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Viejo 20/10/2007, 13:17   #21
 
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Estimada Mayera:
Puedes encontrar bastantes alusiones y connotaciones a dichos cuentos en el libro "Psicoanálisis de los cuentos de hadas" de Bruno Bettelheim. Ed. Crítica. 2006.
Nostramo está en línea ahora   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 01:54   #22
 
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Querida vent gracias por tus palabras, me animas a continuar. En cuanto a la continuación de "En la Sombra del Lobo" sé que os la debo y ten por seguro que la escribiré. La vuelta al trabajo ha sido terrible, pero bueno, todo se andará. Ahora estoy escribiendo "La chica de la carreta" y en cuanto lo termine me pongo con el otro. Un beso, guapa y gracias por seguirme.

mmmmmm... mayera, muchas gracias, a mi también me gustan los cuentos infantiles y tomo buena nota de la recomendación que nos hace Nostramo. Me alegro de que te haya gustado la idea de recopilar los cuentos, al menos los que tengo de este estilo, para leerlos mas facilmente. Te mando un beso para ti.

zule sabes?, tú me diste la idea inicial cuando me dijiste una vez (hace tiempo) que si alguien intentaba leer mi cenicienta a esas alturas le iba a ser muy dificil encontrar todas las partes. Los agrupé para mi misma y pensé que sería una buena idea traspasarlos asi también aqui. Te dedico el cuento que acabo de escribir sobre nuestra fantasía compartida. Ya he colgado la primera parte, espero que te guste. Besos, guapa.

Es un placer leerte, Nostramo, gracias por la recomendación que nos hace sobre ese libro de Bruno Bettelheim, prometo leerlo. En cuanto a la humillación pública, como ya sabes, tiene mucho atractivo para mi. Me encanta esa pintura que nos adjuntas. Muchas gracias por mostrarla. Hay una historia de ese tipo que a mi me encanta, que ocurrió realmente. Alrededor del 1300 en París, reinaban los Capetos. El Rey Felipe Capeto condenó a sus tres nueras a ver como torturaban a sus tres amantes y les daban muerte. Ellas estaban obligadas a contemplar el suplicio, efectuado en una Plaza pública, no recuerdo si era la de Grève o cual, de pie en unas carretas, con las cabezas afeitadas y vestidas con sayas de monje que les arañaban la piel delicada. Toda esa historia, la de las tres princesas adúlteras, está llena de intriga, morbo, pasión, amor, lujuria, pecado y crimen. Bueno, como siempre, me alargo demasiado

Lo dicho, gracias a todos,

Jehanna
Jehanna está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 10:02   #23
 
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(coloco aquí la primera parte de mi cuento "la chica de la carreta" porque me parece que tiene más lógica que esté aquí, dando una continuidad a mis "Cuentos Perversos")

LA CHICA DE LA CARRETA

Erguida en la carreta, Agnes temblaba de frío, intentando mantener el difícil equilibrio con las manos atadas a la espalda. El conductor azotaba a los bueyes para animarlos a ir más deprisa y éstos se enredaban en el fango. La noche anterior había llovido en abundancia, Agnes recordaba haber oído el estruendo de la lluvia repiquetear con fuerza en el tejado de barro y paja. El agua se filtraba por los huecos y cavidades y la calaba, casi como si estuviera al raso, y aunque no estaba desnuda como ahora, su sayo de algodón, el corpiño y la blusa, así como las faldas de percal, no la abrigaban demasiado en esa noche desapacible. No pegó ojo en toda la noche, tenía mucho en qué pensar. Recordaba las risotadas de los aldeanos y como coreaban su nombre los muchachos.

Esta mañana había salido el sol y todo el cielo era de un límpido azul, pero los árboles aun goteaban y el camino que atravesaba el pueblo era un lodazal. A ambos lados se agolpaba una multitud que había acudido para ver el castigo público de una moza deshonrada. Atrás quedaban las noches de amor y lujuria con Walter, el capellán de la iglesia de Sant Mary Margaret. Al final, lo que pesaba era ese
sentimiento de pecado que hacía que apartara la vista de ella en cuanto rompía el alba.

