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hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
| | #91 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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La cogió del pelo y la puso frente a él, de rodillas. - Las manos a la espalda… así... las rodillas separadas…voy a usar tu boca… pero vas a portarte del modo que me gusta a mi… abre la boca, así... con cuidado… los dientes…déjate llevar, usa la lengua y tu boca, quiero que estés atenta a mí, que me intuyas y me sigas… Ella le tenía en su boca, y se moría por complacerle, succionaba el miembro con delicadeza, usaba la lengua para darle largos lametones circulares. Le resultaba extraño no poder utilizar las manos para ayudarse, aunque eso la excitaba profundamente, era como estar atada, prisionera en sus manos, enteramente bajo su voluntad. La mano de él en su nuca le indicó que parara y así lo hizo. - Estate quieta ahora… voy a follarte la boca… mmmm…. –la tenía cogida por el pelo y la estaba follando así, metiendo su miembro viril hasta el fondo de su garganta, ahogándola, haciendo que por un acto reflejo su garganta se contrajera con arcadas- - Quieta!… es normal lo que te pasa, golfa… ni se te ocurra moverte… sigue así, la boca bien abierta, dócil para mi… mmmm… para que te folle… cómo me gusta usarte, zorra… esconde los dientes… uhmmm… eso te costará un castigo luego…chupa, ahora!, más…con más fuerza, puta… es lo mejor que sabes hacer?... la lengua… así…. bien… Para! Al decir esto último, empezó a follarla con fuerza, moviéndose rítmicamente, ayudándose con la mano que empujaba su cabeza y la hacía tragársela más y más. Agnes sentía que no podía más, que no podía casi respirar. La tenía tan profundamente metida que le llenaba la boca por entero, no podía mantener la boca así, tan abierta, durante tanto tiempo. Sin embargo el placer que sentía siendo usada tan brutalmente era inmenso. El estalló en su boca, y ella tragó para no ahogarse, pero el líquido seminal, tan abundante no cesaba. Ella intentó apartarse, pero la mano de Toussaint que la agarraba con fuerza de hierro, se lo impidió, así que se vio forzada a beber hasta la última gota de su semen. Poco a poco la presión de la mano que la sujetaba era menos fuerte hasta que, por fin, desapareció, y él se retiró de ella. Agnes respiró a grandes bocados el aire que casi le faltaba. Tosiendo, medio ahogándose, levantó el rostro lleno de lágrimas hacia él que la miraba con una leve sonrisa. - Bien, zorra, muy bien… límpiame ahora, no? –le dijo- Como una gatita que se ha atragantado con un plato de leche, aún congestionada pero obediente, empezó a lamer sus genitales de arriba abajo, sin dejar ni un rincón por recorrer hasta que él se mostró satisfecho. Ahora él se apartaba. Agnes continuaba con la mirada baja. Los ruidos del agua, vertiéndose en la palangana, le indicaron que se estaba aseando y preparando para meterse en la cama. Se acercó de nuevo a ella. - Apaga el fuego y ordena la habitación. Que todo quede como antes. Después, lávate por entero –mientras le hablaba, extendió una manta delgada y vieja en el suelo de la habitación, al lado de la cama- , luego puedes acostarte, éste es tu sitio –le dijo señalando la manta en el suelo- , justo a mis pies. Acuéstate desnuda, como estás ahora, puedes cubrirte por encima con mi capa. Aturdida le miró de nuevo para ver la expresión de su rostro. Estaba sereno y tranquilo, bostezando. Se acostó y al poco estaba durmiendo. Agnes empezó a remover las brasas cuidando de apagar el fuego. Cuando hubo terminado las tareas que le habían impuesto, se aseó meticulosamente, agradeciendo el agua tibia que le aliviaba el escozor del culo. Tenía frío, así, desnuda, le hubiera gustado ponerse alguna prenda de abrigo, pero debía obedecer, quería hacerlo, así que se tumbó sobre la delgada manta, acurrucada y estiró la capa de Toussaint sobre su cuerpo, tembloroso, intentando retener el calor. Se quedó dormida nada más cerrar los ojos. Durante la noche, él la usó dos veces más. La primera vez, en medio de un sueño profundo, notó que la habían destapado, el frío la acabó de despertar. Toussaint estaba sentado sobre la cama, enteramente desnudo, colosal su cuerpo musculoso y velludo. Le dio la vuelta, la hizo agarrarse con las manos a las patas