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hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
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| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| He decidido reagrupar y mejorar una serie de cuentos para adultos que tenía por ahí diseminados, bajo el título conjunto de CUENTOS PERVERSOS. Ahí van, para los que gusteis de ellos: CUENTOS PERVERSOS I BLANCANIEVES Blancanieves El Reino era un lugar feliz dentro de lo que cabe, las gentes vivían en armonía bajo la amable férula de una vieja monarquía en la que confiaban, y la prosperidad de su economía y la paz establecida desde largas décadas, hacía que solo las rencillas habituales de la convivencia añadieran su pizca de pimienta a la vida cotidiana. El Rey viudo desde hacia mucho tiempo solo tenía una hija, heredera de la corona, la Princesa Blancanieves, querida por todos, una hermosa joven apenas salida de la tierna niñez, de largos cabellos oscuros como la noche que cae del mismo cielo de Dios, piel blanca como la nieve y labios rojos como una rosa tierna de pasión. Sin embargo la Oscuridad se cernió sobre el País precisamente cuando en la Princesa floreció la Roja Flor de la Vida por primera vez. Al cumplir los doce años, la vieja Maldición se cernió sobre el Reino y la flor y nata de los mozos del lugar, los herederos de las mejores familias, pero también los sanos y bellos hijos de la plebe y el pueblo llano empezaron a desaparecer misteriosamente..... Las noticias corrieron deprisa, cruzando los corredores de Palacio, atravesando los muros de la Fortaleza, recorriendo las calles de la capital y los montes y colinas más lejanas, para llegar al último rincón del País Desolado. Un rumor crecía sin contención posible, la desaparición de los jóvenes iba unida inexplicablemente a la desaparición de la vida pública de la Princesa en las horas del día, y los viejos empezaron a hablar de la Maldición de esa familia real, de antigua nobleza y de sangre pura, una maldición que parecía cernirse solo en determinados de sus miembros femeninos y solo cuando en ellas florecía la feminidad.... El País amaba a sus gobernantes y le era leal como un solo hombre pero empezaron a hablar de la necesidad de poner una solución y las voces que hablaban de justicia fueron saliendo poco a poco del anonimato, hasta que por fin eligieron a un líder, un adalid que hablara en nombre de todos ellos y que averiguara en Palacio qué ocurría realmente y viera cara a cara a la joven Princesa. Escogieron a un joven noble, de reconocidas cualidades y notable apostura, con una calculada estrategia digna de encomio, el nombre de este era Raistlin y era de nobilísima familia pero algo así como la oveja negra de su casa. Su padre y gran parte de sus familiares había reñido con el por su carácter insolente y extraño, por su afición a las artes mágicas, por su irreverencia con las normas establecidas. El joven Raistlin era Nigromante, un Mago de reconocido prestigio fuera de los muros de su conservadora ciudad que nunca había considerado la Magia como algo deseable para un joven de noble cuna. Consiguieron convencerle de que viera a la Princesa, para lo cual habían pedido audiencia especial, aunque en el fondo a este no le movía el interés de la ciudad y del País, sino la curiosidad de ver de cerca a una muchachita de cuya belleza todos hablaban pero que apenas nadie había visto de cerca. Fue concedida la entrevista con la Princesa al anochecer del DIA siguiente, el viejo Rey llevaba largo tiempo enfermo, muchos decían que sus días estaban contados y temían lo que pudiera ocurrir a continuación. Custodiado por abaceros robustos llegó hasta las enormes puertas de roble que conducían a las estancias privadas de Blancanieves, éstas se abrieron y en la penumbra de la habitación se le invitó a pasar, mientras sus escoltas desaparecieron sigilosamente de allí. La princesa estaba recostada en la oscuridad de su lecho de sábanas rojas de raso, rodeada de cojines de un blanco resplandeciente,en la habitación relucían objetos sorprendentes para el cuarto de una joven Princesa, Raistlin observó en un rincón uno látigo reposando sobre una mesita de nácar y ébano, unas altas botas de tafilete verde y tacones puntiagudos, pañuelos negros y blancos de seda, cuerdas en perchas colgantes, extraños instrumentos de madera, unas fustas como si la Princesa fuera a montar a caballo en cualquier momento de la noche, y al final de todo una puerta entornada, medio oculta por una cortina de terciopelo rojo oscuro y unas escaleras que bajaban. Miró a Blancanieves que le observaba y constató que era bellísima, joven, muy joven eso si, pero muy por encima de lo habitual en una muchacha, se vislumbraba en ella una seguridad que no era normal. Parecía rodearla un aura oscura, brillante, pero peligrosa. La Princesa llevaba una túnica negra de mangas estrechas y muy escotadas, de forma que sus pechos incipientes casi asomaban por las aberturas, calzaba altas botas de afiladísimos tacones y sus largos cabellos oscuros sueltos por sus hombros desnudos. De su cintura pendía una cadena con una serie