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Antiguo 27/10/2007, 17:38   #51
 
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Predeterminado Respuesta del estudiante a Agnes

Nunca agradeceré bastante a Sofía, esa esclava checa que vuestro capitán ha puesto a vuestro servicio, que tuviera la amabilidad (aparte del camafeo que tuve a bien regalarle) de comunicaros mi mensaje y de escuchar de vuestra boca la respuesta, que ella misma aprendió de memoria.

Termináis vuestro mensaje diciéndome que nunca habríais podido ser la reina de la que yo hablo. Quizá no. Pero desde luego tal como os expresáis ya sois mejor y más sensata que muchas princesas, y desde luego con más valor y pasión que la mayor parte de las mujeres. Sea como sea, vuestras palabras me han alegrado mucho y llenado de placer: me ha alegrado saber que no me he equivocado, y que en aquella sola mirada sobre la carreta comprendí bien lo especial que sois. Y me ha llenado de placer saber que estáis empezando a ser feliz, a iniciar un camino que sólo a vos corresponde. Que habéis elegido y habéis sido elegida (yo diría que habéis elegido, y que el objeto de vuestra elección ha sido arquero atrapado por la trayectoria de la flecha y seducido por la diana).

Cómo sea, vuestro capitán no es de mi incumbencia. Y yo sé que los seres pueden acabar siendo (o no) tan y como son observados. Si vos le veis entregado al conocimiento seguramente haréis la magia suficiente para que así sea. Me basta con vuestra palabra. En todo caso me es suficiente, yo diría que más que suficiente, casi milagroso, que hayáis accedido a contestarme después de mis palabras ofensivas respecto a él: eso da la talla de vuestra alma.

Yo hace tiempo que os observaba cuando veníais al mercado con los alimentos que allí vendía vuestro padre. El maldito Walter se me adelantó, pues ya es sabido que los malos siempre llegan antes. Hasta vuestra misiva os pensaba secuestrada por el capitán y sometida a sus deseos. Ahora ya poco me queda por deciros. Nada se debe y se puede responder al amor. Y menos a una entrega tan absoluta como la vuestra. En todo caso, el capitán no ha hecho sino confirmar mi intuición: al fin lo único fundamental es que hayáis sido como yo imaginaba, y no una mera fantasía de mi imaginación. Que esa realidad sea poseída por mi o no es desde luego menos importante que su existencia bajo el sol y las estrellas.

Me decís al final de vuestro mensaje dos cosas que me han impresionado: que habéis encontrado ya alguien que os comprende, y que no sabréis fechas y nombres pero que tenéis la certeza de que nunca hubierais sido la reina que yo imaginaba. Sé que ahora mismo tenéis fe en las dos cosas. Y seguramente ahora mismo son así. Pero la comprensión es una cosa temporal, no siempre comprendemos lo mismo ni a las mismas personas. Y desde luego no era en la granja donde podíais haber sido mi reina. Tenéis razón en ambas cosas. Y la tenéis hoy, que es lo que ahora mismo importa. Pero todavía recuerdo la expresión de ese Gran Maestre, cuyo nombre ignoráis, cuando en un apartado pudo decir a mi padre, caballero oculto de la Orden y que asistía a la ignominiosa tortura del último Maestre, sus palabras para mi: “El camino hacia arriba y el camino hacia abajo es uno”, y que según parece pertenecen a un sabio de la antigua Grecia. El algún sitio y en algún tiempo seréis mi reina.

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Antiguo 27/10/2007, 20:50   #52
 
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Predeterminado

CAPITULO 8

Era noche cerrada. La luna ascendía lentamente en el horizonte derramando una aureola dorada. William y Agnes paseaban por el bosquecillo que rodeaba la parte Sur del Castillo de Lord Wessex, cubiertos los dos con amplias capas negras, cogidos de la mano. Agnes disfrutaba de esos escasos momentos de libertad al aire libre, no se quejaba de su obligada permanencia en las habitaciones asignadas a su Amo en el castillo, pero echaba de menos que sus pies tocaran la dulce hierba, escuchar a los pájaros, tener la sensación de que estaba de nuevo en el mundo, no secuestrada de él. Por otra parte, estar con William valía cualquier sacrificio. En el aire flotaba el aroma del otoño incipiente, Agnes no había notado el paso del verano. Le parecía increíble que tan sólo hiciera dos meses desde su castigo en la plaza del pueblo. Y ya estaban acabando el mes de septiembre y pronto sería el tiempo de las castañas asadas, de las lluvias constantes, de las hojas cambiantes luciendo sus colores en el bosque. Tiempo de otoño, el mejor de su vida.

