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Antiguo 15/02/2008, 14:15   #1
 
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SANTA LUÍSA



En el ambiente se notaba ya el calor sofocante del caribe, lo que indicaba que ya faltaba poco para llegar a puerto, algo que no sucedía desde que zarpamos de las canarias. Ni siquiera en cubierta corría una ligera brisa que ayudara a paliar en parte el calor.

- Don Juan, me ha indicado el capitán que a media mañana haremos una breve escala de 2 horas en St. Thomas, para continuar viaje directo hacia San Juan. Esperamos vuestra compañía en la cena.

- Por su puesto, como me podría negar a ello, siendo la última que pasemos a bordo Don Alfredo.

Henos aquí en St. Thomas, un puerto de ultramar como otro cualquiera del caribe (me comentaba Don Alfredo), solo que en este hondea la bandera danesa en lugar de la española, por lo que carecemos del permiso para pisar tierra, tratándose de una simple parada de carga y descarga. Aunque a mis 28 años, y sin haber realizado nunca un viaje tan largo en barco, me pareciera algo maravilloso, (deseando pisar tierra como le paso a colon al llegar al nuevo mundo).

- Pues bien Don Alfredo en vista que no podré pisar tierra, me retirare a mi camarote a descansar, nos veremos en la cena.

Parece que mi última noche en alta mar va a ser menos calurosa de lo que presagiaba el día. En fin, en cubierta cenaremos hoy a gusto. Tengo la impresión que soy el último en sentarme a la mesa, Don Alfredo me está reclamando, quien es el caballero que lo acompaña...

- Don Juan siéntese aquí a mi lado, por cierto les presento, Don Juan de Orellana, Don Ricardo Zorrilla. D. Ricardo ha sido unas de las causas, de que hallamos hecho escala en St. Thomas.
- No pertenecerá usted, a los Orellana de la Nacional de Comercio.
- Pues sí, la empresa pertenece a mi familia.
- Y cual es el motivo de su viaje, placer o negocios? si no es indiscreción por mi parte.
- Pues negocios, vengo a hacerme cargo de la Concesionaria de la Nacional en San Juan, así como otros bienes familiares en la isla.
- Así que Don Alfredo a decidido venderle el negocio.

Alfredo intervino.

- Ya ve D. Ricardo, regreso a España y la Nacional me ofreció una buena oferta que no pude rechazar.
- Una verdadera lástima que nos vaya a abandonar D. Alfredo y no se quede en la isla. Puerto Rico necesita de empresarios que lo hagan fuerte.
- Puede ser, pero a todo hombre nos gustaría terminar nuestros días en la tierra que nos vio nacer. De todos modos la empresa no desaparece, queda D. Juan al frente, tan solo dejamos de ser una concesión.

- Por cierto D. Juan, en Puerto Rico se sintió la perdida de su tío, estaba considerado como un buen puertorriqueño, y su hacienda una de las más productivas de la isla. Lástima que al fallecer quedara en abandono. En esta isla hacen falta grandes hacendados como el, que sientan verdaderamente la tierra como suya, y que no se lleven sus riquezas obtenidas a España.
- Por lo que veo lo conocíais, y a Santa Lucía también imagino.
- Estoy convencido que habrá pocas personas a las que D. Ricardo no conozca en esta zona...(interfirió D. Alfredo)
- Dado que me dedico al comercio entre las islas del caribe, debo conocer bastante gente, es poca la que no ha tenido trato de negocios conmigo. A su tío lo conocía de algunas reuniones en la casa de España de San Juan, y tuve el honor por razones comerciales, de estar en Santa Lucía en un par de ocasiones. Ciertamente una hacienda que hacía honor a la buena fama que tenía.

En ese momento apareció un marinero con una bandeja de exótica fruta fresca.