de artilugios que parecían mas para domar a un potro que para adorno de una joven de su alcurnia. Raistlin estaba totalmente desconcertado, ya que la Princesa no se adaptaba a la imagen que se había formado de ella. Se sentía por otra parte muy atraído por lo que veía, ella le ordenó imperiosamente que se acercara y una vez allí, junto a su lecho le dijo que se arrodillara en el suelo y cuando el lo hizo, ella levanto su pierna y apoyó su suave pie en el cuello de el, presionando hacia abajo. Al hacerlo, la túnica se deslizo hacia atrás y mostró la mas hermosa pierna femenina que el hubiera visto. Se sentía terriblemente excitado, y mas por la actitud de ella, tan poco dócil y al mismo tiempo tan salvaje y tan femenina. Ella soltó una carcajada y le dijo: Mi buen Raistlin, te han enviado como comisionado para investigar que ocurre y te juro que lo vas a descubrir. Le hizo permanecer en esa actitud de sumisión mientras cogía un grillete de los que llevaba a la cintura colgando y lo ponía alrededor del cuello de ello, que se dejó atar de ese modo y ella le llevó así a rastras hacia la cortina que cubria la puerta secreta tras el lecho principesco. Bajaron juntos las escaleras, ella llevándole como si fuera su mascota, él completamente anonadado de como se sentía y de la fascinación que la princesa ejercía sobre el y cuando llegó al final de las escaleras pudo ver que era una mazmorra enorme que ocupaba toda la base del Palacio Real y que en ella estaban los jóvenes desaparecidos, en diferentes fases de desnudez y en actitudes que no hacían pensar que estuvieran allí contra su voluntad sino todo lo contrario. Y bien....... entonces Raistlin comprendió que la Maldición Real no era exactamente una maldición sino simplemente que la Princesa Blancanieves, como probablemente sus otras antepasadas era ...........una Ama. |
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| | #2 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPÍTULO PRIMERO Cuando yo era muy pequeña, murió mi madre. No tengo demasiados recuerdos de ella, solo pequeños detalles que me vienen a veces a mi mente. Recuerdo su fragancia -un suave perfume de jazmín- y el tono melodioso de su voz cuando me llamaba por mi nombre. Pero era demasiado niña cuando me dejó y el dolor por su muerte quedó suavizado por mi tierna edad. Mi padre no sabía vivir solo y, aunque locamente enamorado de mi madre, dado que era un caballero de fortuna y procedía de una familia de rancio abolengo y antepasados que se remontaban a épocas muy pretéritas, fue asediado de forma implacable por todas las damas solteras, que empezaban a pensar que iban a quedarse para vestir santos, así como por todas las viudas de la comarca y más allá. Y un día en que la añoranza por mi madre le tenía totalmente deprimido, se dejó consolar por la Viuda Sarcástica, una dama un poco entrada en años, que tenia dos hijas varios años mayores que yo. El era un hombre de honor, un caballero a la antigua usanza, por lo que, después de caer en la trampa tendida y comprometer a la dama en cuestión, la pidió en matrimonio. Y ella, por supuesto, aceptó. Así pues, la Viuda Sarcástica se convirtió en la Sra. Chancellot -y mi madrastra- y sus dos hijas -Anémona y Críspula- en mis hermanastras. Mi pobre padre pensó, equivocadamente, que así se ocupaba adecuadamente de mí y me otorgaba una sustituta para cubrir el vacío que mi madre dejó. Sin embargo, la Sra. Chancellot, nunca pretendió convertirse en una madre para mí. Es más, insistió con mucha claridad en que me debía dirigir hacia ella siempre con el nombre de Sra. Chancellot. En cambio, generosamente, se me concedía el privilegio de llamar a sus hijas por sus respectivos nombres, siempre que tuviera muy en cuenta que ellas y yo ocupábamos lugares muy diferentes en la jerarquía de la casa señorial de mi padre, que ahora era la suya. Mi padre no era consciente de todo lo que ocurría a su alrededor, porque ella se lo ocultaba en gran parte. Pero la Sra. Chancellot era muy distinta de mi difunta madre y el hombre no restaba acostumbrado a un trato tan áspero y dominante y la dura convivencia con mi madrastra y la tristeza por la pérdida de mi madre, le fueron minando con rapidez. Murió en la primavera en la que yo cumplía 14 años. Lloré mucho su muerte porque le quería de verdad y aun cuando era una persona de carácter débil, el también me quería y me lo demostraba a su modo. La muerte de mi padre comportó una serie de cambios profundos en mi vida. Para empezar fui trasladada de mi hermosa habitación del primer piso, con vistas al jardín de rosas, a un cuartucho diminuto bajo techo. Un desván en realidad, donde solíamos guardar todos los trastos y las cosas que no sabíamos donde poner por anticuadas o estropeadas. La Sra. Chancellot puso allí un pequeño catre para que yo pudiera acostarme y allí quedé, sin más compañía que los ratones de campo que a veces me visitaban y el sonido de los pájaros que dormían bajo el alero. Mi desván tenía una pequeña ventana pero daba al alero y no se veía otra cosa que el cielo. Lo que ya era mucho, en realidad. A mi no me importaba, incluso me gustaba. En ese