Ahora él le mostraba el cielo, nombrando las principales estrellas:

- Si quieres localizar la estrella Polaris, pequeña, debes tener en cuenta varias cosas importantes. Primero: la estación del año en la qué te encuentras. Si es durante las noches de primavera y otoño, deberás localizar la Ursa Major, o sea la Osa Mayor.

- Esa es la del carro? –le interrumpió Agnes, sonriendo

- Sí, la del carro –respondió él. Tienes que dibujar mentalmente una línea imaginaria que une las dos estrellas mas brillantes y justo dónde te lleve esa línea, encontrarás la Estrella del Norte.

- Ahora bien, si estás a finales de otoño, invierno, deberás orientarte por la constelación de Casiopea.

- Cassió qué? –dijo Agnes y se echó a reir, traviesa

- Harías bien en escucharme, pequeña, porque nunca se sabe cuándo puedes encontrarte en un bosque sola de noche y … quizás no me tengas a mi para guiarte.

Al decir estas palabras, Agnes le observó a la luz de la luna. El rostro de él, tan hermoso, tan bien formado a sus ojos, estaba serio, impenetrable, pero ella empezaba a conocerle. Había un conato de risa, que luchaba por contener, risa que se dibujaba en la comisura de sus labios, en el ligero fruncimiento de la frente, en esa ceja enarcada. Le divertía. Ella le hacía sonreir.

- Pero si os escucho, mi Señor!!, os lo juro.
- No jures, que ya me sé yo lo que valen tus juramentos, zorra, con lo mucho que aprecias a la iglesia…

Ahora fue Agnes quien le miró asombrada, hasta comprender que le estaba tomando el pelo. Y eso le resultó extremadamente gracioso y estalló en risas. El la sujetó entre sus brazos y le mordió los labios cruelmente. Agnes gritó y William ahogó su grito en un beso, largo, cómplice, que se encadenó en más besos que la dejaron sin aliento. Sus manos, bajo la capa, desataron las cuerdas de su corpiño y dejaron sus senos al aire, pellizcaron sus pezones, endureciéndolos, estirándolos hacia él. Ella gemia, olvidado todo, los ojos cerrados. William se apartó súbitamente de su lado, dejándola tambaleante.

Como si tal cosa, reanudó su lección.

- La constelación de Casiopea. Localizadas en el cielo la Osa Mayor y la Osa Menor, encontrarás Casiopea en la parte diametralmente opuesta a la Osa Mayor. Imagínate una línea desde la preciosa doble visible a simple vista de la Osa Mayor y su estrella doble polar y ahí continuas la línea imaginaria al otro lado de la polar. Ahí tienes pues, la constelación de Cassiopea. Su forma es peculiar, ya que, según la época del año en que la observes, tendrá forma de M o de W.

Agnes, miraba el cielo y luego a William, y jugaba a tomarle el pelo, haciendo como que no comprendía.
- Forma de M o de W… y cómo va a saber una chica como yo qué forma es esa?

Le miraba inocente. No había vuelto a cerrar su capa y sus pechos lucían bajo el manto estrellado, los pezones enhiestos.

William la miró sonriente y en un revuelo la volteó sobre su cuerpo, la tumbó en sus rodillas y le sofaldó la falda. Sistemáticamente empezó a azotar su redondo trasero blanco. Los azotes sonaban con fuerza y eran dados por una mano con destreza para hacerlo. Al cabo de muy poco rato, Agnes suplicaba clemencia, con una vocecita en la que no se filtraba para nada la burla. Cuando todo terminó, él la envolvió de nuevo en su capa, recogiendo sus ropas y llevándolas bajo el brazo. Se alejaron en la noche, sus siluetas tan juntas que apenas se distinguían una de la otra, en dirección al castillo.


