en la línea de los 80, todo mármol, estanques de agua clorada, frialdad verde y aséptica.

Aquella tarde iba a un concierto y me había vestido con pantalones vaqueros desteñidos, ceñidos como una segunda piel, y con una camisa hippie con botoncitos pequeños de color naranja rabioso, calzaba sandalias y llevaba cruzado un bolsito que parecía un macuto de soldado.. Mis compañeros al verme entrar por las puertas automáticas casi me hicieron la ola. Yo les devolví la sonrisa con total desfachatez, me sentía bien, vería al Boss, saltaría y gritaría y lo pasaría genial y no podía pasar por casa antes. Yo trabajaba de tardes también porque era el horario que teníamos en la asesoría jurídica del banco.

Cuando subía las escaleras me cruce con el Director Comercial, un pedante de cuidado, un tío "mayor" al menos desde la perspectiva de mis pocos años. Ahora pienso que no debía tener más de 44 o 45 años y pocos. Era uno de los que insistían más en que yo debía vestir de un modo correcto. En cambio mis jefes en la Asesoria (tres abogados jóvenes) intentaban ser "progres" y me consentían todo.

Al cruzarnos, me miró de arriba abajo con asombro y desaprobación implícita. Le devolví una mirada inocente. Subí hasta mi planta y me partía de la risa. Tecleaba furiosa ante mi ordenador y hablaba con E, mi amigo botones, cuando sonó el teléfono interior. Era la secretaria del Sr. O (el Director Comercial) que me pedía que subiera a su planta. Me temí lo peor. Se lo comenté a E, que era anarco-libertario, con el que había tenido algunos besos prometedores y acratas. Nos desahogamos un poco despotricando contra el sistema y después de algunas palmaditas cómplices, no me tocó mas remedio que subir a la planta cuarta.

La secretaria del Sr. O estaba a punto de marchar. Me miro desaprobadoramente y me dijo que pasara al despacho de su jefe, murmurando que no comprendía a algunas chicas. Le hice un corte de mangas y entre a escuchar mi sermón.

El Director Comercial era un tío un poco calvo, de aire serio y eficiente, usaba gafas y era especialista en miradas capaces de congelar los Polos. Me esperaba sentado detrás de su mesa de caoba, enmarcado por la luz que entraba a raudales por la ventana que tenia detrás. Pensé en un ramalazo de humor: ahí está Araziel, el Ángel de la Luz. Las oficinas bancarias eran acristaladas. Ese tipo de edificio que no ves nada desde fuera, a menos que dentro enciendan la luz, pero que tienes una visión perfecta desde el interior de todo lo externo.

Me pidió que me sentara y yo, jugando a su juego, le dije que prefería continuar de pie. Sonrió de un modo torcido y contestó que como quisiera y se levanto de la silla, dio la vuelta a la mesa y otra vuelta alrededor de mi, dominándome con su altura. No decía ni media palabra, yo notaba como el aire se movía a su paso. Al cabo de un rato, sumidos los dos en un silencio total, cogió una regla de plástico de su escritorio y se sentó de nuevo mirándome. Pensé: este tío espera que yo diga alguna cosa... estaba empezando a ponerme nerviosa, su silencio y su modo de proceder levantaba en mi ecos del despacho del Director en el Instituto. Decidí cortar esa situación que me incomodaba y, agarrando el toro por los cuernos, le dije que si tenía algo que decirme que me lo dijera, que yo había dejado trabajo pendiente abajo.

Algo había cambiado en aquel despacho y yo no sabía exactamente qué era pero acabé dándome cuenta de que era mi percepción de la realidad. Sus ojos azules tenían algo que yo no había detectado antes. Por primera vez notaba su fuerza, su control. Me daba cuenta de las cualidades que le habían hecho llegar a dónde estaba. Al llegar a este punto, luché contra mi misma y me dije que la atmósfera me estaba empezando a afectar y que no debía consentir eso.

Entonces empezó a hablar y lo hizo en un tono bajo, sosegado, que me llegó al tuétano de los huesos mucho más que si me hubiera gritado. Dijo que yo era una rebelde, que me había catalogado así desde un principio. Pero que a él le encantaban las niñas rebeldes. Al decir eso golpeaba con la regla rítmicamente la mesa, reclinado hacia atrás en su sillón de ejecutivo. Me miraba mientras la luz iba desapareciendo rápidamente y el día acababa.

Me ordenó que me acercara a su mesa y yo lo hice (esto me dejó estupefacta) me acerque a él como un soldadito bien entrenado. Mi parte racional y analizadora observaba con asombro la desaparición de mi impertinencia habitual. Me detuve a su lado y le miré interrogadora. Me dijo que ya había sido "advertida" tres veces por mi forma de vestir que, desde luego, afirmó, no era la adecuada en un equipo de trabajo como el nuestro. Al decir esto hizo una pausa y ese silencio hizo que subiera aun más la tensión que sentía, ese estado de alerta como esperando el rayo que inevitablemente iba a caer. Siguió hablando, dijo -y sus palabras han quedado grabadas a fuego en mi mente- que como parecía que yo "no entendía las peticiones, quizás si era susceptible de comprender las órdenes". Ahí sentí un claro estremecimiento que me hizo convulsionarme por dentro.