Pasaron los días y uno de ellos ocurrió lo que tenía que pasar, inevitablemente: les descubrieron. Ambos se quedaron dormidos y cuando se abrió la puerta para dar paso a las beatas que venían a ayudar en la misa, hallaron a los amantes, aún abrazados. A Walter le encerraron en la mazmorra del conde y estaba a la espera de la sanción de sus superiores eclesiásticos, pero ella era tan sólo una aldeana, y para acabarlo de arreglar, había tenido la insolencia de despreciar al capitán de la guardia del castillo, un hombre rudo que la miraba con ojos que la desnudaban. La habían llevado a rastras hasta el alguacil y el juez y ese mismo día habían reunido a su tribunal y habían dictado su sentencia. Sería conducida completamente desnuda en una carreta descubierta, con las manos atadas, por todo el pueblo, con un cartel colgando del cuello dónde se pudiera leer RAMERA en letras rojas, para que todos vieran la clase de mujer que era, para que las gentes honradas pudieran insultarla, los niños burlarse de ella, las mujeres honradas fueran testigos de lo que puede ocurrir cuando el diablo llama a la puerta y la carne es débil y la mujer no se apoya en el Señor. Después de ser paseada así por todo el pueblo, con un pregonero delante anunciando lo que era y el delito que había cometido, para más colmo con un hombre de Dios, sería conducida hasta la Plaza Mayor y allí atada al poste de los criminales y azotada por el verdugo hasta 60 latigazos. Luego se la pondría en el cepo por el resto del día y después sería puesta en libertad, aunque se la expulsaría del pueblo para que no diera mal ejemplo a las otras muchachas.

La carreta tropezó con una piedra y ella cayó, al no poder sujetarse con las manos. Uno de los soldados que la custodiaban la cogió violentamente del cabello y la levantó, al tiempo que le daba un azote en el culo y la conminaba a ser menos torpe.
Los chiquillos estallaron en risas y uno de ellos le lanzó un huevo que se estrelló en su cara, chorreando. Eso pareció la señal de partida de una avalancha de tomates, huevos, fruta podrida, que le lanzaron los pillastres que rodeaban la carreta. Intentó mantenerse serena, meterse dentro de sí misma y no dejar que la vieran llorar. De reojo, observó caras conocidas entre la muchedumbre, pero que, incomprensiblemente la miraban como a una extraña. Los rostros de los hombres que la miraban expresaban muchas cosas, pero no era rechazo exactamente. La miraban con deseo, fijaban los ojos en su joven cuerpo desnudo, en la lozanía de sus tetas desafiantes, en sus firmes piernas, suavemente torneadas, en sus muslos blancos y apetecibles, en la redondez de su culo. Agnes sabía que si no estuvieran al lado de sus esposas, si no tuvieran tan presente dentro de ellos ese temor de Dios, no la mirarían con desprecio. Agnes estaba dividida en una extraña dualidad, por un lado todo su ser se rebelaba ante la injusticia de lo que le ocurría. Ella no era ninguna criminal, ni había hecho daño a nadie para ser tratada así. Sí, había hecho caso omiso de las leyes de los hombres, al yacer con un hombre sin estar casada. Y su pecado era también contra las leyes de Dios, porque el hombre con quien había yacido, aunque hombre al fin y al cabo, era también sacerdote, pero estaba segura de que había una ley más antigua y verdadera, la sentía en su interior, y contra esa ley, no había pecado.

Y por otro lado, había una parte de ella, una parte oscura y extraña, que, en cierto modo, gozaba con todo aquello, con el frío, con su exhibición desnuda ante todos, con la humillación de ese cartel que colgaba de su cuello y en el que se leía –aunque ella no sabía leer- la palabra RAMERA. Hallaba un placer morboso en los insultos (zorra, puta, golfa, meretriz, fulana, prostituta) que le lanzaban por todas partes, en las miradas lascivas que se clavaban en su coño, en su culo, en sus tetas, que la quemaban como fuego. Cuando el joven soldado la había cogido de los pelos y la había levantado con brusquedad, su rostro quedó a unos centímetros escasos del de él y allí leyó excitación, deseo que él intentaba contener y que le enfadaba. Y cuando la azotó con fuerza en el culo, sintió que se mojaba. Una leve sonrisa asomó por la comisura de sus labios al notar esto, pensó que estaba loca, pero qué más daba.