Emergiendo de las sombras, medio escondido detrás del ancho tronco de un roble milenario, se recortó la silueta de Sir Hugo d’Abranville que les observaba en la oscuridad.
Jehanna está desconectado   Responder Citando
Antiguo 27/10/2007, 21:38   #53
 
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Predeterminado Sobre ese paseo bajo las estrellas

La iniciación de los amantes a sí mismos. La exploración de ese continente maravilloso que es el Otro: cuando el conquistador se encuentra piel a piel con la presa conquistada, y empieza la seducción mútua. Ese contarse las constelaciones....: hermosa introducción al verdadero amor, aquel en que los amantes se intercambian ideas, conocimientos, deseos, recuerdos. En que la "materia narrativa" del otro empieza a formar parte de la nuestra y viceversa. El amor es el mayor y útimo conocimiento del mundo, la vía final que buscaban los místicos: ese girar hacia fuera y hacia dentro de los derviches giróvagos. Espada Excalibur o espada para el seppuku, o acaso las dos cosas al mismo tiempo. De casi todo terminamos por arrepentirnos menos de la intensidad con que hemos amado.

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Antiguo 27/10/2007, 21:44   #54
 
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CAPITULO 9

Sir Hugo d’Abranville estaba reclinado cómodamente, cuan largo era, en un diván forrado de seda dorada. Bebía vino caliente con especias y pensaba en qué camino debía tomar con la información que ahora poseía. El bueno del Perfecto Capitán Clifford había cometido un error, por primera vez desde que Sir Hugo le conocía. Ahora bien, ahora se preguntaba, si era mas conveniente para él, delatarle a Lord Wessex o bien, aprovechar la situación para su propio beneficio.

Era suficientemente inteligente como para poder conseguir que el maldito William le dejara participar en los deliciosos juegos que él había entrevisto en el bosque (y otros que su imaginación le había entrever) con esa muchacha tan apetecible, de rubios cabellos. Con el consentimiento y la colaboración de ella, o bien a la fuerza, por supuesto. Esta última posibilidad no le desagradaba, más bien todo lo contrario, porque ella no contaba en realidad, tan sólo era una moza de granja, para más inri, condenada por la justicia a ser expulsada de la región. Una moza que, además, ya no era virgen, aunque no tenía marido. Y que había cometido pecado mortal, al acostarse con un hombre de iglesia. El hecho de que Walter Taylor, el capellán de Sant Mary Margaret, fuera un mentecato, además de hombre de iglesia, y un cobarde, no tenía la menor importancia.

Su imaginación no dejaba de mostrarle a la hermosa joven rubia, cargada de cadenas. Con sus muñecas sujetas con grilletes a la pared de unas de las frías y húmedas mazmorras de su propio castillo (aunque él era un vasallo del conde de Wessex, poseía una baronía y un castillo, heredado de su padre, que había muerto el año anterior en un accidente de caza, el muy mal nacido y nunca más podría hacerle daño). Ardía al recordar el culo blanco de ella, brillando en la noche, al escuchar de nuevo los azotes que caían con fuerza sobre él. Pero sobre todo, le ponía muy caliente recordar sus gemidos. Aunque había escuchado con frecuencia los gritos femeninos, muchas veces provocados por él, nunca había oído gemir así a una mujer, con esa mezcla de dolor y de placer sensual. Y le molestaba lo que no comprendía. Se moría por tener a esa zorra en su poder y torturar esos pezones que destacaban como faros en la palidez de su piel.

La azotaría hasta que sangrase. Destrozaría sus tiernos pezones descarados. La penetraría con un hierro candente hasta el fondo. Le haría suplicar clemencia, pedirle que la follara por el culo, rogarle que la dejara beber su orina, limpiar sus heces. Sí, esa puta iba a darle mucho, pero que mucho placer, antes de que se cansara de ella. Accedería a sus menores deseos y él la ofrecería a sus perros para que la usaran allí mismo, en el suelo de piedra, mientras él miraría y gozaría. Gozaría de su humillación, de su dolor. La trataría como a la perra que era. Y después, la ofrecería a sus soldados para que la usaran sin parar, para que la destrozaran. Tal vez después, tendría compasión de ella. La miraría, así, sucia, sangrante, vejada, vilipendiada y ella le suplicaría que la matara.

Y le daría lo que deseaba… vaya que sí.