- Ah, una papaya, y unos mangos, esta fruta si que la echaré de menos en España, de hecho ya la estaba echando de menos, y es que durante el viaje no se pueden permitir estos caprichos (dijo D. Alfredo)
- Pruébela D. Juan es muy fresca, la he subido yo a bordo esta tarde al embarcar en St Thomas. Seguro que no ha comido nada igual en España.
- Tiene tan buen sabor, como atrayente es su color... caballeros por mi parte se hace un poco tarde, me retiro a descansar. Continúen ustedes la velada sin mi, buenas noches.


Por fin habíamos llegado al final del viaje en barco, uno llega a sentirse algo cansado de no pisar tierra y ver tanto mar.

- Observad D. Juan esta fortaleza que se ve justo ahí en frente, es la de San Cristóbal.
- Y aquella de allí delante D. Alfredo?.
- Esa es la fortaleza del morro, que defiende la entrada a la bahía de San Juan, gracias a ella tenemos la ciudad tan prospera y segura que tenemos. Y justo detrás se encuentra el muelle donde atracaremos, sin olvidar que en dicha fortaleza es donde vive el gobernador de Puerto rico.

Ciertamente se veía preciosa la bahía con San Juan a un lado.

- Caballeros.
- Buenas D. Ricardo, preparado ya para desembarcar (preguntó D. Alfredo cortésmente)
- Pues si, tan solo venía a despedirme, aunque espero que no faltarán a la reunión del jueves próximo en la casa de España. Seguro que tendrán noticias frescas que contarnos de cómo va la vida por allí en la peninsula.
- Puede que asistamos, así aprovechare para presentarle a D. Juan la vida social de la isla.
- Pues entonces me despido hasta dentro de 3 días.
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Antiguo 15/02/2008, 14:23   #2
 
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mis ilusiones seguían intactas. Se observaba que había un trajín de gente continuo en el muelle, principalmente por la llegada del barco procedente de España.

- Don Juan, seguidme nos esperan en esa dirección.
- Buenas Don Alfredo, como les ha ido el viaje.
- Como todos los viajes de este tipo algo largos, y por aquí Joao, Algún problema?.
- Nada especial D. Alfredo, los de siempre.
- D. Juan le presento a Joao mi gerente de la concesionaria, bueno su gerente espero.
- Encantado de conocerlo, si son ciertos los informes que D. Alfredo me ha dado de usted, estaré encantado de que siga en la empresa.
- No le quepa la menor duda D. Juan, Joao es un irremplazable contable y conoce la concesionaria casi tanto como yo (interfirió D. Alfredo).
- Se agradecen sus alabos D. Alfredo, pero imagino que estarán algo cansados y desearan llegar a casa, acompáñenme al carruaje, ya he mandado que se encarguen de sus equipajes.
- Pues no hay mas que hablar dijo D. Juan.

Nos dirigíamos por calles estrechas adoquinadas llenas de casas de dos plantas a lo sumo, de variados colores (algo que todavía recuerdo me causo impresión), llenas de balcones y en las que muchas (sobre todo las de la clases no muy pudientes) usaban la planta baja de negocios y la vivienda en la parte superior como me indicaba D. Alfredo.

- D. Alfredo los criados están avisados de su llegada y tienen todo preparado.
- Como siempre muy buen trabajo Joao. D. Juan ya hemos llegado esta es mi... bueno su casa.
- D. Alfredo siéntala como si todavía fuera suya, durante los 10 días en los que me hará compañía. Antes de su partida definitiva para España.

Era una preciosa casa verde y blanca con un gran balcón central, flanqueado por dos más pequeños a cada lado. Y en la parte inferior dos grandes ventanales a ambos lados de un gran portón, del que aparecieron una pareja de criados de una edad algo avanzada.

- D. Juan estos son Ceferino y Moha son los esclavos que se encargan de llevar las tareas de la casa, pasemos a dentro, supongo que estaréis como yo deseando descansar del largo viaje.
- Perfecto D. Alfredo.