de la mesa y tomó sus piernas, abriéndolas en forma de tijera, tomándola así. La segunda vez la extendió sobre la mesa, ató sus piernas y sus brazos a las patas, y encendió un par de velas. Metió una gruesa vela en su coño y la encendió. Agnes empezó a gemir cuando la cera caliente salpicó su coño. Sus gemidos fueron en aumento cuando le metió la segunda en el culo. Tenía miedo. Una película de excitación la cubría con una fina capa de sudor, su cuerpo brillaba en la oscuridad. Toussaint, de pie al lado de la mesa, se inclinó y le mordía los pezones. Tenía pánico de que las velas le quemaran el coño y el culo, estaba muy asustada. Toussaint sacó la vela que goteaba en su culo y se metió él, con brusquedad, sin preliminares. Ella hubiera gritado, si no fuera porque su mano le cubría la boca. Toda la virilidad de él, que no era poca, estaba metida en ella, mientras, su otra mano movía la vela del coño, dejando caer una lluvia de cera sobre su delicada piel. Sacó la vela, aún encendida, y mientras la seguía sodomizando, dibujó su cuerpo con la cera caliente, siguiendo complicadas filigranas, sin detenerse, embistiéndola sin parar. Luego la desató y la depositó en el suelo otra vez, tapándola con la capa, acariciando su pelo, y se metió de nuevo en la cama. En la ventana, las primeras luces del alba despuntaban en el horizonte. La noche había terminado. |
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| | #92 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Ubicación: Madrid Fecha de Ingreso: Jan 2006
Mensajes: 2.225
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Agnes nos ha conmovido, nos ha excitado, la hemos querido, la hemos seguido bajo las estrellas o a galope en un bosque oscuro: ha sido nuestra enamorada, nuestra amante, nuestra niña sometida a la tortura y a la humillación. Pero ahora...nos conquista, como un cruel princesa bizantina, nunca más hermosa que abrazada y poseída por su brutal guardia, su cara llena de flujos, mientras la capa recamada del imperio yace en las losas del último palacio. Ahora, Agnes, ahogada por las arcadas, usada, desnuda en el suelo...nos confiesa: “Sin embargo el placer que sentía siendo usada tan brutalmente era inmenso”. Y así nos fascina cuando ella, “la reina de nuestro corazón”, escribe Baudelaire, practica sus “sucias caricias”. El enigma del ser humano cuando es capaz de ser a la vez viajero del infierno y del cielo es lo que nos muestra Jehanna. Su Agnes, prototipo de sumisa, esa mujer moderna que sería musa de los románticos extremos de existir estos, nunca es más hermosa y peligrosa que cuando tiembla con la lengua llena de semen, cuando se humilla ante el Amo y se somete a sus caprichos. Leopardo que inclina su cabeza ante su presa, al que acabará devorando el lado oscuro del corazón: ella, la víctima, será la depredadora, la vampira del otro lado del espejo. Hasta que en una noche llena de estrellas y hojas de plátanos de Indias “le valet de coeur et la dame de pique charlen siniestramente de sus amores difuntos”. C2 |
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| | #93 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO 21 Los guardias habían puesto en fila a las prisioneras y ahora el que parecía el que parecía estar al mando las examinaba, abriéndoles la boca, desnudándolas. Como si fuera un caballo, pensó Agnes, como un objeto. La rabia la poseyó y cuando le llegó el turno, mordió la mano que le forzaba la boca. Con saña. Sus dientes se clavaron con tanta fuerza en la mano que la oprimía que surgió la sangre, su carcelero se apartó con presteza, lanzando una maldición. - ¡Puta! –gritó fuera de sí, mientras sus compañeros se burlaban- - ¡Lo vas a pagar muy caro! ¡Sujetadla¡ -esta vez se dirigió a los otros soldados, que le observaban sonriendo aún- Unas manos fuertes la cogieron de los brazos, haciéndole daño, dejando la marca de sus dedos en la suave piel. Ella pataleó con todas sus fuerzas, una de sus piernas a punto de alcanzar a uno de sus captores allí dónde más le duele a un hombre. El soldado la esquivó y su mano abierta cayó sobre la cara de Agnes, en una bofetada descomunal que hizo bailar ante sus ojos puntitos de luz. A pesar de ello, no dejo de resistirse y de forcejear, totalmente fuera de sí. Las otras mujeres estaban silenciosas pero inquietas