Y lo mejor era que William no podía negarse a prestársela, sonrió para sí. Porque estaba en la cuerda floja, ya que había contravenido una orden directa de Lord Wessex, a cuyo mando estaba, cobijando en su casa, en su castillo, a una mujer condenada al castigo público, deshonrada y castigada con la expulsión por su comportamiento libertino. Tenía a una puta convicta en sus aposentos del castillo, escondida de todos. Eso no podía tolerarlo un hombre como Lord Wessex, por mucho que apreciara a William Clifford. Así es que sólo tenía que dejarle ver que conocía su secreto, tranquilizarle diciendo que no iba a contar nada, insinuarle que por supuesto esperaba un cierto agradecimiento de William y pedirle que le prestara a Agnes a cambio de su silencio.

En su entusiasmo, lanzó la copa al otro lado de la estancia, la cual se estrelló contra la pared y derramó los restos de vino en el suelo. Los perros de Sir Hugo se acercaron a lamer las piedras.

Mañana, pensó Sir Hugo. Mañana me acercaré a hacerle una visita a ese capitán.
Jehanna está desconectado   Responder Citando
Antiguo 27/10/2007, 23:14   #55
 
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Malo y muy malo es este Hugo, bien poco sir. Como en los malos de Walter Scott su maldad es intrínseca. En realidad no nos alteran mucho, porque en ellos no hay esa indefinición del mal que es lo que de verdad acaba siendo preocupante. Incluso al final (en realidad los sabemos condenados ya de entrada al fracaso) pueden llegar a ser tiernos en ese horizonte que tienen donde no hay ni una sola nube azul.

En cierto modo son el yunque donde probar el valor, el coraje y la audacia de nuestros protagonistas. Son el camino por el que los amantes llegarán a ser ellos mismos. El territorio de prueba donde se construye la historia.

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Antiguo 28/10/2007, 20:30   #56
 
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CAPITULO 10


William Clifford estaba escribiendo una larga carta a su padre. Sobre el escritorio de madera oscura yacían, arrugadas varias bolas de papel, esbozos de frustradas cartas anteriores que nunca verían la luz. Hacía solamente dos días que Sir Hugo d’Abranville le había sorprendido con su ultimátum. Aunque William comprendía que toda esa situación era consecuencia de su imprudencia en actuar (lo más lógico hubiera sido que dejara a Agnes a salvo en alguna posada, granja, o casa particular, y que él la visitara cada vez que sus obligaciones se lo permitieran, de ese modo, sus actos nunca hubieran entrado en conflicto con los deseos del conde). Sin embargo, esa solución nunca hubiera sido de su agrado porque no le hubiera permitido verla con la frecuencia deseada. Tampoco hubiera gozado de la intimidad que tenía en su ala del castillo. Y esa intimidad era muy necesaria para sus juegos.

Se levantó bruscamente, soltando la pluma de ganso y dejándola al lado de la larga misiva. Paseaba, del mismo modo que hacía siempre que algo le preocupaba profundamente, a grandes zancadas, de un extremo a otro de la habitación. Pensaba que en el fondo del asunto estaba sus especiales aficiones, por supuesto. La violencia estaba en todas partes. Nacido en el seno de la baja nobleza provinciana, hijo de un hombre poco ambicioso y con una caterva de hijos e hijas, no había para él más salida que el oficio de las armas, o la entrada en la Iglesia. Como le atraían demasiado las mujeres, descartó enseguida esa opción, y, muy joven, con el beneplácito de su familia, emprendió la carrera militar.

Pronto se dio cuenta de que, sin considerarse un hombre sin escrúpulos, gozaba de determinadas situaciones en las que se debía emplear la fuerza. Como no eran actos buscados por él, sino producto de la guerra y del ardor de las batallas, no prestaba demasiada atención a esos hechos y los contenía en el marco de los daños colaterales, en ese mundo aparte que significan las batallas, las contiendas. Su padre, en su juventud fue compañero de armas de Geofrey Spenser, ahora convertido en el poderoso conde de Wessex, y éste había accedido con gusto a emplearle como capitán de su guardia, mucho más después de haberle conocido en persona y charlado amigablemente con él, dado que pronto simpatizaron.

Aunque la instrucción de William fue rudimentaria y se ciñó casi exclusivamente a aprender a leer, escribir y a las cuatro reglas matemáticas, su afición a las letras le había llevado a interesarse por adquirir conocimiento y a leer a los maestros griegos, y romanos, las obras de Virgilio, Suetonio, Ovidio, Platón, Aristóteles e incluso San Agustín. Sabía que el conocimiento estaba en los monasterios, retenido allí, floreciente, por la clase eclesiástica, pero un hombre con afán de aprender siempre podía buscar en las bibliotecas de los monasterios, en las colecciones privadas de algunos nobles y encontrar en los valiosos libros, respuestas a muchas de las cuestiones que se planteara.