Alzándose de la silla, me cogió con cierta brusquedad y tiró de mí hacia el espacio que había entre su sillón de cuero y la mesa. Me colocó allí, mientras yo seguía en un estado de apatía rarísimo. Me hizo apoyar las manos en la mesa y descargó un golpe con la regla sobre mis nalgas. No se por qué no protesté. No dije nada, solo se me escapó un gemido entrecortado. Me sentí niña de nuevo, castigada, aunque había una cierta justicia en ese castigo, era como … ponerme en mi sitio?. Sentí que tenia derecho a actuar así y, además, a mí me gustaba que lo hiciera.

Aun así, protesté débilmente pero sin moverme, como sin fuerzas, con las manos apoyadas en la superficie suave de la mesa. Aun ahora, si cierro los ojos, siento de nuevo el tacto suave de la madera bajo mis palmas. Veo la luz de la tarde, tamizada por los cristales oscuros, cayendo sobre mí cuerpo medio inclinado. Percibo la presencia de él, azotando mis nalgas... una dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez veces.

Al llegar al número diez paró. Yo sentía calor en mi cuerpo, humedad en mis bragas, ganas de llorar. Me invadía un sentimiento de debilidad muy extraño. Me sentía... humillada?, sí, humillada también, aunque no era sólo eso, miles de sensaciones bullían dentro de mi, me sobrepasaban... placer?, podía ser eso?, excitación extrema, como nunca en mi vida, excepto lejanos recuerdos de sueños infantiles, fantasías medio agazapadas en el fondo de mi mente.

Nunca sabré qué hubiera ocurrido aquel día si él no hubiera parado. Pero lo hizo, paró....

Se apartó y fue hasta la ventana de espaldas a mí. Se quedó allí un rato. Yo no me atrevía a moverme, seguía como me dejó. El no se volvió a mirarme. Me dijo, con una voz que temblaba un poco por debajo de la fuerza que yo seguía percibiendo, que podía marcharme, y yo salí corriendo. Bajé las escaleras sin saber de qué huya, luego me di cuenta que tal vez huía de mi misma.

Supongo que era demasiado joven. O tal vez no. Subí a la terraza del edificio y salí a la noche. Lloré, sin embargo no me sentía mal. Lloré por algo que sentía que afloraba y que no entendía. Mi cadena de pensamientos me llevó a las películas que me conmovían de niña, esclavas griegas de rodillas, partisanas yugoslavas cautivas, soldados nazis, la increíble dulzura de ser castigada (sometida pero no vencida).

Comprendí que era tarde y salí de allí, porque corría el riesgo de quedarme encerrada en el banco hasta la mañana siguiente. Fui al baño y lave las huellas de mi llanto, que desaparecieron pronto de mi cara de goma de borrar, en la que las huellas de la vida aun no se habían marcado.

Volví con E, pero nunca volví a ser la de siempre. Enterré esa tarde dentro de mi.... hasta muchísimos años después.
Jehanna está desconectado   Responder Citando
Antiguo 21/08/2007, 21:47   #2
 
Rol: Dominante
Sexo: Hombre
Ubicación: Madrid
Fecha de Ingreso: Jan 2006
Mensajes: 2.225
Predeterminado Yo me rebelo, yo me someto

Fascinante el relato, Jehanna. La creación del ambiente, los primeros momentos alegres, la tensión, la entrega percibida casi como hechizamiento, los detalles del proceso de iniciación: "el tacto suave de la madera bajo mis palmas", o incluso ese temblor del iniciador...

La mujer que descubre su sumisión, su deseo de castigo, su ansia de abandonarse casi como si la hipnotizaran. La conversión de la sumisa en hechizada, en sibila de Delfos, embriagada por el dolor y la humillación. La explosión de una galaxia interior que la cambiará para siempre.

Es aquí la esclava la que responderá a Jehová con sus anteriores palabras: Yo soy ahora la que soy. Quizá porque Milton tenía razón y el Diablo es el más hermoso, precisamente por su caída. En ella es el que es.

C2
CONSUL2 está desconectado   Responder Citando
Antiguo 22/08/2007, 16:28   #3
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Ubicación: Castellon
Fecha de Ingreso: Aug 2006
Mensajes: 1.088
Predeterminado

Real sí es el concierto de Bruce Springsteen ( The Boss) en el Camp Nou verano de 1988, lo recuerdo ...porque me quedé sin entradas

Talis
Talis está desconectado   Responder Citando
Antiguo 22/08/2007, 19:34   #4
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Fecha de Ingreso: Oct 2006
Mensajes: 997
Predeterminado

Me gusta este relato jehanna... es interesante y... tiene algo que atrapa... espero poder seguir leyendo mas relatos tuyos.
saludos.

vent[SF]
vent está desconectado   Responder Citando
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