El capitán de los soldados observó esa sonrisa y sus ojos negros se clavaron intensamente en Agnes. Para disimular su turbación dio órdenes estrictas a sus soldados de ir directamente a la Plaza y terminar de una vez con el castigo de la ramera. Sin embargo, en su mente empezaba a cuajar un plan.

Al llegar a la Plaza no cabía ni un alma, la gente de las comarcas se había concentrado para ver el castigo público. Un soldado la ayudó a bajar de la carreta, ya que era imposible que ella bajara sola, notó como sus manos se entretenían demasiado y la manoseaban, pero no podía hacer nada para impedirlo, como tampoco pudo evitar que los hombres y jovenzuelos situados en primera fila, tocaran su cuerpo, la pellizcaran, la azotaran con sus varas y sus fustas de azuzar a los caballos, a pesar de que los soldados les apartaban con brusquedad. Sentía su corazón desbordado en el pecho, estaba sin aliento, pero aun así, sentía una comezón por todo el cuerpo, los pezones bien erguidos y un sentimiento extraño, mitad miedo, mitad anhelo.

El verdugo estaba plantado en lo alto de una tarima de madera que se había construido alrededor del poste de la Plaza Mayor, donde solían ser colgados los criminales y los ladrones. La hicieron subir por una escalera empinada. A llegar arriba se le acercó el Capitán de los soldados y por primera vez sus miradas se cruzaron. Ella apartó la vista primero. El desató sus manos de la espalda y las volvió a atar delante, colgando las cuerdas de lo alto del poste. Se inclinó y le susurró al oído:

- Pequeña zorra, ahora vamos a ver de qué madera estás hecha. Voy a ser yo quién te azote. Quiero oírte suplicar.

Se dirigió al verdugo y le dijo:

- Me ocupo yo de esto

El verdugo asintió con un movimiento de cabeza y se apartó del estrado.

Parsimoniosamente, el capitán blandió el látigo de cuero con una pericia que demostraba su familiaridad con él. Agnes notó silbar el aire a su alrededor y de pronto el primer latigazo cayó sobre su espalda. Tuvo tiempo de pensar que era como un picotazo de una abeja, doloroso, nunca la habían azotado con el látigo, jamás, pero se mordió los labios y se prometió que no cedería, por orgullo. Por esa mirada oscura y burlona que se había cruzado con la suya. Por un sentimiento de que podía aguantarlo y ser fuerte. Por un oscuro sentimiento que le decía que no era tan malo. El segundo y el tercer latigazo cayeron casi seguidos y la dejaron sin aliento, arrancándole el primer gemido, casi a regañadientes.

(CONTINUARÁ)
Jehanna está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 10:15   #24
 
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Predeterminado El trono con ruedas

En un comentario de una profesora de la Universidad de Valencia sobre el libro Figuras del destino, de Victoria Cirlot, podemos leer: “La decisión de Lancelot, el mejor caballero del mundo, al subir a una carreta para ayudar a la reina Ginebra, que ha sido raptada, es sumamente arriesgada, ya que la carreta es símbolo de la infamia, asociada a asesinos y traidores. Si lo hace, será tratado como tal; de lo contrario, no sabrá nada del paradero de la reina. La carreta es la “figura del destino” en Lancelot. El hecho de subir representa un cambio en la condición del caballero: ahora será reconocido con el nombre de “Caballero de la Carreta” y tendrá que vivir un sinnúmero de aventuras marcadas todas por el sacrificio”.

Efectivamente, la carreta (imagen opuesta simbólicamente al trono, y a veces, el propio trono: ¿Ciro huyendo en una carreta de los soldados de Alejandro?) está siempre presente en los relatos de la Edad Media (ahí llevan a las brujas, se esconden los proscritos de Robin Hood, trasladan comida y personas, une ciudades y hereda los carros de guerra de la antigüedad). Agnes, que en griego significa la que se mantiene pura, será el “cordero” que se lleva al sacrificio, al sacrificio del sexo BDSM. Muy enlazada, por otra parte, con muchos de los relatos de Jehanna, donde se establece la figura de la mujer reflexiva pero sexual, y paralelamente la figura del torturador que en cierto modo será consciente de su deseo a través del cuerpo de la sumisa.

