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hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
| | #61 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Buenos Aires-Argentina Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.882
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Ufff.. Querida Jehanna.. A-l-u-c-i-n-a-n-t-e . . . !!! No puedo creer que tengas todos esos personajes allí dentro...!!! Me he quedado sin palabras, aunque imaginando el viaje de Agnes.. y sus andares.. ![]() Me gusta mucho lo que cuentas.. Gracias por venir a compartirlo.. Te mando un apretado abrazo.. Hasta prontito.. Cariños.. Karla.. |
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| | #62 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Ubicación: Madrid Fecha de Ingreso: Jan 2006
Mensajes: 2.225
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Leyendo tu post 56, querida Jehanna, observo algunas características del capitán Clifford: 1- nacido en la baja nobleza, esa peligrosa situación social en la que no se está ni con los de abajo ni con los de arriba. 2- una provocadora afición a las letras, lo que aumenta la imaginación y por lo tanto la distancia con los animales de cuadra que le rodean: la sensibilidad en un soldado de aquellos tiempos puede ser debilidad. 3-conoce las teorías de las Cortes de Amor, y aunque su carácter pugna por el poder en las relaciones con mujeres, supongo que cierta admiración por esas Cortes de Amor introdujo algunas fisuras en su carácter: impunemente no se coloca al objeto de deseo en un altar. 4- se contenta con campesinas hasta que encuentra en Agnes a la cómplice en el dolor y a la escondida princesa en su comportamiento de nobleza interior: explosiva mezcla para un hombre, que, como todos, suele confundir su realidad con la realidad. Ya estaba sentado aquí el principio dialéctico de su acción. Inevitable como las mareas. C2 |
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| | #63 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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La verdad, CONSUL2,es que estás calando bastante a mi querido William. En efecto, posee en él elementos que le diferencian y le hacen sentirse incómodo entre sus semejantes. Esa sensación de no encajar en ningún lado. A veces piensa que debe ocultar a toda costa ese deseo de aprender, ese goce que siente ante el conocimiento, porque eso puede ser interpretado, efectivamente, como una señal de debilidad. Por otro lado, ha descubierto en él una afición a hacer de Pygmalión, que desconocía. Le gusta el afán de aprender que tiene Agnes, le divierte, como un juguete nuevo y valioso. En estos momentos, a pesar de conocer de las Cortes de Amor, los trovadores, el amor platónico no le atrae demasiado, ni poner en un pedestal a una mujer, sin embargo en Agnes ha encontrado a una que le desconcierta. Ya veremos que le depara el futuro a nuestro amigo. De momento la acción está centrada en ella y en su largo camino hacia un destino que no es tan sencillo como ella quiere creer. Gracias por prestar tanta atención a mi culebrón medieval. Un beso, Jehanna (Sin embargo hoy os dejo sin capítulo, el tiempo se me ha echado encima) |
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| | #64 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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Querida Karla, me alegra tanto que te guste mi cuento...alucinante no sé, pero no tengo manera de abreviarlo, sale así y hay para rato. Sólo espero no torturaros demasiado con él. Por lo que hace a la imaginación, ya sabes que es mi fuerte, de todos modos ahí se agolpan todas las lecturas, los sueños, las películas, las pasiones y fantasías que forman mi imaginario interior. Solo hay que bucear dentro. Espero que la parte que viene a continuación te siga gustando. Te mando un fuerte abrazo, Jehanna |