Así conoció la esencia del amor cortés. Las famosas Cortes de Amor, propiciadas por el gran duque Guillermo de Aquitania. Conocía, por su trato con algunas personas de la nobleza, que a las damas se las trataba con una devoción cortés, elevada, que solían ser cortejadas desde la distancia, admiradas. Se les dedicaban versos y romances de amor y se las respetaba profundamente. Ese alzarlas en un pedestal, no satisfacía exactamente el modo de ser de William. Para él, el amor era una cuestión mucho más intensa, sensual. El necesitaba asumir el control. Sentir que la partida se jugaba cómo y cuándo él quería. Y como no había encontrado respuesta a sus necesidades entre las jóvenes de su clase, se había dedicado a las criadas, a las mozas de cocina, a las rollizas campesinas, en las que hallaba una frescura, una ingenuidad y un carácter más maleable.

Sin embargo, su relación con Agnes había sido diferente. Una muchacha que, en principio, pertenecía a la clase que le gustaba para juguetear, con una cierta experiencia en la cama y en la que ya se había fijado antes, siendo rechazado por ella. Bonita y con una salud impecable. Pero lo que le había llamado realmente la atención no era todo lo anterior, sino su paseo erguida encima de la carreta, completamente desnuda, en una situación que pocas jóvenes de cualquier clase o condición hubieran aguantado con tanta dignidad. Ella, en cambio, parecía incluso gozar con su exhibición. Eso le desconcertó.

Cuando la tenía atada al poste y había decidido ahorrarle el castigo de los azotes más crueles, para así poder quedarse con ella y gozarla en privado, se dio cuenta, con asombro, de una corriente de complicidad que fluía entre ambos, de la que no sabía si ella era consciente. Todo el tiempo en qué la estuvo azotando percibió en sus gemidos, en sus pequeños gritos, en el temblor de su cuerpo, un placer oculto en su dolor. Y eso le había impresionado. Por primera vez en su vida, había una mujer que parecía estar al otro lado de sus deseos más ocultos, de sus tendencias más salvajes y osadas. Parecía comprenderlas y compartirlas.

Y por esa razón no había podido resistirse a la idea de retenerla en secreto junto a él en sus aposentos. Y por eso mismo había caído en la trampa que ahora le tendía Sir Hugo.
Jehanna está desconectado   Responder Citando
Antiguo 28/10/2007, 21:01   #57
 
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Predeterminado El poder de las reinas

Veo, querida Jehanna, que vas trazando poco a poco tu estrategia para “mostrarnos” al capitán. Dominante con el látigo en la mano, arrebatado en los jardines a la luz de las estrellas, consciente ahora de su condición de Amo en una sociedad en la que no tiene todos los recursos de un verdadero noble. Y quizá ya un poco más todavía consciente de que la asunción de sus gustos era, en cierta manera, un alejamiento de lo común. Algo así como una condena, donde el placer tiene algo semejante a aquella tortura de la que hablaba Kafka: al condenado le graban en la piel el propio título de la condena.

Y así, para el capitán, ha sido la visión de ella, ella exhibida y triunfante sobre el dolor y la humillación, la que le ha revelado su verdad interior. Porque las Cortes de Amor no estaban tan lejanas de la oculta verdad: es la sumisa la que transforma a su Amo en Amo, la que le hace consciente de su poder. La que le golpea con la espada en los hombros...y le nombra su caballero y su Amo.

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Antiguo 29/10/2007, 21:19   #58
 
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CAPITULO 11

Tres jinetes estaban apostados en el lindero del bosque, retenían sus caballos y les apaciguaban en la oscuridad. El aliento de los animales despedía un vaho lechoso que se perdía en la noche ya muy fría de principios de octubre.