periodo comencé a hacerme mujer y me ocurrieron muchas cosas. En mi propia casa cada vez estaba siendo más y mas relegada a las ocupaciones propias de una sirvienta, de una criada, y no solamente eso, sino que dentro de la jerarquía de la mansión donde vivíamos, yo era la persona que ocupaba el último lugar. De hecho, incluso se olvidaron de mi nombre de pila y me llamaban siempre por el apodo de Cenicienta. Me ocupaba de las tareas más humildes, las que nadie quería. Solía estar casi siempre en la cocina, limpiando las cacerolas, cuidando de que el fuego n o se apagara nunca, avivando las brasas, a fin de que pudieran cocinar cualquier cosa que apeteciera a las señoras de la casa. Así que, como siempre acababa sucia y llena de cenizas, acabaron llamándome Cenicienta. Yo era una chica sencilla y sentía un raro placer obedeciendo órdenes, doblegándome como un junco se doblega ante el fuerte viento, sin romperme. Obedecía las órdenes sin rechistar. Las ordenes de la Señora, las de mis hermanastras y hasta del último de los criados de la casa, los cuales, por supuesto, estaban por encima de mí y podían mandarme lo que quisieran. Alguno de ellos parecía que disfrutaba tanto ordenándome cosas y haciendo conmigo su voluntad, como yo obedeciéndoles. Por ejemplo, el mayordomo de la Señora, el Señor Arrogante. Era un hombre maduro, experto, elegante, con unos cabellos de sienes plateadas y un aire de seguridad que me hacía sentir en la gloria cuando estaba en sus manos. A veces, reconozco que me equivocaba a propósito al hacer algo que él me encomendaba. O que cumplía su mandato sin el debido cuidado y un tanto negligentemente, con el perverso fin de que me castigase... y es que sus castigos eran geniales. Otro de los que sabían mandar y sacar lo mejor de mi misma, era un mozo de cuadra, uno de los mozos encargados de las caballerizas. Un hombre joven, en la treintena, de mediana estatura pero con unos hombros muy anchos y una bonita espalda musculosa. Tenía también unas manos grandes y nudosas. Solía hacer que le limpiara las botas. De rodillas en el suelo, ante el. Y costaba mucho que quedara satisfecho con mi trabajo. En ocasiones derramaba un cubo de agua, como al azar, por el suelo de la cocina o los establos y yo tenia que fregarlo y recogerlo todo, ante el. No se por qué, todas estas situaciones y otras que me reservo, me transmitían un cosquilleo que recorría mi cuerpo. Y hacían crecer en mi alma una sensación muy dulce. Emociones secretas, complicidades extrañas, que cada vez crecían más y más en mi interior, como una marea que amenazaba con desbordarlo todo. Cada vez estaba más y más segura que otros -en el otro lado de la fuerza- compartían ese sentir. |
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| | #3 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO SEGUNDO Mi vida seguía del modo habitual en la mansión que fue de mi padre y aunque a veces le añoraba muchísimo, no podía decir que mi existencia fuera infeliz. Había descubierto en mí una vocación por servir, por ser simplemente la última de las marmitonas de la cocina. Y en toda esa humillación -que desde luego sentía- había descubierto un placer oculto, secreto. Si yo al nacer ya era así o si fue algo, una deformación, que surgió a raíz del trato al que me sometieron en edad tan temprana mi madrastra -La Viuda Chancellot- y sus hijas las señoritas Anénoma y Críspula (y siguiendo su ejemplo y sus órdenes todos los criados de la casa), no sabría yo decirlo. Quizá era una semilla latente y se desarrolló al encontrar terreno favorable. O más bien se hubiera desarrollado igualmente bajo cualquier circunstancia... Mi mentor en estos juegos, el Señor Arrogante, había empezado a educarme siguiendo un manual secreto que tenía en su cuarto del penúltimo piso. Ahora cuando cometía alguna falta -real o imaginaria- me hacía subir a su habitación y allí colgaba una cuerda de la viga de madera del techo, haciéndola pasar por una argolla, sujetaba mis muñecas a ella y me alzaba hasta que sólo rozaba el suelo con las puntas de los pies. Luego -como era compasivo- vendaba mis ojos, a fin de que yo no viera lo que iba a ocurrir. Luego soltaba parsimoniosamente los lazos de mi corpiño, desnudando mi espalda. Normalmente esperaba un rato antes de azotarme para corregir mis fallos y defectos y yo pasaba ese rato con los brazos tensamente alzados y todo el cuerpo en tensión, equilibrándome sobre la punta de los pies. Sin ver nada, sumida en una sedosa oscuridad, pero intuyéndole cerca de mí, devorándome con la mirada. Sentía sus ojos negros clavados en mi cuerpo semidesnudo y algo en mi gritaba de júbilo y orgullo. En ocasiones el Señor Arrogante llamaba al Mozo de los establos para que éste me disciplinara por orden suya, en su presencia, y yo sentía en esos momentos un gozo oscuro, aunque mi exterior seguía siendo aparentemente el de una doncella serena y virginal. Esas sesiones de castigo solían terminar descolgándose de la viga del techo, pero sin desatarme las manos ni quitar la venda de mis ojos y entonces llegaba la hora de las caricias. Ellos tomaban su placer en mí y yo me amoldaba a sus