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Antiguo 06/09/2007, 19:36   #1
 
Rol: Dominante
Sexo: Hombre
Fecha de Ingreso: Jun 2006
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Predeterminado Princesa cabalgada

Mi lengua y mis dedos consiguieron ensanchar el estrecho agujero, dispuesto ya para la última embestida de mi verga. Te lo anuncié entre gemidos entrecortados de placer, aplastando mi cuerpo contra el tuyo, hundiéndote la verga en tu coño ardiente y mojado... Te hablaba al oído, apenas un susurro que sonaba más a orden que a deseo. Esperé a que culminaras el orgasmo comenzado, sin dejar de penetrarte, ralentizando el ritmo con que clavaba mi sexo en tu interior, dejándote gozar y reservando mi propio goce para el momento que volví a anunciarte, esta vez de forma imperativa.

Dueño de ti, de tu cuerpo y de tus propios deseos, desclavé mi verga de tu coño y la pudiste ver por un instante, recia, vigorosa, chorreante, henchidas las venas de sangre caliente. Mis brazos se enredaron en tu cintura y, sin dificultad, te elevaron para darte la vuelta sobre la cama. Dispuse tu cuerpo a mi antojo, las rodillas y las manos clavadas en las sábanas, las piernas abiertas, para tomar posesión de tus nalgas con mis manos y mi boca. Mis manos apretaban tu carne, separando la redondez de tus nalgas para dejar al descubierto el pequeño agujero aún cerrado, siempre virgen, siempre dispuesto a ser desflorado por vez primera.

Mi lengua y mis dedos consiguieron ensancharlo, inundándolo de saliva, de tus propios flujos aún vertidos por tu sexo. Con los ojos cerrados, te concentrabas en sentir plenamente la punta de mi lengua que frenéticamente dibujaba caricias y conseguía entrar, como una viscosa serpiente de fuego, en el interior de tus entrañas agitadas. Mis dedos mojados dilataban la carne desplegada y también entraban y salían, abriendo cada vez más la estrecha entrada, preparándola y entrenándola para su conquista definitiva.

Ya no hacían falta palabras. Te lo recordaba cada vez que acercaba mi sexo y lo apretaba contra tus nalgas. Lo sentías duro mientras recorría el estrecho camino que empezaba en tu coño y acababa en tu espalda. Juntas las nalgas por tus manos, atrapaban la verga caliente que subía y bajaba lentamente, deteniéndose cada vez que el glande llegaba al pequeño agujero, definitivamente abierto por mi lengua y por mis dedos, dispuesto ya para la última embestida de mi sexo.

Con parsimoniosa lentitud, mi verga fue entrando en la hondura de tu culo, como un ariete capaz de derribar el muro cerrado de la carne que cedía fácilmente a mi empuje viril y delicado. Sentiste mi sexo endurecido abriéndose camino, dilatando el espacio, llenándolo todo. Sentí tu carne como labios ajustados exactamente al grosor de mi verga, ajustados a cada pliegue, a cada vena, como una ventosa adherida y dispuesta a extraer todos sus jugos. Mi verga que entraba y salía lentamente, sin abandonar jamás la gruta conquistada, avanzando un poco más en cada nueva embestida, dura, durísima en tu interior, removiendo tus entrañas, chupada por los húmedos labios de tu carne ajustada a su contorno.

Te supe entregada y dominada, cuando clavé mi sexo en lo más hondo de ti, completo, rotundo, para que pudieras sentir cada centímetro de carne dentro de ti, el calor de mis testículos en los labios de tu sexo, el vigoroso empuje que crecía en potencia y rapidez, mi verga entrando y saliendo, como una barrena taladrando tus sentidos, atravesándote, desgarrándote, penetrándote, convirtiéndote en la hembra sudorosa y jadeante que deseabas ser.

Te empujé con fuerza, desplomando mi cuerpo sobre tu espalda, buscando con mis manos detener el vaivén de tus pechos agitados, de tu cabeza enloquecida que movías frenéticamente en cada nueva oleada de placer sacudiendo tu cuerpo. Agarré tu pelo con mis dos manos, jalando con firmeza de ellos para obligarte a mantener la cabeza levantada, para oír los profundos gemidos de tu boca abierta, para cabalgarte sujeto a las riendas de tus cabellos enredados en mis dedos, para hacerte sentir mi yegua domada, a punto de desbocarse por el placer indomable.

Te solté, sin embargo, para hincar mis dedos en tus caderas, para brindarte caricias en el vientre, para buscar con mis manos la hendidura de tu coño, sin dejar de penetrarte, de clavar y desclavar mi verga que parecía crecer en cada acometida, haciéndote temblar. Te temblaban los brazos y las manos que resbalaron sobre las sábanas, desplomando tu cuerpo definitivamente vencido, sostenido y elevado aún por tus rodillas en el último ofrecimiento absoluto de tus nalgas a mí, como una esclava entregada a la adoración del dios que la poseía, clavándole su sexo en las entrañas.

Princesa esclava en tu trono de sábanas arrugadas, agarradas por tus manos apretadas para aguantar el empuje casi violento de mi verga, los espasmos del placer atravesados en tu garganta, en tus pechos aprisionados contra la cama, en la curva interminable de tu espalda. Tú eras la princesa penetrada, la hembra sometida, la yegua cabalgada y domada por su jinete, desbocada por un orgasmo que recorrió tu cuerpo como una descarga electrizante cuando apreté el mío contra tus nalgas y mi sexo detenido vertió su jugo caliente, inundando tu interior de mi placer de hombre.

Mi esperma caliente que al desclavar mi verga de la hollada gruta escondida entre tus nalgas, se derramó por tus muslos y por el corto sendero que termina en los labios de tu sexo...

Moonbrands
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