observando la escena. Una muchacha muy joven, casi una niña, de pronto se echó a llorar siendo silenciada inmediatamente. Ahora la sujetaban entre cuatro y por más que lo intentaba no conseguía moverse. Empezó a insultarlos en inglés, vomitando todas las palabrotas que conocía de sus tiempos en el mercado y también las que había aprendido en el corto tiempo que había compartido con William y que ahora le parecía tan lejano. Pensó en Toussaint, y en qué haría si ahora estuviera aquí, en cual sería su comportamiento. No estaba segura de que la ayudara, al menos directamente. - ¡Ponedla en el potro! –decía ahora el carcelero- ¡No, así no, estúpidos! ¡De espaldas! Así, muy bien. No tienes ahora tantas ganas de guerra, ¿verdad, perra? Al ver el rostro porcino inclinándose hacia ella, los ojos enterrados en grasa mirándola con regocijo, Agnes reunió sus últimas fuerzas y le escupió en la cara. La reacción de él fue inmediata y le asestó un buen golpe con el puño cerrado. Una explosión de dolor la dejó aturdida. Cuando volvió en sí, estaba de bruces en el potro, con los brazos extendidos hacia el suelo y atados a las patas de hierro. Intentó mover las piernas, pero estaban inmovilizadas también. Una corriente helada que entraba por la puerta, aun abierta, le erizó todo el vello del cuerpo, haciéndola estremecer de frío. Fue cuando notó que estaba desnuda, totalmente expuesta. Alzó la vista todo lo que podía sin romperse el cuello, en esa forzada posición en la que se hallaba y se vio rodeada de piernas embutidas en botas. Levantó un poco más la mirada hasta que le dolió el cuello y pudo observar las caras que se regodeaban mirándola. Sabía que algo malo iba a ocurrirle, antes de sentir en su espalda el dolor de un látigo de nueve colas abriendo surcos. Se mordió los labios para no gritar. El látigo volvió a caer, esta vez sobre su culo, aun con más fuerza, sobre sus riñones. Cada una de las colas del látigo abría la piel y las pequeñas esquirlas de metal de las puntas se clavaban profundamente dejando su marca. Agnes tenía miedo, había sido azotada antes, tanto por William, como por Toussaint, pero nunca con un látigo de ese tipo, ni tampoco con tanta fuerza. Temía por las marcas que le pudieran quedar en su cuerpo. Temía por su integridad física e incluso por su vida. Sabía que había provocado a un hombre cruel por naturaleza y que no le daba la menor importancia a la vida de una zorra como ella, un hombre que, probablemente con total seguridad gozaba únicamente con su dolor. Notaba como finos hilos de sangre se escurrían de su espalda, de su culo, veía la paja a sus pies salpicarse de su sangre. Cuando el látigo estalló otra vez en sus riñones, gritó por primera vez, sollozando luego, perdido el control sobre sí misma. Notó la excitación de los soldados envolverla como una bruma. Olor a sudor rancio, a hombre que no se ha lavado en mucho tiempo, ese tufo como a queso agrio. También podía oler su propio sudor y el olor a miedo. Se sentía acorralada, rotas sus defensas. El látigo seguía cayendo –sobre sus muslos, su culo, su espalda, sus costados- arrancándole gritos cada vez más desgarradores. Anegada en llanto, el dolor era tan intenso que no podía pensar. Se sentía como un animal caído en una trampa. El castigo era tan brutal que en un momento dado no fue siquiera consciente de que se había orinado encima, sólo las risotadas de su verdugo y de sus compañeros se lo hicieron notar. Entonces sí que notó la humedad, el río calido entre las piernas y la vergüenza la abrumó aún más. Estaba convencida de que iba a morir, pero de pronto el castigo cesó, tan bruscamente como había empezado y en ese silencio total el miedo la poseyó por completo. Esperaba el golpe de gracia. Alguien separaba sus nalgas, el solo roce de las manos ásperas le producía más dolor del que podía soportar. Para acabar de rematar la tremenda humillación, el brutal castigo, sintió como un miembro masculino se abría paso entre sus nalgas, en su sexo, forzándola. Gritó de nuevo y siguió gritando mientras su verdugo la poseía con embestidas cada vez más violentas, dañándola, arañando con sus uñas rotas su culo, metiéndosela hasta el límite. Una de sus manos se apartó de su grupa para tomar uno de sus pechos y apretujarlo, amasándolo, retorciendo el pezón, estirándolo. El hombre estaba consiguiendo su placer y pronto, en una última embestida, la inundó con su semen, quedando medio tumbado encima de ella, gruñendo como un cerdo. Pronto el alivio de unas manos que le apartaban, alivio pasajero ya que otro hombre ocupó su lugar… y luego otro… y otro… y otro… y otro… y otro, al final ya ni siquiera tuvo fuerzas para gritar y piadosamente perdió el conocimiento. |