deseos con una obediencia que cada día perfeccionaba más, aunque en ocasiones tuviera algún conato de rebeldía que ellos prontamente acallaban. La vida transcurría placidamente y yo me sentía feliz en cierto modo. La Viuda Chancellot era una Ama Oscura, caprichosa y dominante que siempre encontraba el modo de hacerme llorar y que nunca demostraba estar satisfecha con el modo en que yo obedecía la menor de sus órdenes y llevaba a cabo el más nimio de sus caprichos. Sin embargo a pesar de ello -o quizá precisamente por ello- yo respetaba su autoridad y el poder que tenía sobre mí y me plegaba también a ella y hacía conmigo su voluntad. Anémona y Críspula eran crueles conmigo y gozaban produciéndome autentico dolor. Entre ellas y yo no sentía la menor complicidad y eso era lo que hacía que lo pasara francamente mal en sus manos. Tenían envidia de mi belleza e intentaban destruirla o aminorarla siempre que tenían ocasión. Un día llegó un emisario a nuestra casa y hubo un gran revuelo que, como una fiebre, recorrió la mansión de punta a punta. Debido a mi humilde condición fui seguramente la última persona en enterarse de qué lo había producido, pero al final llegó a mis oídos que su Majestad el Rey de Shannador daría una gran fiesta en honor de su único hijo el Príncipe Christian. Una fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas, hijas de las nobles familias del Reino. Su intención era que el Príncipe -que al parecer era mas que algo reacio a la idea del matrimonio- encontrara a la joven capaz de enamorarle y conseguir que tomara la decisión de formar una familia y dar un heredero al trono. Al enterarme de esta fiesta al oír la conversación de un pinche de cocina con una marmitona yo sentí que aleteaba una nueva ilusión en mí. Nunca había estado en ninguna fiesta. Pensé que yo era también hija de una noble familia -fuera cual fuera mi lugar en aquella casa en la actualidad- y que por lo tanto tenía tanto derecho como Anémona o Críspula a ir. De hecho la invitación decía: " a las jóvenes casaderas de la mansión Chancellot" y yo era a mis 18 años evidentemente una joven casadera y aquella era mi casa. Cuando estaba de rodillas encendiendo el fuego de las habitaciones de mis hermanas oí que ellas hablaban de hacer venir inmediatamente a las modistas a fin de confeccionar sus vestidos para la fiesta. En mi ingenuidad yo no había pensado en ello, pero ahora al inspeccionar mis harapos, me di cuenta que necesitaba un vestido nuevo. Pero tengo un espíritu emprendedor y pensé que yo no era una inútil como mis dos hermanastras y que podía hacerme mi propio vestido de fiesta. Sonriendo puse patas arriba todo el desván pero mi constancia se vio recompensada cuando encontré una pieza de color rosado que debió pertenecer al ajuar de mi madre. Puse manos a la obra y por la noche, después de limpiar las brasas de la cocina, me lavaba con el agua del pozo, subía a mi habitación y cosía mi vestido a la luz de una candela. Cada día cosía un poquito, hasta que se me vencían los ojos por el sueño y el cansancio y quedaba dormida. Como me quitaba horas de sueño al confeccionar mi vestido y me levantaba al alba, un día me quedé dormida mientras limpiaba una chimenea. Era la primera vez que me ocurría pero cuando me descubrieron tendida sobre las losas de la cocina llamaron al Sr. Arrogante, a fin de aplicarme un correctivo. El me hizo salir al patio de detrás de la cocina y me mandó desnudarme por entero. Obedecí, aunque sentía fijas en mi las miradas de todos los criados que me miraban recreándose tras los visillos de la casa (y seguramente también las miradas de mis Amas). Con dulzura desaté las cintas de mi corpiño y me lo quité, desabroché mi falda y después de descalzarme me quité las medias de algodón, enrollándolas. Quedé en camisa, temblando de frió, miré a mi verdugo y el me conminó con la mirada a que continuara hasta desnudarme por completo. Levantando los brazos me quité la camisa, sacándola por encima de mi cabeza. Mis cabellos rubios se soltaron de la cofia y cayeron como una oleada sobre mis hombros y espalda. Yo temblaba y no se si era de miedo o excitación, aunque el otoño estaba avanzando rápidamente. El suelo del patio estaba cubierto de hojas doradas y un viento gélido soplaba desde el norte y movía mis cabellos. Yo sentía vergüenza al estar allí totalmente desnuda e indefensa, pero al mismo tiempo una extraña calidez, un sensual orgullo. El Sr. Arrogante me dominaba con su altura. Se paró delante de mí y recogió la cascada de mis cabellos en lo alto de mi cabeza, sujetándolo con una larga horquilla que sacó de su bolsillo. Pellizcó mis pezones que respondieron a sus dedos, aunque ya estaban erectos. Entonces metió el cubo de estaño en el pozo y lo sacó lleno de agua helada. Vertió el agua por encima de mí y por la impresión no pude evitar soltar un agudo grito. El me abofeteó para llamarme al orden, mientras decía con voz potente: Silencio! Yo tiritaba de frío y de humillación y mientras él enrollaba una cuerda y la empapaba en el cubo de agua del pozo que otra vez estaba lleno. Me hizo poner de espaldas a la casa y con las manos