Agnes y el Capitán, sumisa y Amo, establecen aquí un camino circular, donde giran sobre sí mismos en el Laberinto de un Minotauro BDSM. La verdad es que me he quedado un poco ansioso de leer la continuación de este relato...Y mientras lo leía no sabía qué lugar me excitaría más ocupar: ¿el del Capitán, el del soldado que describes, el del público que observaba...el de los fiscales que seguramente la visitaban en la celda y la sometían a discretas torturas para que confesara...o acaso al narrador que observaba todo desde la ventana de su casa para escribir un relato sobre una mujer en una carreta?

C2
CONSUL2 está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 11:27   #25
 
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Predeterminado

El sol estaba alto en el cielo y la sed atormentaba a Agnes, aunque ese no fuera el menor de sus males. Su espalda ardía, cruzada por las cintas de fuego que los latigazos del capitán habían dejado en ella. Sentía las manos y el cuello entumecidos por la presión del cepo, y la incomodidad de la postura forzada hacía que fuertes calambres empezaran a recorrer su maltrecho cuerpo. Se retorció todo lo que le permitía las ataduras, miró a los mozalbetes que aún seguían por allí, riéndose de ella, azotándole el culo con sus manos, tirándole del cabello. Se preguntó cuánto tiempo más iban a seguir, pensó que en algún momento sus madres les reclamarían en casa.

Su mente, lo único libre que le quedaba, rememoraba su tormento en el poste. Recordaba su determinación de no gritar, de no darle al capitán motivos añadidos para gozar de su suplicio, por supuesto, había decidido no suplicar clemencia. Los primeros diez latigazos combinaron la suavidad de un azote superficial –con intervalos deliberados que la mantenían en vilo esperando la caída del próximo golpe, acumulando tensión y abriendo las puertas al miedo y al dolor- con azotes rápidos e intensos como un rayo, que la recorrían hasta el tuétano y la hicieron aullar de dolor, a partir del tercero. Las lágrimas se abrieron paso a pesar suyo y se mordió los labios hasta hacerse sangre con el fin de contener las palabras que pugnaban por salir, aunque no pudo evitar los sollozos. Entre el velo de sus lágrimas, divisó a la multitud expectante, como un cuerpo único, monstruoso, unido en un silencio tenso, pletórico de placer morboso ante su suplicio. Por un momento vio las caras, pálidas bajo la luz de la mañana, con los ojos fijos en ella y un brillo de excitación en la mirada. Algunos sonreían, otros apartaban la vista en el momento en que la sangre había empezado a teñir su espalda, para volver a mirarla de forma huidiza, como si no pudieran resistir la tentación de observarla detenidamente y al mismo tiempo no pudieran afrontar mirarla de frente.

En un balcón cercano vio la cara de un joven estudiante, vestido con su uniforme. Tenía en la mano una pluma y un trozo de pergamino, Agnes pensó que estaba tomando notas para escribir un relato sobre ella y eso la indignó y le dio nuevas fuerzas. Al caer el próximo latigazo (había perdido la cuenta ya de los que llevaba) apretó con fuerza los dientes, se resistió al dolor. Una pausa y el capitán se acercó a ella, la tomó por la cintura con brusquedad y le acercó a los labios un balde de agua. Ella lamió el agua, como una perrita, con los labios entumecidos de sangre seca. Le supo deliciosa como si jamás hubiera tomado un sorbo en su vida. En el reflejo cristalino vio por un momento su imagen. La aureola de sus rubios cabellos despeinados, que flotaban en el aire, sus ojos muy abiertos, inmensos, la fragilidad que le daba su desnudez completa. De pronto fue muy consciente de ella y sintió vergüenza, casi la había olvidado. El rubor tiñó sus mejillas. El rostro del capitán, muy cerca de ella, su aliento que la envolvía y esa mirada intensa, cargada de presagios, no todos ellos indeseados. La pequeña sonrisa de él, oculta en la comisura de sus labios. Se acercó a su oído y le susurró: - muy bien, pequeña zorra, lo estás haciendo muy bien. Esta amabilidad la llevó de nuevo al borde de las lágrimas.