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| | #94 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Ubicación: Madrid Fecha de Ingreso: Jan 2006
Mensajes: 2.225
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Ahora comprendo por qué has tenido reposando a nuestra Agnes estas semanas...Para lo que le iba a ocurrir ahora... ![]() Ese gato de nueve colas con esquirlas de metal nos lleva a la Royal Navy de sus tiempos del ron o a la Siberia de los azotes mortales... Y luego la violación múltiple... Menos mal que había descansado!!!!! C2 and lv (ahora mismo preparándome cuchifrito...) |
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| | #95 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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Querido CONSUL2, pues aun no sabes que no han terminado sus visicitudes ... nuestra Agnes va a tener que demostrar el acero del que está hecha. Sin embargo, nadie dijo que la vida fuera justa, verdad?. Y todos esos juguetitos con trocitos de metal en las puntas eran de aplicación habitual en los castigos, por suerte o por desgracia, según se mire, porque ¿qué harían nuestras heroínas si la vida las envolviera en nubes algodonosas? posiblemente aburrirse y aburrirnos mucho.Por lo que hace al fantasma de la violación múltiple...uhm... ¿qué decir de esa fantasía recurrente en muchas de nosotras?, por mi parte me limito a aceptarla sin más. Os deseo a ambos, a ti y a tu lv un magnífico fin de semana, como estoy segura estais disfrutando. Besos para los dos, Jehanna |
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| | #96 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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CAPITULO 22 La joven tendida en el camastro no reaccionaba a ningún estímulo. Dejando el bol lleno de sopa caliente a un lado, Jean-Jean, apartó los rubios cabellos para poder verle la cara. Sus dedos los recorrieron como una caricia, gozando de su suavidad. Estaban limpios porque él los había lavado el día anterior y las guedejas doradas relucían, incluso a la luz del día que moría. Se sentía muy preocupado por ella, se preguntaba dónde estaba la alegre muchacha, que él había conocido en la Corte de los Milagros y la que se había medio enamorado a pesar de ser la chica del Jefe. Cuando desapareció en una salida nocturna para hacer un trabajito en el Barrio de los Orfebres y se enteraron de su detención, tomó una decisión arriesgada. Y tuvo éxito. Después de conseguir rescatarla de la prisión del Petit Chatêlet, con la ayuda y complicidad de algunos de los suyos, que solían hacerse pasar por soldados de la guardia con notable éxito, había quedado horrorizado del estado en que Agnes se encontraba, medio desnuda, con las ropas sucias y la camisa desgarrada, con costras de sangre seca que le cubrían la espalda, las posaderas, la parte trasera de los muslos. La desnudó por completo para envolverla en una sábana limpia y ella se quejó lastimosamente. Su cuerpo ardía de fiebre, seguramente sus heridas estarían infectadas. Maldiciendo por lo bajo porque le enfermaba el comportamiento de aquellos animales, puso un gran balde de agua a hervir y envió al pequeño Mathieu a por un matasanos. En realidad, lo más parecido que tenían por allí a los servicios de un médico era un viejo boticario y tendría que servir, pensó Jean-Jean. Cuando este llegó, meneó repetidamente la cabeza, pero puso manos a la obra y desinfectó cuidadosamente todas y cada una de las incisiones, cortes, arañazos, contusiones que cubrían a la chica. Sacó unas hierbas de su maletín y confeccionó un bebedizo que le hizo tragar con cierta dificultad porque la muchacha parecía demasiado débil para estar mínimamente consciente. Agnes no abrió los ojos, ni le miró, ni tampoco a Jean-Jean. Era un cuerpo inerte. - Volveré mañana -dijo el boticario- - Tiene que beber mucho líquido. Te dejo la receta de las hierbas que tiene que tomar, pero