extendidas y las palmas apoyadas en la baranda del pozo. Separó ligeramente mis piernas y yo pude sentir como acariciaba ligeramente con los dedos el hueco de mi rodilla. Se separó de mí un poco, lo suficiente para poder maniobrar con su látigo de cuerda y azotarme así, ligeramente inclinada. Me dijo: "¿Cenicienta, cuantos azotes quieres? ¿Cuantos crees que mereces?" Yo respondí: "Todos los que Vd. desee, Señor" "Merezco todos los que Vd. quiera darme" Buena respuesta -respondió- Te daré 15 azotes y tú vas a contarlos en voz bien alta y a darme las gracias cada vez. ¿Lo has comprendido? Respondí: "Si, Señor, he comprendido" Mientras me decía todo esto estaba humedeciendo bien la cuerda en el agua helada a fin de que pesara más. Empezó a azotarme y la cuerda cayó sobre mi espalda. Yo conté: "Uno, gracias Señor". Me azotó cinco veces en la espalda, cruzándola de lado a lado. Yo respondía siempre entre latigazo y latigazo, contándolo y dándole las gracias. Intentaba no temblar y no echarme a llorar, sabía que eso solo empeoraría las cosas. A el le gustaba mi comedimiento. Seguidamente empezó a azotar mis nalgas, me azotó allí siete veces. Yo sentía arder mi piel, notaba el escozor y pensé que no podría sentarme en mucho tiempo sin acordarme de esos azotes. Al mismo tiempo sentía la humedad rezumar entre mis piernas. Yo estaba al limite de mi capacidad de resistencia pero el continuó y descargó los tres golpes restantes en mis muslos, rozando mi sexo como en una salvaje caricia. Al terminar yo estaba sollozando y me sentía tan vulnerable como feliz. |
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| | #4 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO TERCERO El otoño era una llama de oro en el Reino de Shanador mientras se acercaba inexorablemente el día de la fiesta que el Rey daba en honor de su único hijo, el Príncipe Christian. Yo estaba absolutamente resignada a no asistir al baile, dado que mis innumerables obligaciones en casa de mi madrastra, la Viuda Chancellot, mi Ama Oscura, no me habían dejado tiempo de terminar mi vestido de gala. Aunque asumía esto como un hecho irrefutable y mi naturaleza sumisa me ayudaba en ello, un conato de rebelión me hacía esperar sin esperanza lo imposible. Un milagro que cambiara la situación y me dejara asistir por una noche a una festividad propia de mi edad y de la condición social en la que había nacido. Una tarde ventosa me escabullí al bosque cercano para soñar a la luz de la enorme luna que nacía. Yo tengo una naturaleza soñadora. Me senté bajo el viejo roble que conocía mis secretos de infancia y el cansancio hizo que quedara adormilada. De pronto me despertó la luz. La luz dorada de la luna, que parecía haber crecido en intensidad y me acariciaba como un beso. Apoyada en el tronco del roble (Ygdrassil así lo llamaba yo en mis ensoñaciones) una mujer me miraba. Tenía un aspecto extravagante, para empezar vestía como un muchacho, pantalones de montar, botas altas hasta los muslos, las cuales ceñían como un guante sus finas piernas, una camisa con muchos volantes y se envolvía en una capa de muchos colores, irisada. Sus cabellos color violeta la envolvían hasta las rodillas y parecían flotar en rizos suaves, que se mecían a un viento invisible. Toda ella rebosaba fuerza y poder, pero no era esto lo mas notable si no un cierto aire burlón, como de estar de vuelta de todo. Estaba impreso en la media sonrisa de sus labios jugosos, en el brillo travieso de sus ojos negros, en el gesto indolente con el que mordisqueaba una ramita de abedul. La extraña me llamó por mi nombre, cenicienta (porque este era mi nombre ahora y yo lo sentía como tal) y me dijo que era mi Carta Mágica del Destino y que ella era el instrumento para que yo alcanzara mi Plenitud. Al decir estas enigmáticas palabras empezó a dar vueltas a la ramita de abedul y al hacerlo cortaba el aire y parecía abrir agujeros en la noche, como si disolviera la realidad de mi bosque, haciéndome pensar que estaba viviendo un sueño, tan vívido que me parecía real. Sin darme tiempo a pensar, en uno de esos trazos cortando el aire hizo surgir (no tengo otro modo de describirlo) un hermosísimo traje de la nada y lo puso en mis brazos. Era de un color indefinido que podía ser tomado por blanco y que sin embargo contenía todos los colores, cambiante bajo la luz de la luna, formado por pequeños arco iris irisados. Era de una sencillez absoluta, de líneas tan puras que estuve segura que mi cuerpo joven destacaría dentro de él como un faro. La Dama, a la que no tengo otro nombre que poner que la Carta del Destino seguía con sus piruetas y a cada una yo recibía un regalo: unos zapatos de tafilete plateado, un collar de aguamarinas, unos pendientes a juego… Cuando hubo terminado me dijo: y ahora pequeña vuelve a tu casa que yo me encargo de hacerte llegar todo esto por mi servicio particular de mensajeria –al decir esto último sonreía burlona. Y antes de que pudiera agradecerle nada, se esfumó en la noche, dejándome con la miel en los labios. Volví corriendo a casa, esperando que mi falta no hubiera sido descubierta, pero al entrar por la puerta de la