El capitán dejo el balde y se situó de nuevo a su espalda. La tanda siguiente de latigazos fue rápida y sin pausas, la envolvieron en una nube extraña en la que se mezclaban el dolor y algo oscuro que hacía que se le licuaran las entrañas. Le sentía a su espalda, podía notar el olor de su cuerpo, una mezcla de perfume de tabaco, jabón, y limpio sudor de hombre. De pronto, no le pareció que fuera una derrota dejar escapar sus gemidos, su dolor, dejó de morderse los labios y sintió que algo en su interior se soltaba. Tal vez él no la azotaba tan fuerte, quizás se estaba acostumbrado al dolor, a lo mejor estaba francamente perturbada, no lo sabía, sólo sabía que los azotes no cesaban y que cada uno de ellos la transportaba algo más allá, como si estuviera subiendo una escalera que la llevara hacia la luz, como si se hubiera metido en un rincón secreto, dónde nada más que ellos dos tuvieran cabida.

(CONTINUARÁ)
Jehanna está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 15:32   #26
 
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WILLIAM

El capitán William Clifford observaba a la prisionera desde una de las almenas del castillo. La tarde de ese día de finales de verano avanzaba en el pueblo y las sombras cubrían gran parte de su territorio, pero allí, en el castillo, al estar en un lugar mucho más elevado, el sol todavía calentaba su espalda. Podía ver sus rubios cabellos inclinados hasta casi taparle la cara, la palidez del cuerpo de la muchacha, como una mancha clara en la distancia, la curva de su espalda. Percibía incluso la incomodidad, el dolor que padecía y por debajo de todo eso, la sensación de que, de algún modo, ella estaba gozando también. Al igual que él había disfrutado cada segundo en el poste de los tormentos, por difícil que le resultara admitirlo.

Cambió de posición para enfrentar de cara el viento y éste alborotó sus negros cabellos y los hizo caer sobre su ancha frente. Sabía que no podía sacarla del cepo antes de que pusiera el sol. Esas eran las órdenes recibidas y él conocía muy bien cual era su lugar en la jerarquía del castillo y lo que suponía desafiar al Conde de Wessex. Ya había contradicho bastante esas instrucciones al azotarla de un modo no patibulario, sino más bien benigno. Había actuado controlando exactamente la cantidad de daño que podía causar y que la joven podía recibir sin que sufriera secuelas permanentes. No quería dejar marcas definitivas en esa piel tan suave. Pero si se hubiera atenido a los 60 latigazos reglamentarios a los que había sido condenada, ahora su espalda estaría en carne viva, y dentro de pocas horas con toda probabilidad infectada,llena de llagas purulentas, que no podrían cicatrizar bien, de ningún modo.

Así que le aplicó unos cuantos golpes fuertes, de rigor, mezclados con otros muchos más suaves, que apenas rozaban la piel, que dejaban un rastro ligero de sangre, aparatoso, pero mucho menos serio, sin arrancar trocitos de carne. Le gustó especialmente que ella hubiera aguantado los primeros fuertes azotes con entereza y serenidad, que hubiera intentado reprimir sus gritos. Le encantó cuando consiguió arrancarle tímidas demostraciones de auténtico dolor, olvidado por un momento su orgullo. Le gustaba que fuera orgullosa.

A partir de ahí, la azotó con más clemencia, cuidándola, pero persistiendo en el castigo, no tanto porque ella estuviera condenada a él, sino para su propio placer, el de él. Y para domarla.

Sin embargo, en cuanto la última luz declinara en el horizonte iría a por ella. Era suya, aunque ella aún no lo supiera.

(CONTINUARÁ)
Jehanna está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 15:53   #27
 
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AGNES

Al caer la tarde, Agnes se sentía desfallecer por momentos. Toda la energía que hasta ahora la había sostenido se había evaporado con el calor del sol. Tenía frío, la espalda le dolía terriblemente, le escocían todas las heridas como si mil abejas la estuvieran picando al mismo tiempo. Las muñecas estaban entumecidas, no circulaba bien la sangre, sus manos eran como pedazos de madera que colgaban, ya ni las sentía. Su cuello estaba agarrotado, no encontraba el menor alivio al tratar de mover la cabeza todo lo que podía, para intentar aliviar la presión. Ahora yacía con el pelo cubriéndole el rostro, sin moverse de posición.