En ese momento Joao interrumpió:

- Si no necesitan nada mas de mi, con su permiso me retiro, debo pasarme por la Concesionaria a revisar unos papeles, para mañana.
- Por mi parte no necesito nada mas que descansar, contesto D. Juan. Por cierto mañana a primera hora quiero pasarme por la Concesionaria para ver su funcionamiento, e ir comenzando con mi labor aquí cuanto antes. Sobre todo aprovechando los escasos días que D. Alfredo permanecerá por con nosotros.
- Totalmente de acuerdo, queda dicho Joao mañana D. Juan y Pasaremos por la concesionaria.

mantequilla o pan francés, se dirigieron a la Concesionaria sobre dos cabalgaduras en lugar de ir en el carruaje.

Llegaron a la Concesionaria, que se encontraba en una de las calles aledañas al puerto. Era una construcción blanca y amarilla de dos plantas con un gran balcón que recorría toda la fachada con unas 7 puertas que daban al balcón.

La Concesionaria se dedicaba ha hacer de intermediario entre la empresas de la península que vendían y fabricaban café, Caña de azúcar, mas que nada, y los hacendados. Encargándose de organizar el transporte hacia España. Donde la Nacional de comercio se hacia cargo de su distribución y comercialización dentro del territorio peninsular, así como de hacer lo mismo con demás mercancías procedentes de las otras colonias de ultramar.

Había en ese momento un trajín de gente de color portando fardos hacia un enorme almacén adyacente que pertenecía a la Concesionaria...

- Bueno D. Juan esta es la Concesionaria, esos esclavos que ve usted están descargando café hacia nuestro almacén, pertenecen a la Abellaneda, una hacienda de las que les compramos el café. Que dentro de 10 días ira hacia a España, en el mismo barco que nos ha traído.
- Muy bien pasemos a las oficinas si le parece D. Alfredo, a buscar a Joao.

Entraron dentro y en la planta baja encontraron a Joao sentado en una mesa de escritorio en una habitación contigua rodeado de papeles. Este al verlo se levanto dirigiéndose hacia ellos.

- Buenos días caballeros, espero que hallan pasado buena noche.
- Pues si D. Juan parece que se esta habituando al clima de la isla con increible rapidez respondió D. Alfredo.
- Me alegro, como habrá podido observar están descargando la mercancía de la Abellaneda, con esta ya tendremos el barco completo, tan solo faltan los envíos particulares para rellenar pequeños huecos libres D. Juan.
- Estupendo como siempre, dijo D. Alfredo.
- Bien, ya que parece que Joao tiene todo bajo control, si le parece D. Alfredo dejémosle trabajar mientras usted se digna a enseñarme las instalaciones de la empresa, no le parece.
- Como usted guste, D. Juan.
- Una cosa Joao y le dejo continuar con su tarea, quisiera que me hiciera llegar después de comer los libros de cuentas a mi casa, para echarles un vistazo y ponerme al día.
- Como ordene D. Juan no se preocupe que se los haré llegar personalmente.

Una vez dicho esto salieron ambos a dar una vuelta para inspeccionar las instalaciones.

- Pues bien D. Juan esa que ha visto usted es la oficina de Joao, aquí enfrente tiene el que era mi despacho, y en la planta alta tenemos las habitaciones donde se guardan los archivos, y las otras tres habitaciones son la casa donde vive Joao.
- Ciertamente no son necesarias mas oficinas, para desempeñar nuestra labor D. Alfredo.
- Estoy totalmente de acuerdo, tenga usted en cuenta que en esta zona solo trabajan Joao y 2 ayudantes.
- Comprendo y como usted sabrá de sobra los negocios hoy en día, se realizan en otros lugares D. Alfredo.
- Que me va a decir a mí, aunque nosotros al tener casi el monopolio del comercio con España, y muchos años de reconocimientos en los años que le dedique a la Concesionaria, tan solo se trata de mantener clientes. Si le parece vamos a visitar el almacén.
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Antiguo 15/02/2008, 14:29   #3
 
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Salieron de las oficinas y se dirigieron hacia los dos grandes almacenes contiguos...