cocina encontré allí al Sr. Arrogante que me miraba severo. Di un respingo y sentí que mi corazón se aceleraba. Me postré a sus pies, con los brazos extendidos y la cabeza muy cerca de sus piernas. Como una caricia, sentí su mano en mi nuca rubia. Me dijo: ¿dónde estabas, cenicienta?, ¿acaso no sabes que debes pedirme permiso para ausentarte? Levanté la cabeza y le miré con lágrimas en los ojos, poniendo el corazón en ellos, ese hombre me podía, me abrumaba su presencia, me controlaba. El me conminó a continuar con la cabeza baja en el suelo, en mi posición humillada, sumisa. Mis cabellos se derramaban por el suelo y me impedían ver nada, pero sentí que se movía a mí alrededor, y noté como me sofaldaba y pasaba su mano fría por mis nalgas desnudas –yo tenía prohibido llevar ropa interior-. Noté el aire silbar antes de sentir el azote de la pala de amasar el pan, me mordí los labios para no gritar, y los azotes cayeron mientras el Sr. Arrogante me conminaba a decir dónde había ido y qué había hecho. Entre sollozos se lo conté todo. Cuando hube terminado, siguió azotándome y luego, en esa misma posición, me usó para su placer (aunque debo confesar que mi perversión hizo que también fuera el mió). No hizo comentario alguno sobre la fiesta, ni sobre mi intención de asistir a ella. Tampoco me lo prohibió, ni me ordenó entregarle el vestido (que yo suponía, aunque no sabía a ciencia cierta, que estaba en mi habitación del desván, si mi Carta del Destino tenía palabra). Así pues yo continué con mi plan. Y llegó el día de la fiesta. Mis hermanastras y mi Ama Oscura me tuvieron muy ocupada ayudándolas a embellecerse, peinarse, vestirse, acicalarse –aunque realmente poco se podía hacer en ese sentido-. Se fueron en el carruaje, bastante pronto, porque querían llegar y asegurarse un buen sitio, antes de que el Palacio Real estuviera desbordado de gente. Yo corrí a mi habitación en cuanto salieron por la ancha avenida. Al llegar a mi desván me encontré allí sentada a la Dama del Destino. Estaba en mi ventana, sentada en el alfeizar y parecía tan tranquila como si no estuviera colgando de un cuarto piso, con las piernas en el vacío. Me dijo: cenicienta, se me olvidó decirte una cosilla, todas tus galas se desvanecerán como humo a las 12 en punto. Así que espabila y haz lo que tengas que hacer antes de esa hora, en la que todo lo que lleves encima desaparecerá como la ilusión que es. A mi eso me pareció una mala pasada, pero al menos me daba un margen para gozar de la fiesta, y estaba dispuesta a no perdérmela por nada del mundo. Pero había un tema que me preocupaba y era el de mi transporte. Sin embargo mi Dama parecía tenerlo todo controlado porque me dijo que eso no debía preocuparme. Con una sonrisita y su eterna ramita de abedul en las manos no paraba de mirarme y me estaba poniendo nerviosa. Como era tarde empecé a desnudarme para vestirme con mi precioso traje nuevo. Ella no se iba, ni desaparecía ni nada y seguía allí, con esa sonrisita en los labios. De pronto dijo: creo que aun tenemos un poco de tiempo para jugar. Y entrando en la habitación cogió mis manos y las sujetó con una tira de mis viejas enaguas, me hizo apoyar sobre el alfeizar de la ventana, y separó mis piernas deleitándose con la visión de mi cuerpo desnudo, de mi sexo ofrecido, adornado con ese suave vello color oro viejo. Recorrió mi coño con la ramita de abedul, abriéndolo, rozando los labios y obligándolos a separarse. Sus caricias toscas me estaban excitando y ella sabía como combinar la rudeza con la suavidad y conseguir el efecto que quería. Siguió con los azotes de la ramita y yo me unía a su ritmo in crescendo, hasta que al final era mi cuerpo el que buscaba el contacto, la caricia, el azote. La miré mientras sentía que el clímax estaba a punto de atravesarme, le pedí permiso inconscientemente y ella sonrió de nuevo y dijo: Si. Mi Dama me ayudó a ponerme el vestido mientras yo temblaba aun. Recogí mis cabellos en lo alto y opté por ponerme solamente el collar de amatistas, ceñido a mi cuello, dejando libre el esplendor de mi escote y los pliegues suaves de mi vestido de arco iris satinado. Con un toque de su ramita mágica volamos con el viento y él me transportó hasta la entrada del Palacio Real. Allí mi Señora Misteriosa se esfumó de nuevo en la noche. |
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| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO CUARTO Jamás había visto un lugar tan bello y lujoso como el Palacio del Rey, sin embargo en cierto modo parecía hecho para mí, mi alma lo reconocía. Adoraba la belleza de sus suelos de mármol, la serena dignidad de sus columnas, la visión del lago desde las ventanas, los jardines en penumbra. Todo ello me hablaba directamente a mí, parecía susurrar mi nombre: cenicienta, cenicienta, bienvenida a casa…. Procuré mantenerme en un lugar discreto, lejos de las miradas de la viuda Chancellot y de sus hijas. Me apoyé en la baranda del segundo piso y desde allí observaba a la gente que bailaba. El príncipe Christian estaba al lado de su padre, el Rey, pero parecía aburrirse mucho. Era un buen mozo, joven, rubio, con buena planta