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| | #65 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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CAPITULO 14 Con las mangas de la camisa arremangadas hasta el codo y los antebrazos llenos de espuma de jabón, de rodillas, Agnes golpeaba con fuerza, con la pala de madera, la sábana que estaba lavando contra la gran roca plana de la orilla del río. El agua helada le había enrojecido la piel, casi no sentía las manos, entumecidas de frío. Apartó con una mano un mechón de pelo que se había soltado de la cofia y al hacerlo dejó un rastro jabonoso en su frente. Retorció la sábana para escurrirla del exceso de agua y la extendió en unos arbustos para que se secara al sol. Se encaminó de nuevo a la orilla con otra pieza de ropa que sacó del balde lleno hasta los topes que reposaba en el suelo de tierra arcillosa. Había conseguido emplearse como sirvienta en casa de un quincuagenario comerciante adinerado de la villa de Monteloup –cada vez un poco más cerca de Paris, pero acercándose con penosa lentitud- por el alojamiento, la comida y unas pocas monedas que ahorraba rigurosamente, con avaricia, ya que le serían absolutamente necesarias si quería proseguir el camino. No dejaba de pensar que estaba tardando demasiado en llegar y que quizá William se habría cansado de esperar, pero no permanecía mucho tiempo en ese estado de pensamiento melancólico, ya que si alguna cosa la mantenía con vida y con ganas de proseguir su camino, era la esperanza de reunirse con él. El dinero que William le dio había desaparecido con rapidez, ella nunca pensó que su camino fuera tan largo, aunque Bridget y Noel la habían advertido. Sin embargo no se arrepentía de no haberse ido con ellos porque ahora estaría en Flandes, tal vez en un hogar seguro y caliente, tal vez desposada, pero sabía positivamente que no hubiera sido feliz. Desde que abandonó Calais, había economizado las monedas que le quedaban, hasta que éstas se acabaron. Muy pronto empezó a pasar hambre y frío, sin poder proveerse de alimentos ni cobijo. De tanto andar, pisando la tierra helada y dura, sus pies se llenaron de ampollas y tuvo que lavarlos en el agua clara de un arroyo, mientras se sentaba a descansar. Comprendió que por más que se esforzara no podría llegar a Paris tan rápido como pretendía. Decidió que buscaría trabajo para poder costearse el viaje y que no pararía hasta llegar a su destino. Ateniéndose a su plan, había ofrecido sus servicios en cualquier granja o casa de labor grande que encontrara a su paso. Así, había sido contratada por granjeros sobrecargados de trabajo, a cambio de poder dormir bajo techo y la comida. Había ayudado en las labores del campo, aunque no estaban en el tiempo de mayor trabajo ahí, pero –como ella muy bien sabía- en una granja (mucho más cuán más grande es) siempre hay labores de mantenimiento y de conservación. También había remendado, zurcido ropas de abrigo, tejido para viejas comadres, cuya vista ya no les permitía enhebrar una aguja. Había amasado pan, hecho conservas, salazones, había cocinado, limpiado, ayudando a cuidar a los niños, en hogares acomodados, con madres que podían permitirse el lujo de contratar una criada. Entre las personas que había conocido había un poco de todo, desde las que le escatimaban la comida como auténticos usureros, haciéndole pasar hambre de verdad, exigiéndole, en cambio, que trabajara para ellos como una esclava, hasta las que la trataban casi como a una hija, con cariño, y que se sentían apenadas cuando se despedía para continuar su viaje. Algunos de estas personas intentaban convencerla de que se quedara con ellos, sinceramente preocupadas de que una chica de su edad recorriera sin protección los caminos. Este último empleo en Monteloup, era de los buenos y le había sido de gran ayuda, porque le pagaban unas monedas, que ella se apresuraba a meter en su bolsa, y que le serían de gran utilidad. El caso es que la situación no podía mantenerse mucho tiempo, primero porque el tiempo transcurría sin cesar y ella estaba impaciente por reunirse con William y, en segundo lugar, porque Monsieur Montferrat estaba bastante más interesado en su persona que en sus cualidades como sirvienta. Le costaba bastante mantener a raya sus avances y estaba decidida a despedirse hoy mismo, en cuanto regresara a la casa con la ropa limpia y seca. Así pues, recogió y plegó las sábanas, camisas y calzas, las colocó en el gran cesto de mimbre y colocó el cesto en equilibrio sobre su cabeza y emprendió el camino de regreso. Última edición por Jehanna; 04/11/2007 a las 21:25 |