- D. Juan estos son los almacenes, en donde se guarda el café y el azúcar en espera de embarcarlos hacia la península. Aquí tenemos normalmente 10 trabajadores encargados de vigilar que no se dañe la mercancía.
- Por la noche también tendremos a alguien no.
- Claro se suelen quedar 2 guardianes por la noche.


En ese momento se escucho un tumultuoso jaleo, que provenía de la nave de al lado. Al acercase observaron como dos muchachos de color se peleaban tendidos sobre el suelo, mientras a su lado había un fardo roto con granos de café esparcidos por el suelo.

- Alto grito D. Juan.
- Separarlos dijo D. Alfredo a dos de sus empleados.

En ese momento se oyó una voz por detrás de ellos.

- Que demonios ha pasado aquí, estúpidos negros. Ahora si que la habéis liado gorda.

Era un hombre rudo con un sombrero de cuero, que calzaba unas altas botas camperas, unas muñequeras de cuero en ambas manos, y llevaba un látigo enrollado al cinto.

- Quien es usted, y a que vienen esas voces, replico D. Juan interponiéndose en su camino.
- Es el capataz de la hacienda Abellaneda, y si observáis D. Juan ambos son esclavos de Abellaneda, veis las marcas. Interfirió D. Alfredo.
- Pues si y como esclavos que están a mi cargo exijo que se me permita ejercer el derecho que tengo a castigarlos.
- Estáis en vuestro derecho y si vos os regís a lo que dicta la ley estrictamente, no seré yo quien os lo impida.
- Un momento Dijo D. Juan, pienso que antes de decidir el castigo debierais escuchad sus versiones de los hechos no.
- Pues si queréis saber su versión de los hechos os la puedo, dar yo mismo, seguro que imploraran clemencia escudándose en que fue un accidente, que es lo único que saben decir estos negros. Y el caso es que el fardo de café se ha perdido, y luego el que debe rendir cuentas de el ante el señor soy yo.
- Verás D. Juan es nuevo por estas tierras y le falta familiarizarse con las leyes de Puerto Rico sobre todo en materia de esclavos, permitidle que les pregunte y luego decidid vos lo que hacer como es vuestro derecho, interfirió D. Alfredo.
- Si permitís ese favor, haremos como si el fardo ya nos lo hubierais entregado y os lo pagaré igualmente contesto D. Juan.
- Siendo así preguntad.

Entonces D. Juan se giro y pudo observar detenidamente a los dos esclavos, uno apenas debía tener 18 años y temblaba de miedo, mientras el otro mucho mas mayor y corpulento, mantenía un gesto impertérrito y mirada perdida en el infinito. Pasados unos segundos comenzó con el interrogatorio...

- Haber quien de los dos quiere empezar a contar lo que ha motivado la pelea y que el fardo se rompiera.

En principio ninguno de los dos dijo nada hasta que el tembloroso muchacho joven dio un paso adelante, mientras hablaba rápida y nerviosamente...

- Señor yo no tengo la culpa de nada, el iba caminando delante mía, debió enganchar el fardo en algún lado y empezó a derramar café al suelo, yo lo pise y caí sobre él terminando ambos en suelo, y entonces empezó a golpearme.
- Vale y tu no tienes nada que decir sobre el tema, dijo D. Juan mirando al esclavo maduro y corpulento.

Este seguía sin inmutarse, y mudo. A lo que el capataz intervino...

- Ya esta bien de tonterías, además este insolente esclavo se niega ha abrir la boca tan siquiera, ya hemos cumplido lo pactado. Ya tengo decidido lo que voy a hacer con ellos, ambos recibirán diez latigazos, como escarmiento por destrozar bienes ajenos, los demás miraran como ejemplo.
- Bueno siendo así no hay mas que hablar, que se cumpla la ley dijo D. Alfredo.
- Bien traerme esa soga de cáñamo.

