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| Rol: sumiso Sexo: Mujer Fecha de Ingreso: May 2006
Mensajes: 83
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Habían pasado cinco días desde nuestro último encuentro. Me sentía nerviosa y excitada pensando en la próxima vez que me encontraría ante Ti, aunque esta vez no sabia cuando podría llegar a producirse ese encuentro. En mi mente se agolpaban las imágenes de aquella última noche y mi cuerpo reaccionaba instintivamente poniéndome cada vez mas caliente. Sentía como mi coño se empapaba y mi deseo iba creciendo y ese deseo de volver a verte, junto con tu silencio, se estaba convirtiendo en el peor de los tormentos. En estos últimos días el teléfono había estado mudo. Ni una llamada, ni un correo. Sabía que aquel último día te habías enfadado, era consciente de tu mirada al despedirnos y tus palabras se me clavaban como cuchillos en mi pecho mientras en mis oídos, parecían repetirse una y otra vez. Lo que mas me había dolido no eran las frases que habías pronunciado, sino la forma que tuviste de decirlo, tan calmado, como si no consideraras siquiera que merecía el reconociendo de tu enojo. - Me has defraudado, perra. Esperaba mucho más de ti. Cuantas lagrimas derrame aquel día mientras volvía en el coche a casa. Hubo momentos en los que no era capaz de ver la carretera. Solo podía ver Tu imagen ante mí, repitiendo esas palabras y Tu gesto de desprecio al marcharte aquella noche. Subí la escalera llorando, maldiciéndome internamente por no haber confiado en Ti. Había sido un día normal, como tantos otros dentro de mi rutina laboral. Pero aquella noche si iba a ser distinta. Mi Amo me esperaba. Me habías dicho que tenias una sorpresa para mi y eso me hacia sentir ilusionada durante cada minuto del día. Me habías pedido que me vistiera de una forma especial, y aunque en un principio me había costado bastante encontrar lo que querías, por fin lo había conseguido. Eran casi las nueve de la noche cuando llegue a casa. Habíamos quedado a las diez y lo cierto es que disponía de muy poco tiempo si quería llegar a la hora acordada. Pero aun así, me di una ducha rápida y me asegure de estar dispuesta como a ti te gustaba. Deje mi pelo suelto cayendo como una cascada por encima de mis hombros, se lo mucho que te gusta jugar con el cuando quieres que mis ojos se levanten hacia tu cara. Me asegure de estar totalmente rasurada para Ti, se que no te gusta encontrar pequeños pelitos cuando compruebas el estado del coño de tu esclava. Una vez segura de que no te daría ningún motivo para que te enojases por no saber obedecerte, empecé a vestirme para Ti. Me coloque el liguero que aquella misma tarde había comprado, el cual complemente con unas medias en forma de rejilla. Después empecé a ponerme el corsé. Era un precioso corsé negro con unas cintas atadas en forma de cruz que iban desde el pecho hasta la cintura. Los pechos estaban remarcados en piel con unas varillas que hacían que mis tetas se proyectaran y se vieran mucho más grandes de lo que son. Complete mi atuendo con una falda negra que aunque no era minifalda, si terminaba solo un poco mas arriba de las rodillas. Y para finalizar me puse los zapatos que Tu me habías regalado. Cada vez que los veo con ese tacón de aguja y observo la forma tan estilizada que dan a mis piernas, no puedo evitar sentirme la mayor de las putas para Ti. Antes de salir de casa cogí una torerita negra por si la noche refrescaba. ¿Recuerdas Amo como estaba aquella noche al aparecer ante Ti? El principio de la velada fue maravilloso y se completo sin incidentes. Pese a mi miedo por si tenia que hacerte esperar y eso te hacia enojar, lo cierto es que llegue bastante puntual a nuestra cita. Mientras nos dirigíamos al restaurante para la cena, tus manos no se apartaban de mi cuerpo. Tocabas mis pechos por encima del corsé, haciendo que mis pezones se pusieran cada vez más duros. De vez en cuando, tu mano bajaba distraídamente hacia mi coño acariciándolo y haciendo que mi deseo se intensificara. Cuando tus labios rozaban los míos mientras tenias el coche parado en un semáforo, un suspiro de deseo incontrolado se escapa de mi garganta. Cada vez tenía mas ganas de Ti, de tocarte, de sentirte, de ser tuya de nuevo. Cada poro de mi piel gritaba de deseo y de ansia esperando una caricia mas prolongada, un mayor contacto de tu cuerpo, tus manos o tus labios y Tu que me observabas disimuladamente, te dabas cuenta de esos pensamientos y una sonrisa se habría paso entre tus labios. La cena transcurrió de modo normal. Cualquiera que se hubiera fijado en detalle en nosotros, solo hubiera visto una pareja normal de amigos que están disfrutando de una cena amena y entretenida. Pero lo que nadie, exceptuando nosotros mismos podía advertir, era el deseo en nuestro