Hacía rato que los niños y los curiosos la habían dejado sola, después de atormentarla, llenándola de fango y tierra, tirándole piedras pequeñas para hacer diana en su culo. Un hombre bien vestido, un comerciante al que conocía, se había acercado hacía poco, amparado en la incipiente oscuridad, para insultarla muy cerca de su oído, llamándola puta, zorra, golfa, meretriz, ramera, cerda, marrana… todas las palabras sucias que conocía. Al mismo tiempo, con un puñado de ortigas en la mano, separaba todo lo que podía sus muslos y fregaba con ellas su ano, causándole un escozor insoportable. Luego miró a su alrededor para comprobar que estaban solos, que nadie les observaba, sacó su miembro de las calzas y lo fregó contra su trasero. Ella gritó y él, temeroso de que alguien conocido le pudiera ver y pudiera ser censurado su comportamiento, se marchó, perdiéndose en las sombras de las callejuelas laterales.


Ahora, estaba llorando. Sólo quería que la sacaran de allí y poder tumbarse en el suelo, aunque fuera en la cuneta y dormir, dormir, dormir. Se sentía muy desgraciada, necesitaba algo de calor, que alguien la acunara entre sus brazos, la cuidara.

(CONTINUARÁ)
Jehanna está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 17:15   #28
 
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Mensajes: 1.871
Predeterminado ...

Bueno, hoy me hice un espacio para venir a la zona de "Relatos".. y qué sorpresa encontrarme con esta tremebunda historia de "castigos públicos", querida Jehanna!
Una estimulante mixtura de contrastes y sensaciones para disfrutar.. Me tiene completamente atrapada!
Quedo a la espera de más.. más.. y más..
Te felicito, perversa muñequita..
Besos y hasta pronto..
Karla..
Karla está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 18:01   #29
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Localización: Barcelona
Fecha de Ingreso: Dec 2005
Mensajes: 53
Predeterminado

Jehanna, no tengo palabras para felicitarte por tu relato de La chica de la carreta. Lo he sentido muy cerca, entremezclado con multitud de sensaciones de sueños en duermevela y emociones sentidas en la entrega. Me ha hecho recordar situaciones soñadas y olvidadas que desde muy joven me envolvían. Tu forma tan fresca y descarnada de presentar los sentimientos y emociones de tus protagonistas hace que te sitúes en el mismo centro de la situación. Pero, yo, al contrario de mi Amo, no tengo ninguna duda del papel que escogería en tu narración…mmm… y también del que quisiera para mi Amo…(con su permiso, claro está).

Pero, sobre todo, me ha afectado ese momento en el que Agnes entra en sí misma, deja de existir el resto del mundo para ella. Me ha hecho recordar y vivir de nuevo esos momentos en que el mundo desaparece y solo existe una sola energía en la que se pierde la tuya, cuando te abandonas a las sensaciones, ya no de tu cuerpo, sino de tu espíritu, y el dolor representa lo único que te liga a lo tangible porque lo inenarrable de tu entrega te eleva a otro nivel. Sí, como verás, me ha emocionado, porque transmites y describes de forma increíble algo difícilmente describible.

Espero impaciente la continuación. Gracias, muchas gracias, Jehanna. por deleitarnos así.

lv, a los pies de mi Amo, feliz y contenta de estarlo
lv_myriam está fuera de línea   Citar y responder
Viejo 21/10/2007, 18:29   #30
 
Rol: sumiso
Sexo: Mujer
Localización: Madrid
Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 415
Predeterminado

Jehanna, ¿por qué me haces esto? Ahora mismo estoy en ese cepo, toda mojada, deseando que venga el capitán a hacerme suya... Y tendría que volver al mundo real, que tengo muchas cosas que hacer... Pero allí me quedo, esperando a que hagas venir a buscarme al capitán con la continuación de tu relato.

Muchísimas gracias por dedicarme el que creo que es tu mejor relato, que ya es decir. Muchos besos y muy grandes.

zule
zule está fuera de línea   Citar y responder
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