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| | #66 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Ubicación: Madrid Fecha de Ingreso: Jan 2006
Mensajes: 2.225
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El "camino" no es sólo el “recorrido” que hará Agnes para encontrar a Williams, es su iniciación, su “ruta de la oca” medieval que la cambiará, que dará “testimonio” de su entrega. El verdadero amor como el auténtico conocimiento no es sino la meta final del laberinto, donde el Minotauro, la Muerte o la Verdad de nosotros mismos estarán esperándonos. No es inocente ese camino de servidumbre y de incertidumbre que realiza Agnes: ella se “hace” en ese camino. Sólo la fe y la voluntad de entregar la propia vida hace al samurai; sólo el saber que se está más allá del bien y del mal transforma alquímicamente al amante en amado. No hay derrota para el samurai en la muerte, porque el ser que ya es siempre es victorioso. Si el corazón persevera, no prevalecerá la nada. C2 |
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| | #67 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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El camino es aquello que constituye nuestra vida, que nos lleva hasta un final. Ese camino nos cambia, o nos hace ser más nosotros mismos. Quizá Agnes, al final de su camino tenga poco que ver con la muchacha que se subió a esa carreta, o al contrario, aunque las vivencias y su modo de reaccionar a lo que le acontece, la hayan hecho cambiar, al final será la persona que siempre supimos que sería, la que estaba destinada a ser. Me gustan las palabras con las que describes ese camino. Porque es cierto, ningun camino es inocente. Me gusta especialmente ese: Si el corazón persevera, no prevalecerá la nada. Gracias, querido CONSUL2, Un beso, Jehanna |
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| | #68 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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CAPITULO 15 Agnes se arrebujó en la gruesa capa con capucha forrada de piel, que le había arrebatado a Monsieur Montferrat, sintiéndose cálidamente abrigada por primera vez en su vida. Nunca había poseído una prenda tan lujosa. Ni tampoco jamás había tomado algo que no fuera suyo, pero se negaba a sentir remordimientos. El modo en que él la había tratado bastaba para que pensara que estaban en paz. La había esperado acechando su regreso, espiando detrás de los visillos de una ventana, escondido detrás de la puerta trasera de la casa para sorprenderla cuando entrara. Nada más atravesar la puerta, otro de los criados la sujetó con brutalidad, haciendo que la cesta cayera rodando en el suelo de la estancia. Eso la enfureció, todo ese trabajo en vano!. Pierre, el criado, gritaba: - Ya la tengo, Mi Señor!, ya he atrapado a esa maldita zorra! –y la manoseaba mientras ella se debatía y le arañaba. Monsieur Montferrat, se acercó. Se había desprovisto de sus ricas vestiduras y llevaba una camisa abierta, de un blanco inmaculado, y unas calzas. Mientras Pierre la sujetaba por las muñecas, haciéndole daño, acercó su rostro rojizo hasta tocar el suyo, babeándola, intentando besarla. El asco la hizo reaccionar con más furia y lanzando el pie calzado con zuecos hacia delante, a ciegas, acertó a darle una patada en sus partes. Retrocedió, aullando de dolor, insultándola. Pierre, dudaba entre socorrer a su señor o darle justa venganza, temiendo la represalia de su amo cuando se recuperara. Era un hombre de unos treinta años, bajo pero fuerte, mucho más musculoso que su gordo amo. Soltó una de las muñecas de Agnes y le retorció el otro brazo a la espalda, para dominarla. Al mismo tiempo, la abofeteó con tanta fuerza que la muchacha dio contra la pared, quedando aturdida. - Puta!, -la insultó desde el suelo, Monsieur Montferrat. –Intentaba levantarse, frotándose la zona herida y mirándola con rencor. –Maldita puta!, pagarás por esto. ¡Sujétala, mal nacido!, zafio truhán!, si no quieres encontrarte fuera de mi casa, en el frío invierno para arreglártelas como puedas. De todos modos eres carne de horca… Pierre, había sacado unas cuerdas y estaba atando las muñecas de Agnes, sujetando en las suyas el extremo. Monsieur Montserrat, se acercó cojeando y cogiendo la camisa de la