y sus ojos azules, aun a esa distancia a la que yo estaba, tenían un aire dulce . En ese momento nuestras miradas se cruzaron, azul contra azul, porque él había levantado la vista hasta donde estaba yo medio escondida. Una chispa de interés despertó y a grandes zancadas se dirigió hacia mi. A partir de ese momento no me dejó ni un instante, parecía fascinado por mi. Me dijo que era la muchacha mas bella del baile, pero que no era solamente mi innegable belleza lo que me hacía tan especial, sino que yo era distinta. Que el sentía que eramos cómplices, que habia un nexo de unión entre nosotros. Bailamos al ritmo suave de la música, envueltos en el olor a fresa de los mejores sueños, Miré al fondo de los ojos de mi principe y de pronto lo supe, lo comprendí todo y sonreí. El me miraba con la misma comprensión en la mirada. Y de pronto sonó la primera campanada y yo fui terriblemente consciente de que estaba en el filo de la medianoche. Así que corrí como si llevara alas en mis zapatos, corrí con el viento, con mi sangre joven latiendo descontrolada mientras volaba escaleras abajo y al hacerlo sentía como Christian me seguía, pero sin poder atraparme. En mi carrera perdí uno de mis preciosos zapatos pero en esa tesitura me daba igual, seguí corriendo como un espiritu libre hasta alcanzar el amparo de las sombras del bosque y la niebla que se formó como por arte de magia fue mi aliada. Completamente desnuda, esfumadas mis lindas ropas, desnuda como una buena sumisa, volví al refugio de la mansión que un día fue de mi padre. A la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa en el Reino que de la misteriosa desconocida que había encandilado al esquivo Principe Christian. Y de la decisión de este de hacer probar el zapato que la muchacha del baile perdió al huir de Palacio, a todas las muchachas casaderas del Reino, hasta encontrar a su dueña. Yo sonreía interiormente. Anémona y Críspula andaban muy preocupadas con eso, como si hubiera la menor posibilidad de que pudieran encajarse uno de mis zapatos. Al llegar el Emisario Real, por supuesto lo intentaron, pero sus toscos pies no encajaban en mi zapatito de cristal. Cuando estaba a punto de marchar el Emisario, el Sr. Arrogante le detuvo y dijo ante el asombro de la Viuda y sus hijas: Un momento, Señor, existe otra muchacha casadera en esta casa y me miró a mi perentoriamente, conminándome a obedecerle como había hecho siempre. Arropada por la fuerza de su mirada, vencí mi timidez y avancé hacia el Emisario del Principe y sentándome en el escabel tendí mi pie al paje. El zapato encajó a la perfección y un destello de luz azulada pareció cubrirme. De todo esto hace más de un año. Ahora soy la esposa del Principe Christian, la Primera dama del Reino, la Princesa cenicienta y como todo todos los honores son pocos para mi. Vivo en el Palacio Real, que parece que me esperaba como a su elegida. Tengo criados y la gente me respeta y envidian mi suerte. El Rey está contento porque su hijo tendrá un heredero, ya que estoy embarazada y pronto daré a luz. Todo el mundo es feliz en el Reino (excepto quizá la Viuda Chancellot y Anémona y Críspula). Sin embargo las cosas no han cambiado tanto en el fondo. El Sr. Arrogante vino conmigo a Palacio cuando me casé con el Principe Christian, en condición de mi hombre de confianza, mi escudero, mi mayordomo especial. En la intimidad él manda, por supuesto. Como siempre. Soy suya. Le pertenezco. Es mi Señor, Me azota cuando le place o cuando cree que mi comportamiento no es el adecuado, o simplemente porque lo desea en ese momento. Me usa a su antojo y nada tengo yo que decir a ello. Me humilla y le obedezco en todo y para todo, porque su placer es lo importante y complacerle el mio. Bueno, en realidad, hay una novedad y es que ahora somos dos para complacerle y servirle. Dos a los que puede usar a su antojo y que son absolutamente suyos. Yo y mi esposo, el Principe Christian. Que, por supuesto, es también sumiso. |
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| | #6 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| III EN LA SOMBRA DEL LOBO CAPITULO I - LA PECADORA Me miran de través cuando paso por su lado. Yo camino con la vista al frente, la mirada pérdida, como si no me diera cuenta de nada, pero no dejo de observar sus miradas maliciosas, sus cuchicheos al pasar, en ocasiones escucho su risa ofensiva. Me dejo llevar por mi mundo interior y sus imágenes me calman. El claro de la colina sembrada de margaritas, mis manos aferrando puñados de tierra húmeda, el olor del maíz madurando al sol, su cuerpo cabalgando encima del mío. Quisiera poder ver a mis hijos. Esta noche entraré en el bosque, quiero ir a buscarles. Me humillaré ante mi marido, suplicaré su perdón. Necesito ver a mis niños, no puedo estar por más tiempo alejada de ellos. Mi corazón está secándose al sol. Los lobos no pueden ser peores que las personas. Encerrada en mi casa miro con impaciencia como el sol se pone en el horizonte. Deseo que sea noche cerrada. Miro pesarosa la luna color naranja que se eleva. Demasiada luz para los ojos que me tienen en su punto de mira. Soy culpable, no lo niego. Soy una desagradecida que no tiene la mejor queja de su marido. Una perdida. Una puta. Pero era tan dulce su cuerpo sobre el mío…. Ni siquiera me duele ya su traición. |