Y uno de los hombres que lo acompañaban portando pistolas en el cinto se dirigió hacia una columna de madera del almacén que había justo enfrente y engancho la soga en ella dejando un lazo en cada extremo. Entonces el capataz hablo...

- Coger a este esclavo, (señalando al mas corpulento y de mayor edad) y quitarle la camisa no quiero, que por culpa de tenerla rota valla a enfermar, que le tiene que durar mucho.

Dos de los acompañantes se dirigieron a cogerlo, pero el esclavo sin variar un ápice el gesto se quito la camisa y se dirigió con paso firme hacia la viga, sin ayuda de nadie. Extendiendo los brazos hacia arriba, para que fueran amarrados con la soga de cáñamo.

D. Juan pudo observar con estupor (ya que no estaba acostumbrado a ello) que tenía la espalda llena de marcas que la cruzaban, mientras el capataz desenrollaba el látigo y lo hacia restallar en el aire midiendo la distancia.

Hasta que de repente y casi por sorpresa golpeo la espalda del esclavo que apenas se inmuto, pese a la marca colorada que le dejo en la espalda. Mientras uno de los acompañantes iniciaba la cuenta UNO... DOS... TRES...

D. Juan lo que más le inquietaba era que pese a que llevara ya sobre su espalda la mitad de los latigazos que le empezaban a dejar marcas bastante mas rojas y algo sangrantes. Ni gritaba, ni se le apreciaban claros gestos de sufrir dolor a cada latigazo, mientras que el sufría tan solo de oír el chasquido del látigo.

Esta curiosidad hizo que D. Juan se desplazara hacia el lado para verle el gesto de la cara y observo que apretaba la boca, sin enseñar siquiera los dientes, poniendo un gesto de rabia mas que de dolor, como queriendo comerse al mundo, manteniendo esa mirada fija en su horizonte.

Así transcurrieron los diez latigazos pertinentes, que le dejaron la espalda enrojecida y con algunas marcas ensangrentadas, dando por finalizado su castigo, al echarle sobre la espalda dos cubos de agua, para limpiarle en parte las heridas.

Lo desataron y el sin inmutarse se dirigió hacia donde tenia la camisa y tras cogerla permaneció en pie con ella en la mano. Sin cambiar el gesto.

Acto seguido el Capataz dijo...

- Traerme al otro negro, cuanto antes terminemos con esto antes se volverá al trabajo, y terminaremos de una vez.
- NOOO. PIEDAD POR FAVOR, NO HE TENIDO LA CULPA. FUE UN ACCIDENTE. Gritaba el esclavo.

El pobre muchacho tuvo que ser llevado por dos de los ayudantes del capataz, que levantándolo por las axilas lo arrastraron hasta la columna, despojándole de la camisa y sujetándole a la viga con la soga de cáñamo. Sus gritos de suplica cesaron en el mismo momento que oyó restallar el látigo en aire, al tiempo que le aparecía un tembliqueo y exceso de sudoración corporal incontrolable.

D. Juan observo que en este caso no tenia ninguna marca en la espalda, que con el sudor le brillaba como si estuviera menos curtida que la del otro esclavo.

Y tras unos cortos pero interminables segundos de batir el látigo al aire ZASS... llego el primer latigazo. Pero el terrible sonido del látigo al golpear, quedo de inmediato enmudecido por el terrible grito del muchacho, al cual se le doblaron las piernas aunque sin llegar a posar las rodillas ya que se lo impedía la soga de cáñamo. Y en la muy oscura piel de su espalda resalto enormemente una raya roja, mientras alguien en voz alta pronuncio UNO...