chica, que asomaba por el corpiño, la rasgó, desnudándola hasta la cintura. Sus pechos saltaron libres, desafiando la ley de la gravedad, como dos grandes manzanas, suaves, de pezones rosados, que la súbita exposición había tornado enhiestos. Pierre soltó una risotada, su amo se relamía mirándola, sus manos apretando los pezones cruelmente. Agnes, por un momento cerró los ojos, combatiendo contra ella misma también, contra sensaciones que le recordaban y hacían revivir otras experiencias. El criado, para facilitar el trabajo a su amo, levantó sus faldas y las sujetó en la cintura, dejándola bien expuesta. Piernas esbeltas y blancas, muslos torneados y jóvenes quedaron a la vista. Y allí, donde las piernas convergían en un triangulo, un coño suave, apenas cubierto de un vello dorado que no hacía más que destacar su sensualidad, el tesoro de su sangre caliente. De pronto, Monsieur Montserrat, le cayó encima con todo su peso. Pierre, soltó la cuerda que la retenía y ella cayó al suelo, medio desnuda, ofrecida a sus violadores. El criado se mantuvo a un lado, mirándola sin perderse detalle, pensando que, con toda probabilidad le dejarían probar el pastel después. Al caer, Agnes, en su desesperación se agarró al mantel de la mesa cercana y todo lo que contenía, listo para la cena de su amo, cayó con ella, cubiertos, platos, vasos, pan, harina, y se desparramó por el suelo. Ella no podía pensar, le dolía la cabeza por los golpes recibidos. Sólo podía ver el rostro rojizo y grasiento de ese cerdo a un milímetro de su cara, que no paraba de besarla, de morderle los pezones, sus rodillas separando sus piernas, abriéndolas, mientras una de sus manos la sujetaba y con la otra, hurgaba bajo sus calzas. Intentó besarla y el asco la paralizó por unos momentos, pero reaccionó mordiéndole, haciéndole sangre, y tratando de empujarle para sacárselo de encima. Eso le enfureció y le dio un puñetazo en la cara, y luego la abofeteó dos veces. Pierre también la golpeó en el vientre, dejándola sin aliento. Agnes, retrocedió aturdida por la fuerza de los golpes, intentaba pensar, Monsieur Montferrat, que se había levantado del suelo, ahora le gritaba enfurecido, mientras Pierre, acariciaba de forma obscena su cuerpo, hipnotizado, tocándose al hacerlo: - Mala puta!!, hija de Satanás!!!, te he acogido en mi casa y así me lo pagas!!! Me has hecho sangre!!, pero ahora sabrás lo que es bueno y que conmigo no se puede jugar. Más te vale ser buena, a partir de ahora. Vas a ser mía!, voy a hacer contigo lo que me venga en gana, tanto si quieres como si no. Y después te daré a Pierre, que te follará también, cuando me haya cansado de ti. . Así que mejor será para ti que te estés quietecita a partir de ahora. Quizá entonces decidamos ser compasivos contigo… Agnes, en el suelo, entre una silla rota y un montón heterogéneo de copas, cubiertos, enseres de cocina y harina derramada, observaba con creciente temor su rostro enrojecido y como se sacaba el cinto que sujetaba sus calzas para servirse de él para azotarla. Esto fue demasiado para ella, porque le recordó otras situaciones totalmente diferentes en su significado. Monsieur Montferrat, confundió su ira concentrada con una rendición y se arrodilló con dificultad en el suelo enharinado, mientras bajaba sus calzas con unas intenciones muy claras. Se inclinó hacia Agnes arremangando sus faldas. Pierre se apartó, dejando paso a su señor. Ella, totalmente pasiva, como muerta, le dejó manosear sus muslos, separarlos, bajar la cara para lamer la seda de sus piernas. Puso su mano en su coño y con un dedo la abrió, riéndose al hacerlo. - Ves?, Pierre… no es virgen… ya lo sabía yo… así me gusta puta, ahora vamos bien –le decía, mirándola con los ojos enrojecidos, mientras pasaba los dedos arriba y debajo de su raja, humedeciéndola, luego, metió uno de sus gruesos dedos dentro de ella, moviéndolo rítmicamente, preparando el camino para su verga. Pierre se estaba masturbando, absolutamente absorto con la escena. Muy bien, fulana, así… ábrete bien, me voy a meter tan a fondo que te voy a destrozar… seguro que no has tenido una así… Agnes, permanecía absolutamente inmóvil mientras su mano buscaba entre los objetos caídos en el suelo hasta que topó con lo que buscaba, un grueso cuchillo