aparte, debes hacer que beba toda el agua que puedas. Si la fiebre sube lávala con agua muy fría, entiendes?, muy fría! - ¿Pero se pondrá bien? –dijo Jean-Jean con el alma en los ojos. El joven estaba muy pálido, y aunque nunca había tenido buen semblante ahora parecía un aparecido. - Eso no lo puedo garantizar… no soy Dios… -dijo el boticario- ha sufrido mucho castigo pero es joven y la juventud es el mejor elixir para rehacer los cuerpos doloridos. Marchó, prometiendo que volvería al día siguiente. Y cumplió su promesa. Estuvo pendiente de Agnes y la cuidó como si fuera su hija. Jean-Jean, por su parte, con la colaboración de Leonard y Mathieu, los dos pequeños mendigos que también adoraban a Agnes, había atendido las necesidades de ella, lavándola, envolviéndola en paños fríos cuando la fiebre la atormentaba y estar cerca de ella era como estar ante un fuego devorador. La tarde anterior había llenado un barreño con agua caliente y con un pedacito de jabón oloroso había lavado cuidadosamente su pelo, secándolo después con paños hasta que brilló esplendoroso. No soportaba verla en ese estado. Sancy, el boticario, había dejado de venir a verla. Había dicho que poco más podía hacer por ella, que sus heridas estaban curando bien y que, probablemente, casi no dejarían cicatrices visibles. Agnes tenía buena carnadura, dijo sonriendo un poco. Y era joven repitió. - Pero hay heridas que no son visibles y cicatrices que calan muy profundamente y no son sencillas de curar –dijo tristemente Jean-Jean- El viejo boticario le miró compungido. - Si, muchacho, pero con respecto a esas heridas ni tu ni yo podemos hacer nada más por ella. Cada ser humano tiene un modo de reaccionar ante los golpes de la vida. Agnes deberá encontrar el suyo propio. Procura que coma algo –dijo antes de salir renqueando y perderse entre las sombras de la callejuela. Última edición por Jehanna; 28/02/2008 a las 21:52 |
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| | #97 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Ubicación: Madrid Fecha de Ingreso: Jan 2006
Mensajes: 2.225
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Abro el CS y he aquí una buena noticia: otra botella de náufrago, o mejor de náufraga de un lejano litoral, con...otro texto de nuestra Agnes/Justine/Alice...Tanto tiempo esperada esta continuación...que a punto he estado muchas veces de tomar el avión y enseñar la fusta a la sumisa Jehanna para que cumpliera sus ineludibles deberes para con esta historia y sus lectores... ![]() Como vemos aquí, Agnes encuentra un alma caritativa que hará de buen samaritano con sus desgracias del anterior post. Pasamos de la violación colectiva a los mimos: como en la vida misma, que un día nos pasan los dedos por los labios y al otro...nos apuñalan. Noria eterna. Bien, pequeña Agnes, recupérate para las pruebas crueles que el destino siempre tiene preparadas para quienes precisamente ama. Gracias de C2 y lv_m por seguir esta historia. Última edición por CONSUL2; 29/02/2008 a las 00:47 |
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| | #98 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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CAPITULO 23 En su casucha del Barrio des Halles, junto al mercado, Jean-Jean, el mendigo, estaba a punto de comenzar su jornada de trabajo. Su guarida, situada justo al lado del Cementerio de los Inocentes, en plena Corte de los Milagros, llamada así por ser el territorio de Paris ocupado por los mendigos, ladrones organizados en bandas muy bien estructuradas y prostitutas de todas las edades, todos ellos entrelazados entre sí por el juramento de la camaradería del gremio, resultaba acogedora y caliente en los largos meses del invierno parisino. La Corte de los Milagros recibía ese nombre debido al hecho mágico de que sus habitantes de día pedían limosna, fingiendo ser ciegos, cojos o con alguna otra mutilación o discapacidad, pero de noche la mayoría de ellos gozaban de una magnífica salud. Jean-Jean era joven, aunque desconocía exactamente su edad, sabía que no llegaba aún a los veinte, sin embargo su constitución era delicada. A cualquier espectador objetivo que lo mirara ahora, a plena luz del día una primera mirada le mostraría a un joven, que aparentaba menos años de los que tenía realmente (unos