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| | #7 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO II – EL BOSQUE Me deslizo en el bosque, con las primeras sombras, oculto mi rostro con la caperuza roja. Si la muerte está aquí, afrontaré el peligro, lo prefiero a seguir viviendo así. Percibo en el aire el aroma del bosque, espliego, romero, tomillo, menta. Todo está en calma pero flota un olor extraño, previo a una tormenta. Mis pies desnudos corren por senderos ocultos, intento buscar el camino mas recto hacia el poblado. En la espesura todo está en silencio. Recuerdo las historias sobre las fieras que nos acechan en lo mas profundo de la foresta y mi corazón late con fuerza. No estoy segura de estar siguiendo el camino correcto, esto ni siquiera se parece a un camino. Nunca me he adentrado tanto en el bosque. Nadie de este pueblo lo ha hecho, es el Bosque Maldito. Pero no hay otro sendero que yo pueda seguir y me lleve hasta ellos. Mi corazón esta enfermo de añoranza. Corro en alas del viento sin sentir el dolor de mis pies desgarrados. Las ramas más bajas me azotan. Escucho el susurro de otros pasos a mí alrededor, carreras, sonidos que no identifico y me acomete el pánico. Corro sin control ahora, como un animal perseguido. Cada vez más y más rápido, hasta que mi camisa queda enganchada en unas zarzas e intento liberarme. Las espinas se clavan en mi pecho, tatuado ahora con lágrimas de sangre. Grito y, en contestación, un aullido resuena en el corazón de las tinieblas. Luego otro más y otro, responden al primero. Siento que voy a morir esta noche. |
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| | #8 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO III – EN LA SOMBRA DEL LOBO Corría con el viento en pos del olor de la presa, sus hermanos corrían con él, embriagados con el olor a miedo que ella desprendía, siguiendo sin problemas el rastro claro que iba dejando. Sacudió su cabello con un movimiento salvaje y respondió con un aullido al grito de la presa atrapada. Sus hermanos corearon su aullido y su fuerza vital se elevó en la noche. En unos segundos estaba junto a ella, pequeña, aturdida, atrapada en unas zarzas a los pies de un roble, y lamía con deleite las gotas de sangre que adornaban su suave piel. La marcó con su olor, con su saliva. Con un movimiento brusco de su mano apartó a uno de sus hermanos que, más atrevido que el resto, le disputaba la presa. Era suya. Sus miradas se cruzaron y ganó el reto. Su hermano se apartó con un gruñido insatisfecho. Desnudándola, pero dejando en su cabeza el trapo rojo que llevaba, la puso a cuatro patas y orinó encima de ella. Luego le ciñó el cuello con una tosca cuerda, ató sus manos y la llevó a rastras a su guarida. |
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| | #9 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO IV - LA PRESA Despierto en una cabaña y me siento aturdida. No se si me he desmayado o he tenido una alucinación. Recuerdo el pánico y el bosque, la carrera y los lobos, pero no se como he llegado aquí. Estoy desnuda. Miro mis manos atadas con una cuerda de cáñamo, una cuerda que pende de mi cuello. La cuerda esta colgada, sujeta fuera de mi alcance, así que estoy prisionera, ¿de quién?... eso me gustaría saber. Mi pecho está cruzado por algunos arañazos bastante hondos, pero las heridas no parecen infectadas, es como si alguien se hubiera cuidado de limpiarlas, por absurdo que parezca. Un vago recuerdo inquietante cruza mi mente (gotas de sangre, gotas de sangre y una lengua rugosa) y lo aparto con premura. Estoy acurrucada en un jergón de paja y juncos, que huele a fresco y a mi lado tengo un cuenco con agua, pero no tengo otro modo de llegar a él que poniéndome a cuatro patas y lamer el agua. Tengo tanta sed que ni siquiera me planteo no hacerlo, bebo de ese modo de él, como una perrita. Nunca he ansiado tanto algo como esa agua. Me incorporo de pronto porque me he sentido observada, ese sexto sentido que tenemos todos y que nos hace saber cuando nos miran. Espió a mí alrededor y no veo a nadie, tan solo la cabaña, sencilla, austera, pero curiosamente limpia. Pero yo he sentido unos ojos, paseándose por mi anatomía, fijos en mí. Me acurruco de nuevo sobre el jergón, intentando buscar la postura más cómoda. Quiero dormir, necesito el sueño reparador que me libre de mi congoja. |
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| | #10 |
| Rol: sumiso Sexo: Mujer Localización: Girona Fecha de Ingreso: Nov 2005
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| CAPITULO V - EL LOBO La miraba con deleite desde el otro lado del panel. Sus ojos espiaban su indefensión y ese aire de gacela atrapada, se recreaban en él. Observó con agrado que ella hacía uso del cuenco que le había dejado y bebía como la perrita que era, a cuatro patas. Pronto entraría y le haría entender su nueva situación. Era suya. |
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