ojos y el leve estremecimiento que se producía cada vez que nuestras manos se rozaban por encima del mantel. Yo estaba nerviosa, impaciente, deseando saber cual era la sorpresa que me habías anunciado. Pero Tú, como siempre, te mantenías impertérrito y no conseguí averiguar nada. Cuando el camarero trajo los postres deslizaste debajo de la servilleta una pequeña caja. Me lo pasaste y me dijiste: - Ve al lavabo y póntelo. No se me ocurrió replicarte. No me pare a pensar que era lo que llevaba la caja. Como una autómata me vi cogiendo el paquete, levantándome de la mesa y dirigiéndome al servicio. Cuando la chica que había lavándose las manos salio, y estando ya sola lo abrí. No me podía creer lo que mis ojos veían. Dentro de la caja había un precioso collar en cuero y oro. La emoción me embargo. Me sentía como una niña a la que le entregan el regalo más precioso. Sabía perfectamente lo que significaba ese obsequio. Por fin me habías aceptado como tu esclava. Ya no era solamente una aprendiza o una prueba. A partir de ese momento Tú ibas a ser mi único Dueño y la felicidad que sentí en esos segundos creo que es muy difícil de explicar. Salí del servicio con el collar puesto. Te sonreíste al verme acercarme y poniéndote en pie me besaste apasionadamente. La gente del restaurante nos miro unos segundos, pero creo que a ninguno de los dos nos importo en ese momento. En ese minuto solo nosotros existíamos y nuestro universo se reducía a nuestros cuerpos abrazados y nuestras bocas unidas con nuestras lenguas jugueteando. Terminado el café salimos a la calle. Hacia un poco de frió, se notaba que el invierno empezaba a asomar, sobre todo durante las horas de la noche. Al subir al coche sacaste de la guantera un precioso pañuelo de seda negra y con el me vendaste los ojos. Por unos segundos al no ver nada me asuste. Pero al notar mi estremecimiento tu voz sonó calida y reconfortante: -Tranquila perrita. Confía en mí. Te va a gustar la sorpresa. La noche no ha hecho más que empezar. No sabría decir los minutos que duro el trayecto. De vez en cuando tus manos acariciaban mis pechos, mi cuello, mi cara o mi coño, y yo, volvía a estar cada vez mas excitada. Notaba como me iba humedeciendo por momentos y como mis flujos empezaban a bajar por mis muslos. Eso siempre te ha gustado Amo, el que tu esclava este siempre caliente por Ti, es una de las cosas que mas disfrutas. ¿Verdad Amo? El coche se paro. Me ayudaste a bajar y me agarraste fuerte de la cintura para ayudarme a caminar los metros que nos separaban de nuestro destino. Pude escuchar el sonido de un timbre y una puerta al abrirse. Después note como me cojías del brazo y me ayudabas a entrar. No sabia exactamente donde me encontraba, pero pude distinguir algunas voces hablando entre si. Caminamos muy poco como por una especie de pasillo y después me indicaste que habia una pequeña escalera. De nuevo me ayudaste a subirla. Yo me sentia tremendamente protegida entre tus brazos y una parte de mi, no deseaba que me soltaras jamas. Cuando me quitaste la venda me encontraba en el centro de una habitación. No era muy grande, pero jamas pense que pudiera haber una mazmorra mejor equipada. Toda la habitación estaba recubierta de una decoración imitando a la piedra lo que le daba un aspecto impresionante. Del techo colgaban un monton de cadenas de distintos tamaños sujetas a diversos tipos de cabestrantes. Habia una cruz de San Andres en el lado izquierdo. También en el lado izquierdo pero un poco más alejado de la entrada había un sillón de alto respaldo con unas correas que salían de la zona de brazos y piernas. En el centro de la habitación se veía un potro de no más de un metro de alto. En el lado derecho, al fondo, había una especie de jaula echa a base de correas. También al fondo, pero en el centro, se veía una rueda con un montón de correas que salían en todas direcciones. Recuerdo que pensé, -¡y eso tan raro, ¿para que servirá?!- bueno, no tardaría mucho rato en saberlo, ¿Verdad, Amo?......jajajaaaaa Tu mirada era divertida mientras me veías observar la habitación. Te hacia gracia el que fuera señalando los distintos aparatos que había y te mirara con aire interrogativo, preguntándote solo con la mirada ¿los vamos a usar?. Sabias perfectamente como me sentía en ese momento, Tú siempre has tenido la habilidad de poder ver en lo más profundo de mi mente. Entonces la puerta se cerró dejándonos a los dos solos en la habitación. - Desnúdate puta. Tu Amo desea ver bien el cuerpo de su zorra. Me quite el corsé y la falda. Me había dejado puestos el liguero, las medias y los zapatos. Te mire para ver si tu deseo era que me los quitara también, pero una indicación de tu cabeza me dio a entender que preferías que me los dejara puestos. |
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