dieciséis, quizá) de tez pálida y pecosa, pelo castaño oscuro que acentuaba su palidez y que le caía en greñas descuidadas y lisas sobre la frente, recogido en una coleta en la nuca. Ojos muy oscuros, tanto que parecían negros como un pozo sin fondo. Labios delgados como una línea prieta, nariz delgada y pequeña, rostro aniñado. Estaba muy delgado, porque esa era su constitución y porque había pasado mucha hambre de pequeño y eso, a esas alturas, difícilmente tenía remedio. Solía vendar sus piernas hasta más arriba del muslo y utilizar hábilmente unas toscas muletas, de modo que parecía un lisiado que, debido a su juventud, su dulce sonrisa –que utilizaba sagazmente- y sus negros ojos de gacela, le conseguían una buena recaudación diaria en la puerta de la iglesia dedicada a los Santos Inocentes. La iglesia se hallaba a tocar de la fuente de los Inocentes, regalada por San Luís al pueblo de Paris. Ese era el lugar principal de trabajo del joven mendigo, lo que ignoraba es que se edificó la iglesia en ese lugar en memoria de un tal Richard, un inocente sacrificado allí por los judíos hacia un par de siglos. Se hubiera sorprendido de saberlo, probablemente, muchísimo más al saber que el joven Richard se parecía extraordinariamente a él. Casualidades del destino. No quería dejar sola a Agnes, pero si no acudía a su lugar habitual no recaudaría las limosnas que recogía habitualmente de la generosidad y la mala conciencia de los cristianos que salían de misa, o de los burgueses que iban a la iglesia a confesar sus pecados para poder comenzar a pecar de nuevo. Como si fuera posible hacer borrón y cuenta nueva, pensó sonriente. Y el problema es que no podría dar la parte que correspondía al Jefe Toussaint y éste empezaría a preguntarse cuánto tiempo podía durar un resfriado virulento y muy pronto enviaría a sus secuaces a casa de Jean-Jean y descubría la verdad. Un sudor frío recorrió su espinada al imaginar lo que le haría el Jefe si sabía su traición. Pero no se arrepentía, no, él, Toussaint, no se había preocupado por Agnes. La había dejado a su ventura para que se pudriera en el Chatêlet. Seguramente ella hubiera muerto allí por los abusos a los que había sido sometida y él –Jean-Jean- no podía soportar esa visión. Aunque Agnes nunca volviera a ser la misma, aunque no recuperara del todo su alegría y su belleza, él la quería y la cuidaría. Tal vez un día ella sería suya, pero suya de verdad, voluntariamente. Un día abriría esos enormes ojos de genciana y le vería, le vería realmente. Y le amaría. A él, al mendigo. |
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| | #99 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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CAPITULO 24 El capitán William Clifford, estaba escalando socialmente a pasos agigantados. El paso en falso que supuso enredarse con la pequeña Agnes, ignorando los deseos de su Señor, había sido rápidamente olvidado ahora. Podría decirse que su antiguo amo, Geofrey Spenser, duque de Wessex había caído en desgracia debido a graves desavenencias con el rey. En cambio, William era ahora el protegido de la Reina Isabel, aunque ésta hubiese tenido que huir a Francia con su amante, Lord Mortimer. Aún así, Isabel gozaba de una gran popularidad en los dos reinos, dónde se la veía como una auténtica heroína, en detrimento del débil y afeminado rey que era su esposo. Era hija y hermana de reyes y príncipes y, lo que era aun más importante, la madre del príncipe heredero de Inglaterra. La gallarda figura de Lord Mortimer, su valentía y su arrojo, eran también muy admiradas en todos los estamentos sociales. Puestas así las cosas, era más que probable que pronto pudiera volver a casa, rodeado de gloria y honores, tal como él había esperado siempre, haciendo que su anciano padre se sintiera orgulloso. En Paris, William gozaba de una vida lujosa y siendo como decían por allí “un beau garçon” no le faltaba nunca una hermosa joven que llevar a su cama para alegrar sus noches. Algunas de ellas de noble cuna, ¡vaya que sí! Tenía dinero en abundancia para gastar en lo que le apeteciera, disponía de cómodos y lujosos aposentos en la mansión que servía de residencia a la Reina Isabel, junto a buenos amigos y camaradas para jugar una partida a los dados o ir a una taberna a emborracharse. Entonces, ¿cual