de caza. En cuanto lo tuvo en su mano, lo agarró con fuerza, escondiéndolo en su pelo desparramado. Mientras estaba siendo poseída por Monsieur Montferrat, que resoplaba encima de su cuello, el cuerpo desplomado casi sobre ella, moviéndose espasmódicamente, alzó el cuchillo sobre su cabeza y le apuñaló con fuerza en la espalda. Moviéndose como una gata salvaje, se sacudió al hombre apuñalado y rodó asestando una patada a Pierre, que sorprendido, aun tenía su verga en la mano. Gritó como un cerdo pidiendo auxilio, pero Agnes, se había levantado ya. Agarró la pala de madera de lavar la ropa y describiendo un amplio círculo le golpeó la cabeza. No sabía si las heridas que tenían eran mortales o no, pero no iba a detenerse para comprobarlo, ni para darles tiempo a buscar ayuda. Les miró, tendidos en el suelo, inconscientes. Sintió aún miedo y rabia. Pegó una patada al cuerpo inerte de su ex-amo y cogió del colgador, en un impulso, la amplia capa forrada de piel de lobo que ahora llevaba, así como su bolsa de monedas y algo de comida que metió en su petate, antes de montar a caballo y salir corriendo al trote, lo más rápido que pudo. Última edición por Jehanna; 05/11/2007 a las 22:31 |
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| | #69 |
| Rol: Dominante Sexo: Hombre Ubicación: Madrid Fecha de Ingreso: Jan 2006
Mensajes: 2.225
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Una frase sobre la estupidez de Montferrat lo dice todo: "confundió su ira concentrada con una rendición". Y el lector, que por un momento cree que va a ser voyeur de una escena libidinosa con una Justine derrumbada, se encuentra con una Juliette justiciera. Y es que la Agnes que nos describes es casi una Juana de Arco del amor, una guerrera de los sentimientos. Una mujer fuerte (¿quién conocerá a mujer varona, a mujer fuerte?, dirá elogiosamente el Viejo Testamento, el Libro del pueblo que tuvo a profetisas como Miryam, heredera de Moisés, o Debora, que interpretaba el viento en las hojas de las palmeras) a la que sólo su voluntad le inclinará a la entrega: será la sumisa que elige la sumisión, no la que es doblegada. Y así su entrega será doblemente valiosa. La leona que elige a su domador, y destroza al resto. C2 |
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| | #70 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Ubicación: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
Mensajes: 1.410
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CAPITULO 16 El aire helado formaba nubes de vapor cada vez que respiraba. Agnes miró el cielo blanco y pensó que no tardaría en caer la nieve, tenía que buscar refugio cuanto antes. Estaba muy cansada, el caballo también necesitaba descansar o no le serviría para llegar a Paris. Tendría que abandonarlo por el camino si continuaban a ese ritmo. El bosque estaba silencioso, pero aguzando el oído pudo escuchar el traqueteo de una carreta que se acercaba. Redujo el paso de su montura, se ocultó entre los árboles del camino y esperó que la alcanzara. Por el recodo del camino asomaba una carreta con toldo blanco y seis ruedas, tirada por mulas. Agnes miró con asombro al conductor que entonaba una alegre canción. Era un hombretón muy alto, el más alto que ella había visto nunca. Eso se podía observar estando sentado como estaba, por la desmesurada longitud de los brazos y de las piernas. La carreta parecía muy cargada, sus ruedas se hundían profundamente en el camino enfangado. A pesar de ello, el hombre silbaba y cantaba al mismo tiempo, arengando a las mulas a seguir con sus palabras. - Alouette, gentille Alouette, je te plumerai, je te plumerai le bec Je te plumerai le bec. Et le bec, et le bec, Alouette, Alouette! A-a-a-a-h Alouette! Tenía una bonita voz masculina, potente, grave. En ella se adivinaba un deje burlón que no resultaba desagradable. Agnes, sonrió. Ya conocía suficiente francés para comprender perfectamente la canción e incluso para unirse a ella, así que continuó la estrofa. - Alouette, gentille Aloutte, Alouette, je te plumerai, je te plumerai la tête Je te plumerai la tête, et la tête, et la tête, et le bec, et le bec Alouette, Alouette, A-a-a-a-a-h Alouette! Al hacerlo, salió de su escondite en el bosque. El desconocido hizo parar a