El capitán William Clifford, su criado John, y la joven Agnes, estaban cubiertos por gruesas capas de abrigo, las capuchas ocultando casi con totalidad sus cabezas. John y Agnes escuchaban con atención las instrucciones de William acerca de la dirección que iban a seguir. Este intentaba alertarles de los peligros que iban a correr, de los que le parecía que ambos no eran demasiado conscientes. William había tomado la decisión de huir, antes que cederle Agnes a Sir Hugo d’Abranville. Por descabellada que pareciera cualquier otra opción, él no podía hacer eso, no podía cedérsela a aquel cerdo porque sabía muy bien lo que haría con ella. El plan era dirigirse hacia el sudoeste, a la ciudad de Bristol y allí embarcar hacia Francia. Una vez allí, se hallarían a salvo, les sería fácil perderse en un país extranjero. Tal vez encontrar una protección que ya no tendrían en Inglaterra, por lejos que se escondieran. No en vano el Conde de Wessex gozaba del favor del rey Eduardo y, lo que era aun más peligroso, de su favorito Despenser.
John se movía inquieto en su cabalgadura, lo que no dejaba de preocupar a William, que tenía miedo de que inoportunos relinchos llamaran la atención de la guardia. Le increpó en un tajante susurro.
- Maldito seas, John!, permanece quieto de una vez, ¿acaso quieres que nos descubran?
El joven criado enrojeció hasta las cejas. Se esforzó por permanecer absolutamente rígido encima del caballo y miró a su amo con cara de reproche. William le miró con atención y algo en su semblante le alarmó. Estaba a punto de ordenar a Agnes que espoleara a su caballo, cuando escuchó un ruido en la fortaleza, seguido de una mirada furtiva de John, que se volvió hacia el castillo con mirada anhelante. De pronto, William lo entendió todo, habían sido traicionados. Sacó su espada y se lanzó hacia delante hasta casi tocar a su criado, que, alarmado retrocedía con torpeza.
- ¿Cuánto te ha pagado Sir Hugo por venderme, John? –dijo al mismo tiempo que lanzaba su espada hacia delante.
John se asustó tanto que su caballo se encabritó y le hizo caer al suelo, salvándole probablemente la vida. Pero William no tenía tiempo para ajustarle las cuentas al traidor, así que cogió las bridas del caballo de Agnes (que no tenía práctica como amazona) y espoleándolo, lanzó a los dos caballos a la carrera, muy consciente de los ruidos que a sus espaldas delataban que se iniciaba la persecución.


La partida de jinetes se detuvo un momento en el lugar donde había caído John. Al mando estaba Sir Hugo d’Abranville. John se echó a los pies de su caballo.
- Mi Señor!, he hecho todo lo posible por entretenerles!, pero no sé cómo ha olido la trampa… - el mozo estaba muy pálido, mantenía la mirada baja, sin osar alzar la vista de las botas de Sir Hugo.
- No has sido suficientemente hábil, mi pobre John… pero aún puedes prestarme algún servicio –respondió Sir Hugo, al tiempo que con un gesto, ordenaba a dos de sus hombres que apresaran al criado.
- Llevadle de vuelta al castillo y ocuparos de que hable. Volved con la información, tan pronto la hayáis conseguido.
- Mi Señor –dijo uno de los guardias, ¿cuáles son las ordenes?
- Hacerle confesar todo lo que sabe sobre los planes de William Clifford, por supuesto y luego… matadle como a un perro...
Dicho esto, hizo oídos sordos a los lamentos y súplicas del desgraciado John y lanzó a una avanzadilla de jinetes en pos de los fugitivos. Luego, descabalgó y se sentó a esperar el resultado del interrogatorio.

