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hazlo sano... hazlo seguro... hazlo consensuado |
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| Rol: Dominante Sexo: Hombre Fecha de Ingreso: Jun 2006
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Ella comprobó, por última vez, la temperatura del agua. Cerró un poco el grifo del agua fría y vertió las sales en la bañera. Mientras esta se llenaba, fue a su habitación y dispuso la ropa sobre la cama. Se sonrió, pensando que jamás había tardado tan poco tiempo en decidir qué ropa ponerse. Él ya había elegido. Cada prenda y cada complemento. Repasó la lista, aún cuando la sabía de memoria, de tanto que la había leído en los últimos dos días. Se ensimismó en aquella caligrafía, de trazos claros y valientes, en la perfecta rectitud de cada línea. Y en aquellas dos iniciales doradas en la parte superior del papel: las iniciales del hombre que amaba hasta el límite de la locura y del desgarro, del hombre que deseaba más allá del propio horizonte del deseo. Dejó el papel sobre la cómoda y se desnudó. Se apresuró en ir al cuarto de baño, temiendo encontrar la bañera desbordada. Con alivio, comprobó que el nivel del agua y su temperatura eran perfectos. Cerró ambos grifos y, antes de meterse en la bañera, colocó en el pequeño aparato de música un CD de la Sinfonía Nº. 40 de Mozart y apagó la luz. El agua caliente y la espuma envolvieron su cuerpo. Cerró los ojos, dejando embriagar su mente por el aroma de las sales y el embrujo indefinible de los violines. Pensó en él, recreando en su pensamiento las últimas caricias de sus manos y el susurro de su voz que repetía su mente como un eco incesante mientras dibujaba los ojos marrones de su amado, profundos y enigmáticos. Sintió un escalofrío que le hizo estremecer, removiendo levemente el agua sobre su cuerpo, apenas una suave ola que murió en la orilla de su vientre y de sus pechos. La quietud del segundo movimiento sinfónico acompañó sus manos que acariciaron su sexo, despertándolo al placer. Sus dedos expertos circundaron el clítoris y lo presionaron con extrema suavidad, deslizándose por su cuerpo, agarrando su piel, aumentando lentamente las caricias que se hicieron intensas y poderosas, hasta llevarla al borde del orgasmo. Sin detenerse, frotó su vulva con la palma de la otra mano, jugueteó con sus labios, abriéndolos y cerrándolos, sintiendo la tibieza del agua en su sexo lubricado, hasta introducir sus dedos que comenzaron su frenesí de movimiento, atrapados por los músculos contraídos de las paredes vaginales. El “allegretto” del tercer movimiento sinfónico marcó el ritmo de la penetración y de los gemidos placenteros de ella, que tensó el cuerpo en el momento final, sacudida por una descarga electrizante que recorrió su espalda y que le hizo gritar sin complejos. Relajada, aguardó el final de la sinfonía para acabar el baño. Sin secarse, relió la toalla por debajo de sus axilas y fue a la habitación. Se sentó en el borde de la cama y miró la hora en el despertador. Las siete. Hora y media más tarde estaría de nuevo con él... Moonbrands |
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