Incluso parecía que la tardanza del propio capataz en dar el siguiente, predijera una interrupción piadosa. Pero en el justo momento en que el pobre muchacho apoyo la planta de los pies en suelo de nuevo ZASS.. y el muchacho soltó un alarido seguido de unos sollozos, volviendo a quedar de nuevo suspendido por las muñecas para no volver
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Antiguo 15/02/2008, 14:33   #4
 
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a incorporarse durante todo el castigo. Escuchándose de nuevo una voz que decía DOS....

D. Juan al ver la escena, no pudo contenerse, e intento dar un paso hacia delante, intentando parar el castigo. Pero D. Alfredo que se encontraba a su lado se apercibió, y estuvo presto en aguantarle del brazo discretamente, susurrándole que no se le ocurriera hacerlo, y que seria mejor que abandonaran la nave, como así hicieron.

Una vez fuera, D. Alfredo le rogó que fueran a su despacho donde hablarían del tema con tranquilidad tomando una copa.


- D. Juan aunque la vida en la ciudad de San Juan pueda parecerle en cierto modo como la de España. Debe saber que aquí existe la esclavitud algo que no dudo ya sabia.
- Claro esta D. Alfredo.
- Pues bien, debe saber que la esclavitud se rige por unas estrictas leyes en las que aunque le pueda parecer raro, protegen al esclavo de un modo que nunca antes se había hecho.
- Se referirá D. Alfredo que mas bien protege una propiedad.
- Llámelo como quiera D. Juan, pero ha mejorado las condiciones de vida de los esclavos, a como eran antaño. Por ejemplo entre otras muchas cosas nunca podrán recibir un castigo superior a 25 latigazos. Es mas sin entrar en ese profundo debate, en el que nunca entre. Como hombre de negocios que somos nos debemos llevar bien con los hacendados y no mezclar nuestras ideas políticas con los negocios.
- En eso tiene razón D. Alfredo, y más en el nuestro que dependemos de sus cosechas.
- Incluso el capataz podría denunciaros por interferir, mi recomendación es que os adaptéis y os integréis a la vida de la isla cuanto antes, si queréis que los negocios os vallan bien. Si os parece bien, Diré a Joao que junto con los libros de contabilidad os lleve “la reglamentación de la esclavitud” de 1942 que es básicamente la que rige actualmente.
- Tal vez tengáis razón D. Alfredo fue un acto impulsivo.
- Bien si os parece podemos ir a dar una vuelta por la ciudad antes de comer, que ya tendrá, D. Juan la tarde para revisar papeles.
- Perfecto D. Alfredo valla a decirle a Joao que nos marchamos, mientras yo iré un momento al almacén a recoger una cosa que olvide, nos encontraremos en los caballos.
- De acuerdo D. Juan.

D. Juan se dirigió al almacén, al entrar en el se encontró a los esclavos de la Abellaneda sentados en una esquina descansando, y se puso a mirar al suelo buscando algo, cuando por sorpresa se le apareció frente de si, el corpulento e impertérrito esclavo que acababan de azotar minutos antes. D. Juan creyendo que pretendía hacerle algo en represaría dio un paso a tras....

- señor, buscabais esto, dijo el esclavo negro, mostrándole un sombrero de cuero.
- Si, dámelo se me cayo al suelo en el jaleo.
- Tenga señor, se lo he limpiado un poco, el capataz se lo piso cuando usted se fue.

D. Juan alargo el brazo cogiendo el sombrero dándose la vuelta, y cuando se iba escucho al negro decirle GRACIAS SEÑOR.

Mientras paseaba a caballo, se le pasaban por la mente muchas cosas, que el venir preparado a convivir con la esclavitud era una cosa, pero verla en su forma mas cruda en directo era algo impensable. Y por que le habría dado las gracias ese esclavo, si al fin y al cabo no había hecho nada.

En fin todo paraíso guarda sus sorpresas pensó, y estoy seguro de que serán las primeras pero no las únicas que depara.



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