Los dos jinetes volaban en la noche, sin detenerse ni siquiera un momento. William observaba preocupado a Agnes que no podía con su alma. La joven no había cabalgado nunca y apenas se sostenía en el caballo. El, por su parte, se sentía fresco y capaz de cabalgar durante toda la noche. Sabía que tenían que cambiar el plan y dirigirse al sur, a Southampton, porque con toda certeza Sir Hugo estaba ahora al corriente de sus planes. Podía oír el eco, aun lejano, de sus perseguidores, pero sabía perfectamente que dentro de poco la distancia que les separaba sería menor. Si continuaban a ese ritmo serían alcanzados. Pero no había modo humano de correr más deprisa con la muchacha al lado, e incluso dudaba que ella aguantara mucho más sin un descanso. Estaba rendida. No veía solución. Si se escondían los jinetes comprenderían que no podían haberse esfumado en la noche y buscarían concienzudamente hasta hallarles. ¿Y después?, habiendo desobedecido a su Señor, a quien debía juramento de lealtad, y además agravado su situación huyendo, no le esperaba sino la prisión, el deshonor y tal vez la muerte. En el mejor de los casos el destierro para toda la vida. Maldito John! –pensó. Sólo esperaba que Sir Hugo le hubiera dado el “premio” que se merecía.
En ese momento, Agnes le habló.
- Mi Señor!, debes dejarme!
- Nunca! –respondió él – Nunca te abandonaré a tu suerte, pequeña
- Pero es la única solución!. No puedo cabalgar a este ritmo, sólo os estoy retrasando!. Sabéis que es así, mi Señor… si continuamos así, nos capturarán, a los dos.
William no quería dejarla, pero en las palabras de ella había mucha verdad. Pensando intensamente en una solución, recorrió con la vista el lugar por donde cabalgaban y reconoció el paraje. De pronto tomó una decisión. Cogió nuevamente las bridas del caballo de Agnes y se salió del camino, rodeó un montículo de piedras y se metió en la maleza. Descabalgó con rapidez y ayudó a Agnes a bajar. Se abrió camino con el cuchillo a través de la maraña hasta descubrir la vieja cueva en la que solía jugar de niño, empujó a la muchacha dentro de ella y ató su caballo. Mirándola intensamente, le dijo.
- Escúchame atentamente, pequeña, no tenemos tiempo. –al decir esto, dejo caer una bolsa con monedas, a sus pies .Tenemos que separarnos, no hay más remedio, tienes razón, pero no te abandonaré. Voy a despistarlos y a volar como el viento. Iré a Southampton y allí embarcaré para Francia. Cuando hayan pasado los jinetes que nos persiguen podrás continuar el camino, con prudencia. Nadie te perseguirá. Te cito en París, ante la Catedral de Notre Dame, el primer domingo de cada mes. Te buscaré, prometo encontrarte, pequeña. Eres mía y siempre lo serás.
Agnes estaba anegada en lágrimas, temblaba.
- No podré llegar… no sabré cómo ir…. –balbuceaba.
- Eres condenadamente lista. Eres más fuerte de lo que pareces... Estoy segura de que podrás llegar. Debo partir. No te muevas de aquí hasta que no hayan pasado todos los jinetes que nos persiguen y aún después, espera. Todo irá bien
La besó con rudeza y se marchó. Al instante Agnes oyó el galopar de su caballo, emprender camino abajo.
Se sentó en el suelo de tierra tibia, sintiéndose morir.
Jehanna está desconectado   Responder Citando
Antiguo 29/10/2007, 23:33   #59
 
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CAPITULO 12

Southampton era una ciudad del sur de Inglaterra, y uno de sus principales puertos. Estaba situada aproximadamente a mitad de camino entre Portsmouth y Bournemouth y unos 110 km al sudoeste de Londres.
Se trataba de una próspera ciudad, dado que después de la conquista normanda se convirtió en el principal puerto comercial para el tráfico entre Winchester (entonces capital de Inglaterra) y Normandía. Hacía aproximadamente un siglo que se había convertido en un puerto muy importante, principalmente a causa del tráfico de lana, con Francia, Flandes e incluso Italia. Así mismo en Southampton se construían allí numerosos barcos.

Para una joven como Agnes era una ciudad deslumbrante, la más grande que había conocido. Nunca creyó conseguir llegar hasta allí, con una montura que no dominaba, una muchacha sola cabalgando por los inciertos caminos, en un mundo hecho a la medida de los hombres, sin amistades ni familiares que pudieran prestarle su ayuda. En varias ocasiones había tenido que esconderse, al avistar partidas de hombres armados.

A veces había encontrado refugio en alguna granja, y comprado alimentos a los granjeros, recordando su vida en la granja que la vio nacer. Estuvo a punto de caer en las manos de un grupo de bandidos, pero quiso la fortuna que los divisara antes de abandonar la protección del bosque y, haciendo recular a su caballo en completo silencio, tomó otro camino. Le había sido de mucha ayuda el contar con un caballo y también con el dinero que William le había dejado, si no hubiera sido casi imposible llegar hasta allí. Y aún quedaba lo peor. Tenía que comprar un pasaje en un barco que la llevara a Francia.