era la razón de esa sombría insatisfacción que le rondaba? Agnes. El nombre que tenía prohibido decir en voz alta, surgió en letras rojas en su cerebro. ¡Agnes!. La añoraba terriblemente. Quería volver a tenerla a sus pies, azotar su suave cuerpo, atar sus cabellos en lo alto y colgarla de ellos, con las puntas de sus pies rozando apenas el suelo, los esbeltos brazos levantados, toda ella arqueada, en tensión, hasta el límite de sus fuerzas. Quería tomarla bruscamente en la noche, cubrir de cera caliente sus pezones delicados, hacer que arqueara la espalda hasta límites insospechados mientras la sodomizaba. ¿Por qué no había conseguido olvidarla? -pensó, con furia- ¿Qué tenía aquella muchacha inglesa de clase baja, una tosca campesina, en realidad, que no tuvieran otras cien que estaban a su alcance?. Era bella, sí, lo era. Hermosos cabellos dorados, ojos tan azules que recordaban al mar, piel blanca y suave, un cuerpo muy bien dotado, proporcionado, esbelto pero lleno en los lugares adecuados. Todo eso era cierto, pero no hacía que fuera tan particular, tan especial como la sentía. ¿Cuál era su secreto? ¿Qué ocultas, pequeña Agnes, puta, mi niña, mi dulce zorra?, susurró para sí mismo, con rabia. Era vulnerable, pero era también fuerte. Como un junco que se dobla ante una tormenta pero no se rompe. Era ingenua pero no era estúpida. Tenía una inteligencia natural que no dependía de los conocimientos y una disposición a aprender. Era tan variable como los cielos de abril en Inglaterra. Era lasciva como la ramera mas embrutecida de Paris. Y era inolvidable, murmuró para sí. Agnes comprendía, entendía su forma de poseer, de gozar. En vano pagaba a las mozas de los lupanares y las tabernas más sórdidas para que se dejaran azotar y someter por él. En vano. William necesitaba su complicidad, su gozo. Pero Agnes había desaparecido como tragada por la tierra y habían resultado infructuosas todas las búsquedas que William había iniciado para encontrarla. Levantándose bruscamente del sillón, recorrió a grandes zancadas el espacio que le separaba del amplio ventanal que daba al río, cerca de la Torre de Nesle. La noche parisiense, oscura, misteriosa y llena de peligros, dónde sólo tres luces brillaban: la del Cementerio de los Inocentes, la de la Torre de Nesle y la del Gran Chatêlet, le devolvió su opaca mirada. Última edición por Jehanna; 29/02/2008 a las 18:39 |
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| | #100 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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Las olas llevan a Agnes y William a través de los tiempos que les queda por vivir, por eso el símil de náufragos les va bien, CONSUL2. A saber en que lejana playa amanecereán algún día. Juntos o por separado. Me halaga que compares a mi Agnes con Justine o Alice, aunque en mi fuero interno sé que ella comparte con ambas una cierta ingenuidad y ese lado oscuro del corazón. (En cuanto a tu velada amenaza relativa a fustas y aviones, te lanzo un reto: ven, hombre... ven...) Y ahora dejemos que hable Agnes... Apreciado Monsieur CONSUL2, después de las terribles experiencias por las que he pasado, no me siento con ánimo para nada. Es como si la luz del sol se hubiera apagado y mi cuerpo ya no me perteneciera. Decir que me siento sucia es algo tan obvio que escribirlo no describe con auténtica claridad este sabor a ceniza que noto pegado a mi paladar. El dolor de mis heridas desaparece lentamente, pero dentro de mi es como si el lodo se hubiera endurecido, solidificado y amenazara con permanecer allí para siempre. En mis sencillas palabras, nunca volveré a ser la misma, lo sé. Y lo que mas tristeza me da es que yo amaba el riesgo. Entregarme a un hombre tan por completo que me olvidara de mí misma, sometida por entero a su voluntad, sollozando y quejándome ante sus azotes o sus carícias, pero ofreciéndome orgullosamente a fin de que continuara otorgándomelas. Ahora siento que hay demasiado odio en mi, unas ansias oscuras que como ríos de lava amenazan con desatar la ira, un sentimiento para mí desconocido hasta ahora. Decís que la vida gira como una noria, pero desde el fondo de este pozo no puedo ver más allá de los limites de mi cama. Y sin embargo... deseo vivir... |
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