sus mulas y lanzando una risotada, saltó del carro. Agnes pudo comprobar entonces lo alto que era, seguro que pasaba de los seis pies de altura. Tenía el cabello negro y rizoso, salpicado de algunos hilos de plata, lo llevaba medio cubierto por un gorro de gamuza verde con una pluma de ganso, un detalle exótico. Sus hombros eran los más anchos que ella había visto nunca, parecían los de un luchador, o los de un herrero. Completaba su atuendo con una túnica marrón de lana, sobre una camisa y unas calzas, medias de lana embutidas en unas botas forradas de piel de conejo y un abrigo de lana con caperuza. No podía catalogarlo en ninguna clase social. Su andar era sorprendentemente ágil para su constitución tan fuerte, como de bailarín, lo cual resultaba un poco incongruente. Hizo una burlona reverencia a los pies del caballo de Agnes y la increpó así. - Bella ninfa habitante de estos bosques, me has sorprendido y eso no está bien. No señor, por fortuna, tu voz es semejante al sonido de campanillas de plata. Sí. ¿Le has robado esa dulce voz a un hada con la que has cruzado por el camino?. ¿Qué hace una princesa como tú, por estos caminos perdidos, cuando estarías mucho mejor al abrigo del viento, tomando una bebida caliente delante de las llamas de un hogar? Su hablar no era exactamente como el de William, es decir, como el de un hombre educado, pero tampoco se expresaba como un zafio ignorante. La desconcertaba. Observándole bien, su rostro, de facciones muy acusadas, gruesos labios, enorme nariz y grandes ojos negros, tampoco la tranquilizaba. Tenía una vieja cicatriz que le cruzaba la cara desde el arco de la ceja derecha hasta la mandíbula del otro lado, y la piel, vista de cerca, tenía viejas marcas de viruela, aun así, no estaba desprovisto del todo de atractivo, a su modo. Sabiéndose observado, el hombre le dedicó una sonrisa sarcástica, que en cierto modo le agradó. - Ummmmmm… mi joven ninfa de los bosques me tiene algo de miedo… claro!, es natural, no hemos sido presentados. Perdonad mi descortesía, bella dama, mi nombre es Toussaint Bonnechance, para serviros –hizo otra reverencia barriendo el suelo- - Mi nombre es Agnes Marsh -respondió ella- - Aaaah, la criatura de las marismas se ha dignado hablar!, y ahora puedo saber que aparte de ninfa, eres inglesa, de allende los mares, ¿que demonios haces tan lejos de tu patria?. Al ver como ella torcía el gesto, se apresuró a decir. - Uhmmmm… no importa, gentil dama, todos tenemos un pasado. Tu y yo y cualquier hijo de vecino y no será Toussaint quién te interrogue sobre eso. Vamos a ver, ¿parece que tu camino te lleva a Paris, no es así?. Como ese es también mi punto de destino, te propongo una asociación, algo que nos conviene a los dos. Soy buhonero, compro y vendo mercancías, así me gano la vida yo. En otras ocasiones, si no tengo nada que comprar o que vender, canto canciones, cuento historias, entretengo a la gente por unas pocas monedas, o por algo de comida para llenar el buche. Les doy un poco de felicidad, -dijo sonriendo-. Si vienes conmigo puedes ayudarme, tu caballo tiraría más rápido de mi carreta. Podríamos usar las mulas para que descansara o para la carga. Puedes ayudarme a vender, resulta útil en muchas ocasiones tener una muchacha hermosa como tú, sí, es bueno para los negocios. Y por mi parte, yo te ofrezco la protección de mi persona, que no es poca cosa, dado los tiempos que corren, en los que los caminos son tan inseguros. Y comparto contigo todo lo que tengo. Agnes quedó pensativa. No se acababa de fiar del buhonero, algo en él no le parecía del todo claro y sincero. Sin embargo, era verdad que la compañía de un hombre y de uno tan fuerte como aquel, le vendría muy bien - De acuerdo –dijo ella- pero sólo hasta llegar a Paris. Una vez allí, cada uno por su lado. Toussaint, rió de nuevo y escupió en la palma de su mano, instándola a hacer lo mismo. Al hacerlo, encajaron las manos. - Así es como se hace para sellar un trato, mi pequeña hada de los bosques, así es la forma de hacer negocios de Toussaint. Emparejaron el caballo de Agnes a la carreta y Toussaint la ayudó a sentarse a su lado. Bajo un cielo gris, lleno de presagios, continuaron el camino hacia Paris. |
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