Como no sabía muy bien qué hacer, paseaba por el mercado de la lana, observando los puestos y a los vendedores. De pronto se notó hambrienta, así que entró en una fonda para saciar su apetito. Sentada en una mesa del rincón más alejado del bullicio, ante una jarra de cerveza y un plato humeante de sopa, intentaba no pensar demasiado en William. Le añoraba tanto que le hacía daño pensar en él. Se decía que no se había dado cuenta de cuánto dependía de él y cuan grato le resultaba su control absoluto. Estaba convencida de que volverían a verse, pronto, si es que ella conseguía llegar a Paris. Nunca había puesto en duda que él cumpliría su palabra y la buscaría.

Un bullicioso grupo de comerciantes estaba sentado cerca de ella y discutían sobre si era conveniente partir ahora o no. Acercándose a ellos se sumó a la conversación, parecían buena gente, la aceptaron entre ellos sin hacer demasiadas preguntas, sin mostrar excesivamente su sorpresa porque viajara sola. Al final de la jornada, quedó decidido que zarparía con ellos mañana al alba en el “Dulce María” con destino a Calais.

Última edición por Jehanna; 29/10/2007 a las 23:39
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Antiguo 30/10/2007, 00:06   #60
 
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Predeterminado

CAPITULO 13

En la cubierta del “Dulce Maria”, Agnes contemplaba la costa de Francia, cada vez más cercana. No veía el momento de pisar de nuevo tierra firme, aunque había sobrellevado el viaje por mar mucho mejor que algunos de sus compañeros. Según el capitán habían tenido un tiempo inmejorable, sobre todo tratándose del crudo invierno, principios de diciembre. Agnes no había sufrido mareos, ni nauseas, y pronto se había adaptado al vaivén constante del barco. Sin embargo las fuerzas del mar eran algo a tener muy en cuenta. Recordaba con temor, la tormenta que les había alcanzado un día después de abandonar Southampton , cuando las olas saltaban por encima de la cubierta anegándola, los pasajeros estaban encerrados bajo cubierta, cogidos de las manos a cualquier cosa que estuviera firmemente sujeta, mojados, ateridos de frío y con el convencimiento profundo de que no volverían a ver la luz del día. Agnes había pensado que no volvería a ver a William y el nombre del barco le había parecido una ridícula ironía, mayor aún, cuando no podía protegerles de la furia de los mares.

Pero el “Dulce María” resistió sin zozobrar y en cuanto desaparecieron las nubes y el sol se abrió paso por entre las rendijas, los pasajeros, la tripulación y el capitán cayeron de rodillas para dar las gracias a todas las divinidades habidas y por haber, por haberles salvado y dado la gracia de un nuevo día.

El barco atracó al fin en Calais y los marineros se apresuraron a tender la escalerilla de madera para dejar salir a la gente y para poder descargar las mercancías. Agnes hizo recuento de sus escasas pertenencias –había vendido el caballo que le dio William en Southampton por un buen dinero y aún le quedaban algunas monedas de las que contenía la bolsa que le regaló- se peinó los largos cabellos dorados, recogiéndolos en un moño y sujetándolos con una cofia blanca. Ajustó una capa por encima de su sencillo vestido de lanilla, y junto con sus amigos comerciantes, descendió del barco, con un pequeño petate colgando del brazo.

- Y ahora que vas a hacer, Agnes? –la interpeló Bridget, la esposa de Noel Bowen
- Ir a Paris –respondió Agnes
- Pero, chiquilla, sola?, como vas a llegar a Paris? Acaso sabes a qué distancia está?. Anda, vente con nosotros a Flandes, tenemos amigos allí y … -sonrió ladinamente- estoy segura de que alguno de mis hijos estará muy contento de desposarte.

Agnes agradeció a Bridget y Noel todos los favores que le habían hecho. Habían sido muy amables con ella, tratándola como a una hija, pero no quería ir a Flandes con ellos. Su destino la esperaba en Paris, porque allí estaba William. Y no veía nada más. Así pues, con lágrimas en los ojos, pero decidida, abrazó uno por uno a todos sus compañeros de viaje y se alejó del puerto, dónde ellos esperaban para poder descargar su lana.

La esperaba un largo camino hasta llegar a Paris, camino que la atemorizaba un poco, pero estaba determinada a recorrerlo. Ella caminaría sobre brasas, bajaría a los infiernos, escalaría montañas, salvaría cualquier obstáculo que la separara de su amor. Y estaba en la dulce Francia, lejos de una Inglaterra que cada día le parecía más lejana, como una puerta que se cierra y sabes que nunca más volverás a abrir.

Última edición por Jehanna; 30/10/2007 a las 00:09
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